Por: Juan Paredes Castro
En cada elección presidencial de Estados Unidos, peruanos y latinoamericanos nos hemos preocupado por averiguar si por fin nuestra relación bilateral y regional ocupará, en grado aceptable o preferente, la agenda política de la mayor potencia mundial.
Siempre ha sido más un mito que una realidad creer que la agenda bilateral o regional será mejor, dependiendo de que el gobierno sea demócrata o republicano.
La percepción promedio es que para el Perú y América Latina las diferencias entre las políticas exteriores republicanas y demócratas, de cara a este lado del mundo, han sido más que todo de matices, salvo la que llevó adelante John F. Kennedy, allá por los sesenta, con una Alianza para el Progreso, regionalmente muy focalizada.
Ya no es tiempo de que el Perú y América Latina vivan esperando de qué manera cada nuevo gobernante norteamericano electo defina "su política" hacia nuestro país y la región. Si nos atenemos al ejemplo que puso el economista venezolano Moisés Naim, director y editor de la mundialmente famosa revista "Foreign Policy", en la reciente Conferencia Anual de Ejecutivos (CADE), en el sentido de que América Latina prácticamente no cabe en el orden del día de cada día del despacho presidencial de EE.UU., fácil será comprender que nuestra estrategia debe y tiene que ser radicalmente distinta.
El Perú y América Latina tienen que hacer esfuerzos políticos y diplomáticos muy bien afinados para jalar a Estados Unidos (a su Gobierno, a su Congreso, a su clase empresarial y a sus círculos inversionistas) a nuestra agenda nacional y regional propias. Ahí está el ejemplo del TLC, como una demostración palpable de una iniciativa madura y agresiva desde nuestro lado y desde nuestra posición de socios en un mundo cada vez más globalizado.
Ya no importa saber, como en los viejos tiempos, si los norteamericanos son capaces de hacer cualquier cosa por América Latina, menos pensar en ella. Vale más lo que el Perú y EE.UU. pueden hacer juntos, como, por ejemplo, que el TLC, tan firmado, tan rubricado y tan ratificado, no tenga que ser unilateralmente revisado por Washington o por Lima.
Más que soñar en una política exterior determinada hacia América Latina, debemos volcarnos al conocimiento y dominio de esta para el mejor aprovechamiento de la nuestra.
El mundo de hoy nos impone una alta dosis de realismo y pragmatismo exigente en la concepción y la praxis de las políticas exteriores. Y la nuestra, por supuesto, no debe ser una excepción.