Por Carlo Trivelli
El lugar de la fotografía al interior de las artes visuales, desde su invención, puede verse como el producto del juego, al interior de una imagen o una serie de imágenes, entre dos de sus principales atributos: la realidad y la verdad. La realidad es ineludible en toda fotografía, pues esta es un índice: una huella de luz de un objeto que estuvo frente al lente de la cámara. Al final, luego de todas las manipulaciones que podamos realizar, siempre hubo algo ahí, frente al lente, que fue registrado. Sobre esa base, los fotógrafos han ido y venido y vuelto a ir sobre la cuerda floja de la verdad: con mayor o menor suerte (y siempre de acuerdo con el propósito de cada imagen), lo que ha estado frente al lente ha podido ser o verdadero o una puesta en escena. Verdadero en buena parte de la fotografía documental y de prensa. Puesta en escena en ejercicios emblemáticos como los de Cindy Sherman y Duane Michals. Pero, por lo general, ha sido una mezcla de ambos, sobre todo en lo que atañe a la fotografía artística.
Y es precisamente ese el punto fuerte de Con pecado concebido, la muestra de Verónica Wiese que puede verse estos días en El Ojo Ajeno: el modo en que su trabajo pone en juego una realidad ineludible y una puesta en escena delicada y teatral. Lo que uno encuentra en las imágenes de Wiese es un conjunto de objetos terribles puestos casi primorosamente en escena: fetos de humanos y animales, y algunos órganos vitales, en las manos o el regazo de individuos vestidos con atuendos sacerdotales o al interior de relicarios finamente adornados. La puesta en escena sugiere una suerte de rito católico en el que el simbólico cordero de Dios que quita el pecado del mundo no es ya simbólico, sino orgánico: un pequeño y, a pesar de todo, tierno corderito abortado. Y no es él quien tiene que apiadarse de nosotros, sino nosotros los que nos conmovemos por él. La preocupación estética en la creación de las imágenes hace que todo sea limpio y digerible, a pesar de la terrible realidad de estas reliquias de seres que, si bien no llegaron propiamente a vivir, fueron materia orgánica y vida al fin y al cabo.
Más allá de la superficie, en la que se contraponen los colores intensos de las telas y los plateados y dorados brillos de metales bruñidos con la mortecina superficie de órganos y cuerpos, lo que encontramos en este trabajo es una contraposición también conceptual entre la puesta en escena y los fetos: las alusiones a las formas culturales de la fe en un entorno católico y la cuestión filosóficamente complicada de la materia una vez viva y ahora inerte.
En el mundo cómodamente dividido entre lo vivo y lo muerto, o entre lo animado y lo inanimado, ¿dónde quedan ese niño o ese corderito nonatos? Wiese nos confronta con el dilema ya conocido de la muerte, pero presentado desde el otro lado, desde el fin de aquello que era tan solo proyecto de vida y, por tanto, sin historia, ni identidad, sin memoria. Bien visto, convertir esa elusiva frontera sin nombre entre lo que es y lo que no en objeto de un ritual parece una respuesta más que adecuada. Un modo de lidiar con el misterio.
LA MUESTRA
Con pecado concebido de Verónica Wiese se presenta en la galería El Ojo Ajeno del Centro de la Imagen (Av. 28 de Julio 815, Miraflores). La muestra se puede visitar de lunes a viernes de 9 a.m. a 9 p.m. y los sábados de 9 a.m. a 3 p.m., hasta el 20 de octubre. El ingreso es libre.