Por Jorge Eslava
Entre los múltiples factores que conforman el imaginario colectivo nacional, la literatura incorpora también elementos que construyen la imagen de nosotros. Esa imagen nuestra es la que proyectamos en la mente de los otros, en la que los otros pueden reconocernos. En ese sentido, es significativo que la portada del libro exhiba un choclo como imagen de nuestras letras, cuyos granos de colores pretenderían representar la diversidad de la poesía peruana. Seleccionar un grupo de imágenes es ofrecer una muestra de lo que somos y de la manera cómo nuestros poetas miran nuestra sociedad. Puede que sean cuestiones que no preocupen a un escritor, pero que debiera tener presente un crítico responsable. Por ello interesa el prólogo escrito por Carmen Ollé, al que con mayor justicia hubiera convenido llamar "testimonio de parte".
Aunque en el texto, que avanza discontinuo, no se expliquen los criterios de selección ni los subtítulos, estos se hacen patentes en el énfasis de la lectura y la visión de Ollé. En su selección, y en sus apreciaciones sobre otros poetas, su lectura brinda mayor relevancia a los poemas que giran en torno a la indagación del cuerpo. De Blanca Varela dirá: "sus versos son como un gran bisturí que hurga en un cuerpo doloroso, en una superficie árida y seca", y que su obra poética se inicia con un sujeto masculino como enunciador que deviene luego en un sujeto neutro. Resulta curiosa la idea de un sujeto neutro en la poesía de Varela que sabe testimoniar la angustia del cuerpo vacío de madre, y en donde late muchas veces la insatisfacción de la mujer postergada. Un cuerpo árido en donde se hurga con acritud es una imagen más cercana a la crudeza y hastío lúcido de Noches de adrenalina.
Carmen Ollé parece marcada por la militancia feminista y la poesía que asume el cuerpo como territorio de poder, libertad y exploración en una sociedad. Coherente con su prédica política y poética, sus gustos brindan en esta antología una preferencia por la poesía tomada por esa preocupación, sobre todo en las poetas de la última hornada, y además por la poesía de estirpe callejera y nocturna que creció alrededor de los manifiestos setenteros; aunque de aquella propuesta Ollé recibe también la visión que contrapone una poesía vehemente, de borrascoso resplandor callejero, ante otra "abstracta" y "culta".
Una poética que desde las calles irrumpa rebelde y cuestione a la sociedad con un lenguaje proscrito no solo es necesaria, sino que era casi el reclamo de la realidad de entonces. Aunque un poeta "culto" como Carlos López Degregori, en su angustia solitaria de Una casa en la sombra, encuentra en el oscuro desvarío la imagen visionaria y desesperada de la dislocación social que ha padecido nuestro país. Quizás la propuesta de López Degregori cale más hondo y dramáticamente en nuestra realidad.
La presente antología abarca la producción poética desde mediados del siglo XX hasta la actualidad y en general incluye el grupo de poetas importantes de nuestra tradición literaria; sin embargo, se hace extrañar -por decir lo menos- poetas primordiales como Alejandro Romualdo, Francisco Bendezú y, especialmente, Wáshington Delgado. Una antología de la poesía nacional debería ser representativa, incluso para lectores que no frecuentan nuestras letras. Tal vez esta selección bien pudo titularse El cuerpo nocturno, por los temas constantes, más que presentarse como una antología que nos parece de un gusto demasiado personal.