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Lanzan nueva edición de apasionante vida de la escritora

Las horas de Virginia Woolf.

REAPARECE EN EDICIÓN DE BOLSILLO UN LIBRO CLAVE PARA ENTENDER A VIRGINIA WOOLF: LA BIOGRAFÍA ESCRITA POR SU SOBRINO QUENTIN BELL

Por Jorge Paredes Laos

Las buenas biografías compiten con las novelas. Tienen voz propia, logran crear una atmósfera y permiten acercarnos al personaje biografiado desde todos los ángulos posibles. Y este libro pretende ser totalizador, no solo por la copiosa información que reúne (cartas, diarios, documentos, conversaciones con parientes, etc.), sino porque escudriña en sus más de seiscientas páginas cada detalle de la vida de Virginia Woolf (1882-1941) y no deja ningún cabo suelto. El autor cuenta que fue su propio tío, Leonard Woolf, quien le pidió que escribiera la biografía veinte años después de la muerte de Virginia por temor a que otra persona lo hiciera. Y el libro apareció en 1972 y marcó un hito en los estudios sobre la autora de Las olas. Hasta entonces existía sobre ella cierta animadversión en el ambiente académico inglés, sobre todo por lo que generaba en los setenta el grupo de Bloomsbury, que Virginia animó en su casa, a inicios del siglo XX, y que reunió a dos generaciones de intelectuales aristocráticos, liberales y agnósticos, entre los cuales destacaban su hermana Vanessa, su cuñado, el crítico de arte Clyve Bell, su esposo Leonard Woolf, el economista Maynard Keynes, y sus grandes amigos, el escritor Litton Strachey y el pintor Roger Fry. La biografía de Quentin Bell abrió así un nuevo interés hacia la obra de Virginia Woolf y ante nosotros aparece una mujer excepcional, cuya lucidez artística e intelectual se manifestó desde muy joven. A los nueve años ya editaba un periódico familiar llamado Hyde Park Gate News en alusión a la calle donde vivía, y antes de llegar a la adolescencia ya sabía que iba a ser escritora. Por ello, para compensar, según sus propias palabras, la deficiente educación que recibió de niña por su condición de mujer, se impuso desde muy joven verdaderos regímenes de lectura. La ejecución de su primer libro, Fin de viaje, le tomó siete años y solo suspiró cuando, contra todos sus temores, la crítica la comparó con la Emily Brontë de Cumbres borrascosas y alabó "su profunda originalidad".

Fue la tercera hija del segundo matrimonio de Leslie Stephen, un ex religioso e historiador, y Laura Pattle, quienes en palabras de Bell pertenecían al nivel inferior de la alta burguesía inglesa. De la línea paterna heredó el interés por las letras y de su madre cierto tipo de belleza. "Era una niña de cara redonda como una ciruela, con los párpados y la boca como una escultura budista, profundamente esculpidos y de una dulzura exquisita. Tenía mejillas rosadas y ojos verdes". Tuvo tres hermanos: Vanessa, Thoby y Adrián y cuatro hermanastros de los anteriores compromisos de sus padres: a dos de ellos, Gerald y George, Virginia los vio siempre como los "tiranos y semidioses de su mundo infantil".

A los trece años perdió a su madre ("el mayor desastre que podía ocurrir", escribió), y tiempo después sufrió su primera "depresión nerviosa". Su hermanastro George, quien le doblaba la edad, solía consolarla y se mostraba cortés y generoso, pero sus caricias se transformarían luego en "una escaramuza erótica repugnante". "Su imagen pública era amistosa. Pero para sus hermanastras personificaba algo horrible y obsceno", escribe Bell. Este acoso al parecer la marcaría para siempre. Muchos años después, ella confesará en una carta: "Todavía me entran escalofríos de vergüenza al recordar que mi hermanastro me puso de pie, cuando contaba con más o menos seis años, para explorar mis partes íntimas". Esto le produjo una profunda aversión por la lujuria -razona Bell- y exacerbó su frigidez. Tal vez por eso, aparte de su esposo, Leonard Woolf, las personas a quienes ella más amó fueron mujeres: su hermana Vanessa, Violet Dickinson y Vita Sackville-West, la musa que inspiró Orlando.

Aquellas "horribles voces" de su adolescencia la acompañarían siempre. A momentos de gran lucidez creativa que le permitieron escribir el grueso de su obra, se sucedían crisis que la llevaron en dos ocasiones a querer quitarse la vida. Escribir era lo único que la ponía a salvo. Leonard le propuso entonces montar una imprenta, Hogarth Press, donde se editarán sus siguientes libros (El cuarto de Jacob, La señora Dalloway, Orlando, Las olas, etc.). Incluso tuvo en sus manos el Ulises de Joyce pero no pudo publicarlo porque excedía las capacidades técnicas de la imprenta. En cambio, sí publicó un poemario de T.S. Eliot.

A finales de la década del treinta, Virginia había escrito seis novelas y era famosa. Tenía más de cincuenta años y sus períodos de depresión eran más prolongados aunque no abandonaba su labor intelectual, escribía artículos y ofrecía conferencias. Sin embargo, intuía que el fin estaba cerca. El 28 de marzo de 1941 se sentó a escribir dos cartas. Una a Vanessa y otra a Leonard, las dos personas que más quería. "Querido", le dijo a Leonard: "Estoy segura de que de nuevo me vuelvo loca. (.) Tú me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todo momento todo lo que uno puede ser (.). Si alguien podía salvarme, hubieras sido tú. No queda nada en mí salvo la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido". Dejó la nota sobre un mantel. Luego se dice que llegó hasta el río, metió una piedra en su abrigo, y caminó hacia las aguas. En Europa ardía la guerra.

CLÁSICO
Pasaje a la India
Considerada por la crítica como la obra maestra de Rudyard Kipling, esta edición nos hace volver a una de las novelas más emblemáticas de la narrativa inglesa sobre la India. El libro viene con un sustancioso prólogo de Edward W. Said, quien hace un paralelo entre esta historia y las novelas de aventuras de Joseph Conrad y las novelas de fines del siglo XIX en general, con la diferencia de que Kim O'Hara, el héroe adolescente de Kipling, no termina su recorrido existencial por la India en medio de la desilusión o el desencanto como los personajes novelescos de la época, sino cumple su cometido con éxito. Es un personaje optimista. Esto, tal vez porque, a pesar de tener la piel oscura y de hablar la lengua local, Kim es un huérfano de origen irlandés y eso en la India colonial le otorgaba poder, lo cual es representado en la novela por un amuleto que es colgado en su cuello a la muerte de su padre. La superioridad del hombre blanco en la India era algo que Kipling no se cuestionaba porque, como su personaje, él también era un indio de origen británico y estaba convencido de las ventajas del imperialismo.

De esta manera Kipling construye una suerte de picaresca donde Kim realiza un viaje de iniciación de la mano de un lama tibetano por los lugares sagrados de la India, a la vez que cumple una misión en los servicios secretos británicos contra un complot por desestabilizar el imperio. Todo esto pondrá a prueba su astucia y talento, pues desde su nacimiento Kim está predestinado a ser un héroe. Said en el prólogo destaca otro hecho importante: leer esta obra ahora, después de medio siglo de independencia de la India, no desmerece ni un ápice su fuerza estética, esa luz que solo irradian las grandes obras. (JPL)

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