Por Ricardo Bedoya
Esta vez filma en Estados Unidos, con actores angloparlantes, alejándose por primera vez de los intérpretes asiáticos. Pero eso no importa porque, una vez más, vemos un mundo fantasmagórico, como el de Buenos Aires en Happy Together o el de Hong Kong en tantas otras películas, que existe sólo como impresión, destello, reflejo, difusión cromática, efecto ilusorio, y de personajes que se dicen cosas pero que apenas se entienden porque están separados por miles de kilómetros o por alguna incomprensión.
Buscando un amor es una notable película "menor". Carece de la intensidad, perfección y amplitud de Happy Together y Con ánimo de amar. Tiene desniveles y tropiezos. A ratos es verbosa y lánguida y las actuaciones no están todas en el mismo nivel. Pero a pesar de eso, luce la huella de la personalidad del autor: un estilo visual trabajado al detalle, una suave melancolía que lo envuelve todo, el tono de balada amorosa, la trayectoria más o menos errática de sus personajes marginales, perdedores, arrinconados, soñadores, sentimentales, que tratan de recuperar un amor pasado o un tiempo clausurado. Y que viajan sin fin, como esos trenes acelerados que vemos en incesante leitmotiv visual.
Porque Buscando un amor es como una ronda de nostálgicos o desesperados que salen al encuentro de Elizabeth (la cantante Norah Jones) para recordarle que su viaje tendrá tal vez un destino feliz pero breve porque todo está bajo el signo de lo provisorio. Como la relación del policía (David Strathairn, emocionante en la escena del asesinato frustrado) y Sue Lynne (Rachel Weisz), que pasa por la humillación y la nostalgia final, o la de Nathalie Portman y su padre, mezcla de odio y apego. Un personaje marginal y brevísimo, el que encarna la cantante Cat Power (con su nombre real, Chan Marshall), resume bien el espíritu de esta película: la mujer llega de un viaje y se detiene en la puerta del restaurante de Jude Law sólo para sentir la sensación del pasado, algún aroma, el clima del momento en que fue feliz; luego, desaparece para siempre de la acción.
El cine de Wong Kar-Wai es así: evocativo, impresionista, fragmentario, atento a la captación de los "momentos privilegiados" por el afecto y la memoria, de tramas débiles pero cargadas afectivamente. Por eso, sus recursos formales preferidos son los que tienen que ver con la prolongación o la aceleración del tiempo, la cámara lenta y el acelerado. Con el ralentí trata de dilatar el presente, fijar un recuerdo, descomponerlo, recuperar un gesto bello (como la caminata de Rachel Weisz aquí, o los recorridos de Maggie Cheung en Con ánimo de amar), o trazar una línea de composición visual tan frágil o sensual como las líneas de la crema avanzando por el pastel de moras o las volutas formadas por el humo de un cigarrillo. Con el acelerado, en cambio, busca propulsar el tiempo hacia un destino que debe llegar pronto, ya que todos andamos de paso.
Wong Kar-Wai es un formalista y privilegia el fetichismo de los volúmenes, las siluetas, los contornos, los objetos. Tanto como los personajes importan aquí las texturas de la torta de moras, los reflejos de la vitrina que separa a Jude Law de Norah Jones, los brillos del neón sobre los autos, los desenfoques de la cámara de vigilancia sobre el bar, las llaves que dejan los clientes del local, como si fueran viajeros en escala. Signos de un cine de flujos emocionales, de intensidades varias, de modulaciones afectivas antes que de historias netas y tramas macizas.
CRIMEN Y LUJURIA CORTADA
Me hubiera gustado comentar Crimen y lujuria, de Ang Lee (el director de El tigre y el dragón y Secreto en la montaña), ganadora del Festival de Venecia en 2007, pero se está exhibiendo con un rollo menos. Es decir, cortada para abreviarla, rebajando su metraje original. Una película mutilada en 20 minutos, por capricho de su distribuidor, es una adulteración que no da ni idea del filme original. Es el maltrato que se da a las escasas películas de interés que llegan a la cartelera.