Por Richard Webb
Un colega extranjero, preocupado por las noticias sobre la huelga médica, me pregunta sobre el estado de salud del país. La respuesta tendría que ser: "más o menos".
Ciertamente, descuidamos la salud. El informe del Consorcio de Investigación Económico y Social, "Cuentas nacionales de salud 1995-2005", deja en claro que la salud no es una prioridad, ni para el bolsillo propio, ni para el Estado. En total, asignamos apenas 4,5% del ingreso nacional a la atención médica, mucho menos que Colombia y Brasil (7,6%), México (6,2%), o China (5,6%). Pero el descuido va más allá del monto gastado porque la salud no es solo una cuestión de atención médica y de medicamentos sino también de la calidad del agua que tomamos, de la seguridad en las pistas, de la contaminación del aire y de las lecciones elementales de salud preventiva que aprendemos de niños; y en todos esos aspectos tendríamos que asignarnos una nota muy baja.
Pero hay una buena noticia. A pesar del descuido y la pobreza, el número de niños que mueren antes de cumplir 5 años se ha reducido sustancialmente, de diez por cada cien nacidos hace tres décadas, a menos de tres en la actualidad. Este avance dramático se debe a la vacunación masiva, mejor nutrición y la migración desde el campo --donde el poblador vive desamparado-- a la ciudad donde puede acudir a la abundante presencia de profesionales de salud, medicamentos y equipamientos.
La mala noticia es que uno de cada tres peruanos aún vive en el campo --casi nueve millones de personas-- y su salud sigue en el desamparo. Gran parte de esa población vive a gran distancia de la atención médica profesional. No sorprende que, durante el 2007, tres de cada cuatro casos de enfermedad o accidente en áreas rurales no pudieran ser atendidos por un médico profesional y que, en comparación con los niños urbanos, cada niño que nace en el campo, en la sierra o selva, tiene dos o tres veces más riesgo de morir antes de cumplir 5 años. Pero el déficit de atención es aun mayor si se tiene en cuenta la diferencia cualitativa. Para empezar, el médico rural es con frecuencia un recién egresado, poco motivado para el servicio rural, para muchos incluso es un año de servicio sin sueldo. Un proyecto reciente para mandar médicos a provincias alejadas ofreció un sueldo citadino de 3.500 soles y no encontró voluntarios. Los que llegan a las postas rurales se encuentran inadecuadamente preparados en la universidad para lidiar con la epidemiología del poblador rural de la sierra y selva, y deben curar sin medicinas, equipos y materiales, análisis de laboratorios o ayuda de especialistas. Tampoco tienen los conocimientos de la cultura local, incluso del idioma, para lograr la comunicación y la confianza requeridas para sanar o para transmitir prácticas de salud preventiva.
El informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación incluyó un capítulo sobre los maestros y los efectos de la violencia sobre la educación. Lamentablemente, no hizo lo mismo para la salud, aunque la violencia significó un largo período de desaparición del médico de gran parte del territorio. En los años 90 se llegó a reponer e incluso a expandir la atención de salud rural, pero la solidaridad se ha quedado a medio camino. Los políticos se felicitan por haber creado un seguro integral, pero donde no hay médico ni medicinas ni implementos no existe seguro alguno.