TESTIMONIO DE TRABAJO DE UN PERIODISTA
Por Manuel Jesús Orbegozo. Periodista
Los periodistas del 50 pertenecemos a una generación singular. Todos hemos trabajado lo mejor que hemos podido, cada cual en el puesto que le tocó desempeñar.
Yo tuve, acaso, más suerte que otros porque viajé mucho más que otros por mi país y por el mundo. Siempre fui un reportero apasionado. Viajé por caminos de los cinco continentes, y por lo tanto conocí a los hombres que pueblan esos cinco continentes. Saqué una conclusión: todos los hombres estamos cortados por la misma tijera; todos nacemos injertados con genes inexcusables de grandeza y de miseria.
Conocí a hombres muy altivos y muy soberbios, así como a hombres de una humildad franciscana. Hermann Trimborn era un sabio arqueólogo alemán que consideraba un honor el que yo haya ido a entrevistarlo.
Oswaldo Guayasamín era soberbio. Le pregunté cuáles eran los cinco pintores más grandes del mundo actual. Me mencionó a cuatro: El quinto era él. Escribí anunciando su soberbia. Cuando regresó años después, me dijo que ya no era soberbio.
Entrevisté a Pol Pot, el secretario general del Partido Comunista de Camboya, 48 horas antes de que fuera derrocado por los vietnamitas. Diez años después fui a buscarlo en las fronteras con Tailandia. No lo encontré. Luego lo apresaron. Apareció en los periódicos no como un genocida sino como uno de los más miserables mendigos del mundo.
Como se recordará, Vietnam fue invadido por Estados Unidos de Norteamérica, al que derrotaron miserablemente. Diez años después, Vietnam atacó e invadió Camboya y se quedó a vivir hasta cuando se le dio la gana De invadido se convirtió en invasor, y de agredido, en agresor.
¿Quién puede comprender así la conducta humana?
Conocí a Mao Tse-Tung, como también a la madre Teresa de Calcuta. Conocí el moritorio de la madre Teresa. Luego la encontré en Etiopía limpiándoles el sudor, las lágrimas y la saliva a los que se morían de hambre en Etiopía. El régimen comunista de Mengistu recibía ayuda de Moscú, pero la comida se la enviaba Estados Unidos. Un senador estadounidense logró que su país no favoreciera a un país comunista. Estados Unidos le suspendió la ayuda y los etíopes se siguieron muriendo de hambre.
Estuve en cinco citas de Gorbachov: dos con Bush, una con el papa Juan Pablo II, una con Teng Siao-Ping cuando ocurrió la llamada masacre de Tiananmen y una presidiendo los festejos de la URSS cuando cumplía 70 años de la revolución rusa. Luego, la URSS se desmoronó como un castillo de arena y Gorbachov quedó para dictar conferencias y servir como 'top-model' para la publicidad de 'fried chickens'.
Conocí a poderosos que se volvieron mendigos, y a mendigos que se volvieron poderosos. Jean Bedel Bokassa era el 'Napoleón' negro de África Central. Estuve en Bangui cuando lo condenaron a cadena perpetua. Bokassa asistía a las audiencias con el único vestido gris que le quedaba. A él lo mató su propio corazón.
Entrevisté al presidente J. Gowon de Nigeria en la guerra de Biafra. Pero lo derrotaron. Se asiló en Londres. Me dijeron: Vaya a buscarlo, ahora trabaja allá como cocinero. Lo busqué. Debe trabajar en restaurantes de segunda categoría, me informaron, pero no lo encontré.
Así, por el estilo. Siempre informé sobre el hombre, sobre su calaña, sobre las dos caras de la medalla con la que nace, vive y muere.
He conocido las más grandes obras hechas por el hombre. Ves el Coliseo, el Palacio Potala en el Tíbet, el Taj Mahal en la India, pero al mismo tiempo ves la miseria en los extramuros de todas las ciudades del mundo.
En fin. He testimoniado infinidad de hechos grandes y pequeños, tórridos y glaciales. Nunca puse atajos a mi trabajo. Viajé incluso con extrasístoles, una enfermedad cardíaca muy tormentosa, a informar sobre el golpe de estado de García Meza en La Paz. Las pastillitas de trinitoto y los mates de coca que tomé al llegar me hicieron dormir 24 horas seguidas. El periodista Albert Brun felizmente me despertó para cumplir mi trabajo.
Pertenezco, pues, a la fauna de animales apasionados, como Amadeo Grados Penalillo nos llamaba a los periodistas. Estoy hecho de la misma carne y sangre y nervios de los periodistas que formamos la generación del 50. No soy ni nunca he pretendido ser ni más ni menos que ninguno de ellos. Solo pretendo seguir siendo uno de ellos.