EDITORIAL
Por Luis Alfonso Morey Estremadoyro. Abogado
Han sorprendido las declaraciones del presidente Alan García en las que indica que a él no le preocupan las interceptaciones telefónicas. "Sirvió para algo, aunque sea un delito", ha dicho el presidente refiriéndose a los audios que originaron el escándalo en el que se encuentra envuelto su gobierno.
La corrupción en las esferas más altas del Gobierno y algunos lobbies han sido puestos al descubierto gracias a audios grabados ilegalmente y difundidos por la prensa. Sin embargo, cabe preguntarse --como lo han hecho varios analistas en estas páginas-- por qué no se persigue y sanciona debidamente a quienes están detrás de la interceptación de las comunicaciones. ¿No es acaso un delito muy grave escuchar conversaciones privadas e interceptar e-mails ajenos?
Esto llama más la atención cuando dentro de las comunicaciones interceptadas aparecen conversaciones de la secretaria del presidente, esto es, del despacho presidencial. ¿No es acaso un problema nacional que ya nadie (ni el presidente) pueda tener una conversación privada por teléfono ni pueda remitir un correo electrónico sin ser consciente de que eso que dice o que escribe es escuchado o leído por otros?
En estos días yo recomiendo volver a ver "La vida de los otros" ("Das Leben Der Anderen"), esa película alemana del guionista y director de Florian Henckel von Donnersmarck. En la película, que transcurre en Berlín Oriental durante los últimos años de existencia de la RDA, se muestra el control ejercido por la policía secreta (Stasi) sobre los círculos intelectuales y --lo que es relevante para este caso-- se grafica en forma espeluznante la forma en que toda la vida privada e íntima de algunas personas es grabada y estudiada.
Mientras no exista voluntad política de que este sistema de interceptación ilegal de las comunicaciones termine, nada de lo que uno diga o escriba podrá ser considerado confidencial. Solamente llevando pronto a prisión a los interceptadores se dará una señal de confianza a la ciudadanía.
Una de las condiciones más importantes para generar confianza no solamente a los inversionistas sino a los ciudadanos en general es garantizar el secreto de las comunicaciones. Recordemos que el artículo 2, inciso 20 de nuestra Constitución Política garantiza el derecho al secreto de las comunicaciones. La Carta Magna establece, además, que las comunicaciones únicamente pueden ser interceptadas por el mandato motivado de un juez. Y añade: Los documentos obtenidos violando este precepto no tienen efecto legal. Pueden imaginar los resultados judiciales del caso Discover si es que finalmente prevalecen los derechos fundamentales que garantiza nuestra Constitución.
Las bases del Estado de derecho son las del respeto a la ley y a los derechos fundamentales de los ciudadanos, por encima de los escándalos y de la política.
Son grotescas las conversaciones que han sido puestas al descubierto y las implicancias de estas. Su relación con otras pruebas evidenciarían hechos irregulares e ilegales, pero es igual o más grave la existencia y la impunidad en la que operan hasta hoy quienes 'chuponean' y violan la intimidad de las personas. ¿Qué debe primar? ¿La política sobre el derecho o viceversa?
Se ha pretendido hacer creer que violar las comunicaciones privadas, cuando hay un fin que lo justifique, está bien. ¿Es que acaso estamos volviendo a eso de que el fin justifica los medios? Se equivoca García. La gran diferencia entre un sistema libre y democrático con un sistema autoritario es que en el primero se garantizan los derechos esenciales de las personas y uno de ellos hasta el día de hoy es el secreto a las comunicaciones. Siendo él, además de político inteligente, un hombre de derecho, no lo puede olvidar.
Si queremos que nuestro país sea un lugar confiable y un refugio mundial para las grandes inversiones, como el mismo presidente ha expresado, no podemos dar señales contradictorias. La corrupción, qué duda cabe, debe ser perseguida y castigada, venga de donde venga. La de ambos lados, con el mismo peso y rigor. De otro modo, en términos de respeto a los derechos fundamentales, como el derecho al secreto de nuestras comunicaciones, sentiremos que vivimos, como en "La vida de los otros", en la Alemania Oriental antes de la caída del Muro de Berlín.