EDITORIAL
Por Rubén Ugarteche. Abogado
Los partidos políticos se forman como cuerpos intermedios; sirven de medios de canalización de la participación popular y su objetivo fundamental es alcanzar el poder. La meta es llegar a él, pero no por el poder mismo, con toda la adrenalina que genera.
La actividad política tampoco tiene como móvil un fin individual de bienestar económico fácil, sino para a través de ella hacer las transformaciones sociales que la agrupación considera apropiadas para el bien común.
Desde antes de que las huestes de Pizarro traicionaran a Atahualpa, incumpliendo la promesa de garantizar su vida, el principal problema del Perú es el divorcio entre la ética y la política. Bien ha dicho Francisco Miró Quesada Cantuarias que "son pocas las instituciones públicas que se preocupan por la ética () Para que una institución logre interiorizar en sus trabajadores una cultura de valores es básica la actitud de los jefes y de sus líderes". Está comprobado que no se puede separar la vida privada de la función pública, no en el sentido de respetar la privacidad de las personas a la que todos están obligados, sino en el aspecto de valorar a las personas integralmente.
Manuel González Prada decía certeramente que "la vida pública es una prolongación de la vida privada". El propio Aristóteles afirmaba en su "Gran Ética" que "es necesario que quien quiera alcanzar o conseguir algo en el ordenamiento de la política o la sociología sea él personalmente hombre de buenas costumbres".
Los opositores al Apra pueden discrepar de los postulados programáticos o ideológicos que sustentó Haya de la Torre en la formación del aprismo y la evolución dialéctica de su pensamiento, pero jamás se podrá decir que aquellos que pasaron torturas, destierros, prisiones y otras penurias en su trayectoria política tuvieran como objetivo llegar al poder para enriquecerse. Lo mismo se puede decir de Mariátegui, Víctor Andrés y Fernando Belaunde, González Prada e incluso de militares que llegaron a la política mediante las armas como Velasco, Francisco Morales Bermúdez y tantos más.
Haya de la Torre fue uno de los hombres políticamente más poderosos del Perú del siglo XX: aunque nunca estuvo a cargo del Poder Ejecutivo sí ejerció gran influencia en distintos gobiernos y el aprismo tuvo varias veces la responsabilidad del manejo del Congreso. Sin embargo, fue un hombre cuyas únicas propiedades eran sus libros, su ropa y sus perros, no tuvo otros bienes, incluso vivió en una casa en Vitarte prestada por su prima Mercedes de la Torre de Ganoza.
Los fundadores del Apra eran conscientes de los roedores que pululan entre los partidos y que existen funcionarios públicos que los atienden solícitamente, prueba de ello son las severas palabras de Haya cuando dice: "Nosotros garantizamos que un movimiento como el nuestro no puede tolerar pillos en su seno". Igualmente, señaló: "Quien delinca será dos veces culpable y dos veces castigado, porque recibirá la maldición del pueblo aprista y la maldición de la Patria".
Por ello, no se puede caer en el facilismo de desacreditar a los partidos políticos, instituciones vitales para el funcionamiento de la democracia, por el aprovechamiento indebido que puedan hacer de sus vinculaciones algunos elementos negativos.
De otro lado, es imperativo revisar la ley 28024 --ley de lobbies y su reglamento-- a fin de que no sea letra muerta. También resulta necesario que las páginas web de las instituciones públicas, empezando por la contraloría, publiquen los nombres de las personas con quienes se reúnen aquellos funcionarios con capacidad de generar políticas públicas, que desde luego no lo hacen solo para tomar café. Los mismos partidos políticos deben ajustar sus mecanismos de control a fin de no "tolerar pillos en su seno".