Por Élida Román
Con intenciones diversas y un cierto porcentaje de admiración latente, la apropiación ha sido utilizada por grandes maestros (por ejemplo Manet sobre Rafael, o Picasso sobre Rubens y Velázquez, etc.). Se trata de un elemento técnico, un método de trabajo, por el que se toma prestada una forma preexistente en otro contexto, y se la combina y altera con otras nuevas, integrando y modelando su sentido conforme la propuesta nueva. Frecuente en la actividad plástica de hoy, por estos días coinciden en Lima tres exposiciones en las que su ejercicio es notorio.
Ramiro Pareja con "Haciendo imágenes" (La Galería), la utiliza para indagar sobre el proceso mismo de la creación formal. La manipulación que hace de algunas obras, íconos establecidos de autores como Velázquez, Tiziano, Giorgioni y Juan Gris o Picasso, entre otros, lo encamina a una deconstrucción y reconstrucción prolija, donde la fragmentación es llevada a una nueva secuencia visual, o la intervención de la imagen sintética y primaria obtenida por computadora, se superpone a un original que solo es tal en la medida que muestra su estructura. El suyo es un análisis inquietante: "Tenemos una imagen del mundo y la tenemos que cuestionar. Esa es una obligación e incluso a las imágenes que han cuestionado el mundo en épocas pasadas. Retomarlas es enriquecer los significados desde un cambio de perspectiva, es evidenciar su vigencia". Un artista que avanza con terquedad, en una búsqueda ambiciosa y apasionante.
Cristina Planas, con "La migración de los santos" (Vértice), vuelve a dar un paso arriesgado, valiente e impactante. Estas apropiaciones no son de cuadros famosos, sino de las imágenes de la veneración popular, los paradigmas de la religiosidad peruana. Asumiendo esta iconografía, la transforma, mezclándola con elementos kitsch y creaciones bizarras. Un reciclaje, pero también un discurso que habla de búsqueda y desarraigo, de confusión y ansiedad. Desde el Cristo Moreno, hasta Sarita Colonia, pasando por San Martín y Santa Rosa, Planas reinterpreta, con mecanismos pop (a lo Koons, Salle o Schnabel), agrede, destruye, testimonia y exalta, complementando la muestra --presentada a modo de disposición en santuario--, con una serie de registros fotográficos de intervenciones urbanas. Un ambiente casi agobiante, muy bien logrado.
Jorge Valdivia Carrasco (Ayacucho, 1950) presenta "o el museo insólito" (Centro Cultural Ccori Wasi), y trae la nota sosegada, silenciosa, y sobre todo, poética. Casi desconocido en el medio peruano, es un "furtivo, secreto, desconocido pintor peruano afincado en Fráncfort", en palabras de Carlos Germán Belli . Residente en Alemania desde 1980, Carrasco acude al Renacimiento y Piero della Francesca, Uccello, los maestros antiguos que son los suyos. Toma imágenes creadas por aquellos, casi siempre rostros, retratos femeninos, y los hace dialogar y fusionarse con perfectas reproducciones de animales, en especial aves, creando una perfecta simbiosis, que pese a su diseño de fantasía se vuelven familiares y aceptables. La suya es una obra cuidada, precisa, en dibujo y manejo de color sin veladuras o tonalidades suavizantes. Más bien logra una atmósfera que oscila entre el efecto de distancia y fría presencia, contrapesada por la vocación de construcción poética que sin duda estas pinturas tienen. Una apropiación que, con facilidad, se parece al homenaje respetuoso.