Hace 283 años un pequeño árbol de olivo, traído por franciscanos que llegaron al país en tiempos del Virreinato, fue sembrado en el patio del convento Santa Rosa de Ocopa, en el valle del Mantaro.
Los años pasaron y el olivo se mantuvo en pie, incluso cuando su tronco se secó y dejó de florecer. En los últimos años se le tuvo que apuntalar para evitar que se desplomara.
Así sobrevivió, siempre de pie, hasta hace muy poco, cuando los religiosos que habitan el convento se dieron cuenta de que sus ramas habían vuelto a retoñar. Sin duda, un símbolo de la fe que se renueva y fortalece.
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Renace un olivo de 283 años