Por Jaime Rodríguez Z.
David Foster Wallace no era precisamente un escritor conocido. No hay demasiadas personas que hayan leído La broma infinita o Extinción. Ni siquiera Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, su obra más democrática y popular. Pero era un escritor famoso, arty, de culto, pasto de periodistas snobs y cool hunters de la literatura. Hagamos, pues, un retrato de un solo trazo, según las directrices del maestro A. Dumas: David Foster Wallace exploró la descomunal tragedia socio-política económica americana, la que transcurre entre la época de los felices devoradores de hamburguesas de Happy Days y la de, digamos, Super Size me, con armas literarias proporcionalmente poderosas: el discurso posmoderno, la digresión filosófica, la densidad semántica y en general un aparato retórico superlativo. Así, una mera cuestión de dimensiones lo pondría inmediatamente a la cabeza de su generación, pero el hecho es que su obra -otro ejemplo más de la porosidad de ciertas fronteras- recorre el periodismo, el ensayo y la ficción con una prosa que bascula entre el sentido del humor y el reclamo finalmente moral, dotándola de una profundidad crítica inigualable. Wallace fue además un defensor acérrimo de los valores más tradicionales de la literatura del s. XIX, pero también fue, con De Lillo, uno de los observadores más perspicaces del impacto de la televisión en la cultura americana y de la artificialidad de ese mismo capitalismo (y su hijita, la adicción) que ahora parece desmoronarse. En esa dinámica entre la nobleza de la tradición y las formas más audaces de crítica radicalmente contemporánea instaló su poderosa imaginación.
Dave Wallace -el Foster habría sido un añadido editorial para diferenciarlo de las docenas de David Wallace que publican libros- nació en Ítaca, Nueva York, en 1962, y fue hijo de un profesor de filosofía y una profesora de literatura. Sus primeros libros The Broom of the System (1987) y La niña del pelo raro (1989) llamaron rápidamente la atención por la radicalidad de sus experimentaciones formales. Pero fue con La broma infinita (1996) -más de mil páginas ambientadas en un futuro próximo de demencial reorganización geopolítica en el que, por ejemplo, las grandes corporaciones remodelan el calendario (previo pago al estado) imponiendo a los años nombres como "Año de la Ropa Interior para Adultos Depend"- que dio un mazazo al establishment literario y se convirtió en una piedra en el zapato de la crítica que hasta hace poco se debatía entre la más rendida admiración y el desdén con que se trata a un loco. La sorpresa pronto se convirtió en culto. Y el culto en reverencia. "Fue un mago de la prosa" -se ha apresurado en canonizar Michiko Kakutani en The New York Times- y también: alguien que probablemente siempre se sintió como un turista y que una vez escribió: As a tourist, you become economically significant but existentially loathsome, an insect on a dead thing. Eso, un insecto en una cosa muerta. En tiempos de canibalismo, estamos todos invitados a ese festín del que no quiso ser testigo.
TRADUCIR A DFW
EL ESCRITOR JAVIER CALVO, SU TRADUCTOR AL ESPAÑOL, CONTESTA UNA ENTREVISTA BREVE
¿Le sorprendió la noticia, hace tres semanas?
No. Era un tipo con problemas, luchaba contra la depresión desde hace años. Su cuento La persona deprimida es terrible en ese sentido.
¿Cuál cree que es el estatus real de DFW dentro del canon de la narrativa norteamericana actual?
Es difícil decirlo. Él empezó demasiado joven. Su libro de madurez, La broma infinita, lo escribió a los 34 años y con él dejó literalmente perplejos a la mayoría de sus lectores. La evaluación de su importancia se ha ido postergando desde entonces. Tengo la impresión de que la academia americana no se ha parado a pensar seriamente en él, pero lo hará ahora.
¿Le fue particularmente difícil traducirlo, dada la inusual dimensión de las notas, referencias cultistas y demás andamiajes narrativos?
No. Desde luego era un autor más complejo, de una retórica muy retorcida, pero la dificultad de ser formalmente laberíntico o truculento se solventa con tiempo. Con el tiempo suficiente podías traducirlo bien.
Mas allá de la cuestión formal, ¿qué es lo que lo hace tan diferente de otros autores de su generación?
El centro de su narrativa no fue la novela sino el ensayo literario y relato largo, eso lo distinguía del resto. Por otro lado la evolución de su obra es extraña: es una obra que de ser más clara y más accesible al principio, va hacia lo ensimismado y se vuelve cada vez más obsesiva, más barroca. Hay relatos que son una verdadera pesadilla de leer, muy oscuros, muy difíciles. En ellos se ve el ensimismamiento del tipo, perdido en un pueblo del medio oeste, luchando contra sus adicciones.