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LETRAS

Soñar en Berlín

EL AUTOR DE ESTA NOTA PROPONE QUE BERLÍN ES LA CIUDAD DONDE EL VISITANTE SUEÑA MÁS QUE EN CUALQUIER OTRA. A UN GRUPO DE ESCRITORES LES PREGUNTÓ SI LES OCURRÍA LO MISMO. LO QUE SIGUE ES LA RECOPILACIÓN DE ESAS RESPUESTAS, ALGUNAS EFECTIVAS, OTRAS IMAGINADAS POR ESE OTRO SUEÑO, EL DEL AUTOR

Por Julio Ortega

Berlín deja huella en el viajero, de modo íntimo y a veces insólito. Aquí el viajero sueña más que en ninguna otra ciudad. Quizá porque Berlín se levanta sobre un cementerio. Y uno, de paso, se sueña soñado. A algunos amigos les he propuesto este enigma alemán. Lo que sigue es mi transcripción de sus respuestas, de la cual ellos no siempre son del todo responsables.

JUAN GOYTISOLO:
La arena del desierto
Es cierto que uno sueña mucho en Berlín. Pienso que se debe a que Berlín está construida sobre un lecho de arena. De noche, dormidos, percibimos que la ciudad oscila, se desliza y mece. La arena es una materia similar a la del sueño, hecho a su vez del horror de lo vivo.

CARLOS FUENTES:
Los lagos de la imagen
Yo creo que soñamos más en Berlín no porque sea un cementerio, como dices, sino porque la ciudad está rodeada de grandes lagos. Son lagos que, de noche, reproducen el cielo como espejos fieles. La noche se hace clara gracias a esos tramos de luz que nos multiplican. En el sueño, vemos esas imágenes entre la luz nocturna. Aunque yo no escribo los sueños que recuerdo sino los que olvido.

JULIÁN RÍOS:
Las voces plurales
Los meses que pasé en Berlín soñé muchísimo, pero yo no creo que los sueños sean lecturas, creo que deben escucharse. En Berlín, las voces que nos hablan en el sueño hablan turco. En las terrazas del Kreuzberg yo saboreaba la crepitación del lenguaje más terrestre. Y en mis sueños aprendía esa lengua terrestre y propicia.

ALFREDO BRYCE ECHENIQUE:
Los ojos de Nefertiti
Vine a Berlín porque me dijeron que aquí estaba Nerfertiti. Tomé un taxi, cuyo conductor resultó peruano, y le dije: "Lléveme a ver a Nefertiti". Me llevó a una casa de ventanas ciegas, más allá del barrio árabe. Le aclaré que ella estaba en un museo, que era una reina egipcia. Por fin la vi, pero fue un encuentro antidramático. Ella no está acabada de hacer: el escultor que la perpetuó, seguramente un esclavo enamorado de la reina, no le dibujó los ojos para no ser descubierto. Por eso soñamos, para que por fin Nefertiti nos vea.

HÉCTOR ABAD:
El aprendizaje de la filosofía
Sobre los sueños te digo algo muy triste para mí: casi nunca los recuerdo. Sé que sueño, pero no sé qué sueño. Y Machado decía que solo el arte de evocar los sueños es el que hace al poeta, o algo así. Por eso escribo prosa, tal vez. Sin embargo, al poco tiempo de llegar a Berlín, tuve un sueño bellísimo, que recuerdo muy bien: un niño muy pequeño, de unos seis o siete años, se pasó toda la noche dándome clases de filosofía. Supongo que será uno de tus niños muertos; el idioma alemán es filosófico. ¿Sabes cómo dicen aquí "cámara lenta"? Zeitluppe, lupa del tiempo.

DIAMELA ELTIT:
El muro de Berlín
Soñé, en Berlín, con el muro de Berlín. En mis sueños todavía está, pero al despertar sé que ha sido derribado hace tiempo. Fui, como todos, a comprar mi pedazo de muro. Me vendieron en un sobre una estría del supuesto muro, con un sello de autentificación: "Éste es un fragmento verdadero del muro de Berlín". Berlín hace indistinta la verdad del muro y la falsificación turística del muro. La primera es del orden del sueño: la verdad es soñada. La otra, del simulacro: el precio de lo residual.

ANTONIO JOSÉ PONTE:
El hilo del habla
En el Museo de Arte de Berlín me encuentro con una magnífica serie de estelas aztecas. Un sacerdote vestido de tigre sujeta a su víctima mientras le corta, de un tajo, el hilo de habla que ondea bajo su boca, circula sin peso y se apaga. El sacrificio humano no es aquí estrellarle la cabeza ni sacarle el corazón: es cortarle el habla. En mis sueños soy el sacerdote, soy la víctima, soy la frase cortada. Y escucho que alguien sentencia: "Ha dejado de hablar." Despierto, salvado por una sílaba.

FLORENCIA ABBATE:
Informe a la Academia
Fui a Berlín a estudiar la lengua alemana pero me asaltaban unas pesadillas en las que hablaba sin pausa en alemán. Entendí que uno no aprende alemán, vuelve a nacer en ese idioma. El alemán se apodera de ti y te obliga a traducirlo todo, como si todo fuese transparente menos el alemán mismo, que es intraducible. Y tuve miedo de hablarlo porque todos los otros idiomas, incluso el mío, me hubiesen abandonado. Ya casi no lo sueño, pronto lo habré olvidado.

CÉSAR GUTIÉRREZ:
Las puertas del infierno
La larga avenida de ventanas iguales me pareció siniestramente familiar: la había yo recorrido en un sueño. ¿Vivía alguien en los edificios de Berlín? Pensé que El grito de Munch no se debía al horror de Europa sino al de la ciudad: ocurre exactamente en una calle como ésta, ante un puente vacío. Un autobús pasó a mi lado y se detuvo en la esquina. No iba nadie en él y tampoco nadie lo esperaba. Pero el chofer abrió las puertas. Quedé inmóvil, temiendo que se abrían para mí. Pero él sólo cumplía su deber: se detenía en cada paradero y abría sus puertas. Pronto las cerró, y pleno de nada, siguió su ruta vacía. El grito viajaba en bus.

YVAN THAYS:
La ciudad libro
Walter Benjamin escribió un libro a partir de los letreros de las calles de Berlín. La ciudad se sueña a sí misma, como un tránsito doméstico. Pero en la calle Berlín, en Miraflores, la librería del Fondo de Cultura Económica podría señalar un trayecto paralelo que culmina en la librería El Virrey y el asesinato de Walter. A lo largo de esas calles, que son capítulos, una banda de narradores noveles sueña con su propia librería. Su opera prima es una edición oral, celebrada por Faverón.

FERNANDO AMPUERO:
Ver Berlín
Fui a la Ópera a ver las ubérrimas valquirias wagnerianas pero no quedaba un asiento libre. Me ofrecieron una entrada para ciegos. En efecto, un grupito de ciegos ansiosos esperaba por tardíos como yo, que no reservan su entrada dos meses antes. Todo está irreversiblemente ordenado, como en una pesadilla: yo pagaría la mitad por sentarme al lado de un ciego, que se sentaría frente a una de las columnas casi al final de la platea. No necesitaban, claro, ver a Wagner. Pero yo tendría que llevarlo a su casa esa noche. Me tocó en suerte una ciega, de anteojos de pedrería brillante y peluca violeta. Es la condena de Fausto, me dije, resignado.

MIRKO LAUER:
Último nómada en Berlín
Vi parado en una esquina de Berlín con las manos en los bolsillos a un hombre taciturno. Parecía un trabajador temporero, seguramente agrícola. "Tú eres peruano", le dije, adivinando. Se sobresaltó, sintiéndose acusado. "¿Y se puede saber qué haces?", le pregunté. "Nadar", respondió. "¿Cómo que nadar?". "Es el intransitivo de nada", dijo, sin ironía. Desperté, conjurado.

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