Por Efraín Gonzales de Olarte. Profesor de Economía - PUCP
El país más poderoso del mundo enfrenta una encrucijada: elegir a un nuevo presidente puede significar escoger una manera de salir de la profunda crisis financiera en que se encuentra EE.UU., aparte de tener un nuevo gobierno.
Barack Obama y John McCain significan dos visiones económicas y financieras distintas para salir de la crisis. Por ello, los norteamericanos no solo votaron entre la alternativa demócrata y la republicana, sino que, de alguna manera, evaluaron cuál de las dos recetas los puede favorecer para salir de la crisis microeconómica que cada uno tiene.
En las actuales circunstancias, mucho más que en otros momentos, el nuevo gobierno deberá recuperar la credibilidad interna y externa perdida por el desacertado manejo financiero, cuyas repercusiones estamos viendo con asombro. El contagio internacional y las medidas parciales que todos los países están tomando son un reflejo de la pérdida de credibilidad en la regulación financiera estadounidense y, en general, en las políticas llevadas a cabo en los últimos ocho años por la administración Bush. Por ello, McCain ha hecho lo indecible para tratar de distinguirse de la aureola bushista, mientras que Obama ha afirmado que los demócratas son más sensatos.
Las dos alternativas han diferido sustantivamente en las políticas macroeconómicas. Para los republicanos, las políticas monetaria y fiscal deben ayudar a recuperar al sistema productivo por el lado de la oferta, por ese motivo McCain propuso recortar impuestos para que los consumidores de altos ingresos tengan más que gastar. En cambio para los demócratas, la intención sería la de recuperar los niveles de demanda de manera redistributiva, de reducciones de impuestos proporcionalmente mayores para los sectores de bajos ingresos y a través del gasto público, para así relanzar el crecimiento de la oferta.
Por ello, se han vuelto a acordar de J.M. Keynes, tan vilipendiado durante la fiesta del 'laissez faire' reaganiano y bushista. Tal parece que el Estado deberá volver a ser un actor principal para salvar la economía estadounidense; pero no solo eso, además deberá repensar el sistema de regulación de los mercados, sobre todo financieros, para recuperar el liderazgo perdido.
Un triunfo de McCain, conservador connotado, probablemente hubiese sido más de lo mismo, pero con mayor sentido común que el gobierno actual, aunque el neoliberalismo republicano parece estar agotado de ideas frente a mercados que no se pueden autorregular. Tampoco hemos escuchado del lado demócrata alguna propuesta sobre la necesidad de establecer una suerte de superintendencia financiera mundial, capaz de regular todos los mercados financieros, comenzando por el americano.
Sin una nueva estructura institucional financiera, es decir, nuevas reglas de regulación mundial, será muy difícil que se pueda recuperar la credibilidad en los mercados financieros, pues estos seguirán muy volátiles y la profunda crisis económica y financiera tardará mucho en resolverse.