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HABLE CON ELLA

Los tigres del dolor

Por Marcela Robles

"A qué hora se acaba esto", se preguntó el escritor y periodista Roberto Reátegui en el umbral de la muerte, durante el vuelco de su auto ocurrido este año. Nada de recuento de toda su vida en segundos, nada de luz blanca al final del túnel.

Pero la muerte estaba distraída ese día y les perdonó la vida a él y a su bella novia, la también periodista Mávila Huertas. Ambos salieron ilesos del accidente. Un buen punto de partida para iniciar la lectura de la más reciente novela de Reátegui, "A fin de cuentas" (Planeta, 2008), que despierta en el lector diferentes estadios, porque trasciende lo meramente literario para convertirse en una experiencia vital. Lejos de ser una novela depresiva y oscura, dado el tema, resulta inspiradora, estimulante y sugerente, gracias a la fuerte carga emocional y delirante de la narración. Me atrevería a decir que se trata de un acto de amor.

El lenguaje es casi desértico, parco, escueto, mínimas adjetivaciones. La novela transcurre con un diestro manejo de recursos, lo que se podría denominar un estilo. El autor nos captura con una sucesión de saltos en el tiempo, hace memoria de su pasado y una descripción minuciosa de (su) 'cuerpo presente'.

La descarnada y, al mismo tiempo, delicada descripción escatológica de la descomposición gradual del personaje se convierte en el sustento filosófico de este libro. Tanto en el sentido de despedirse de la vida individual, como en el sentido religioso del juicio final, o el tratado de las esperanzas últimas de una religión o sistema de vida.

Un hombre de 52 años yace en la cama de un hospital con cáncer terminal. Sus recuerdos se remontan hasta su infancia, y especialmente a su juventud, transcurrida en los años 70. La novela gira en torno de las disquisiciones e introspección de una persona que tiene la certeza de que va a morir, desde la primera frase, como el relato de una muerte anunciada. Mientras 'los tigres del dolor', como él los llama, van devorando el cuerpo del paciente a medida que la enfermedad avanza, y mientras su hija escribe una crónica sobre "El apóstol de la muerte".

Originalmente, "A fin de cuentas" llevaba el título de "Alipori", un vocablo cuya importancia se explica hacia el final de la novela. Según la RAE, significa "vergüenza ajena", o "la razón de la sinrazón". Como dato adicional, figuró en el año 2006 en una lista de las candidatas a la palabra más hermosa del mundo.

En lo que constituye una reflexión sobre la existencia, el amor y la muerte, el narrador enuncia en el texto pensamientos trepidantes como perlas sin cultivar que aparentemente abandona, pero que se meten en la sangre para convertirse en el basamento de la historia. El aporte sustantivo en este caso es el compromiso visceral del narrador, y el hecho de que el relato no está construido sobre ningún tipo de suspenso o secreto a ser develado. Es decir, no hay 'trucos'. El antihéroe no cae en los brazos de la autocompasión, sino en la fortaleza de la muerte.

Finalmente, el personaje-espejo de la madre-hija nos remite de alguna manera a "Persona", la notable película de Bergman; cuesta renunciar al ejercicio de comparar o diferenciar a una de la otra. Apuesto a que les entró curiosidad por leer más. Vale la pena.

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