En Boys juega un delantero de nombre Ediberto Salazar, desmotivado, con poco entrenamiento en la semana, impago, más jubilado que promesa. En Áncash está Ronaille Calheira, un nueve grandote que pelea todas, que define con ambos perfiles, que ayer hizo un gol, que cobra relativamente puntual, que está motivadísimo porque el próximo año va a Alianza. Esa es la diferencia entre ambos equipos. El equipo rosado no tiene jugadores, sino fantasmas. El equipo ancashino sí los tiene.
Pero no es culpa de ellos, chicos Sub 20 en su mayoría. La responsabilidad es de los enemigos disfrazados de dirigentes que hicieron de esta temporada el peor capítulo de la serie rosa. Ayer, en el Miguel Grau, el equipo del Chevo Salazar le duró 42 minutos al Sport Áncash. Hasta ahí corrió Maestri, picó Sergio Junior, guerreó Espejo. Áncash esperó con paciencia, solo tenía que aprovechar los errores. Ese minuto 42', un pelotazo cruzado permitió que Aguilar marcara el primer gol del partido de golpe de cabeza.
Lo peor: 58 segundos de iniciada la segunda mitad, un ataque solitario de Sergio Ubillús terminó en golazo: 2-0. El peor escenario para los poquísimos hinchas rosados en el estadio. Parecía el día de todos sus muertos.
Sobre el final, para redondear su buena actuación, Calheira marcó el 3-0, y ya es uno de los goleadores del torneo Clausura, junto con el argentino Velásquez, con once tantos. En ese instante, Edilberto Salazar, el delantero rosado, regresaba caminando a su campo, con la tristeza con que se asiste a los velorios.
Las matemáticas todavía funcionan con Boys, aunque eso suena a chiste. Pero funcionan mejor con Sport Áncash, que ya tiene 34 puntos, que sigue siendo el equipo que dejó buena impresión en la Sudamericana, que si se manejara mejor en la parte dirigencial --Mallqui debe arreglar unos problemitas, dijo el técnico Alzamendi-- podría ser ese gran candidato, ese segundo Cienciano que todavía no es.