CUESTIÓN DE TRANSPARENCIA
Por Fernando Vivas. Periodista
El presidente anda con la chispa prendida: bautizó a las ratas, absolvió a los 'chuponeadores' en nombre del bien común y echó a los lobbistas al tacho de Palacio (el 1/11/2008 dijo: "Para tratar con el Gobierno, ninguna empresa necesita lobbistas") .
La última sentencia es particularmente injusta y se contradice con el refranero presidencial. El lobbista es necesario en toda democracia de libre mercado; es un facilitador de acuerdos entre la inversión privada y el poder público; y es, precisamente, el polo opuesto del satanizado perro del hortelano, pues come su comisión y deja comer a los demás.
Alan García sabe perfectamente que a los lobbies no hay que combatirlos sino transparentarlos, porque es cuando se arropan en el anonimato que se acercan peligrosamente al tráfico de influencias y a la corrupción de funcionarios. El último ejemplo es tan grande que ha costado un gabinete: Rómulo León fungió de lobbista de Discover Petroleum y de los intereses de Fortunato Canaán, pero en realidad trabajaba --ya determinará el Poder Judicial detalles y 'aceitados'-- para engrosar cuentas negras. Pillado, provocó una hecatombe política que aún no acaba.
En lugar de alimentar la fantasmagoría popular con una nueva especie de 'freak' que acompañe a las ratas, el Gobierno de García debe hacer valer la Ley 28024 de Gestión de Intereses, que está coja porque no se forma el Tribunal Administrativo Especial que fiscalice las acciones de los gestores o lobbistas. León jamás hubiera pasado esa valla.
Conozco a varios lobbistas y algunos son mis amigos. La simpatía que suele adornarlos es un requisito indispensable en su oficio. Pero cuando se les toca su identidad, se ponen esquivos y dicen "no soy lobbista, solo estoy haciendo un favor a un conocido" o "soy asesor en comunicaciones, solo doy consejos; no hablo con políticos ni gestiono citas".
Salgan del clóset, amigos, y empadrónense en el registro que tiene la Sunarp para ustedes. La informalidad en la que medran los hace vulnerables a corruptelas e insultos presidenciales. Deberán confesar algunos conflictos de intereses que pasaban piola, pero a la larga serán mejor vistos y recompensados.
Además, los lobbistas son necesarios para que el presidente no se la pase atendiendo a más de 1.800 empresarios, como asegura haber hecho desde el 2006. Que se ahorre algunos cientos de citas, que deje a los lobbistas vérselas con los técnicos y que aproveche ese tiempo en mejorar su gestión y atender a gremios y regiones impacientes.