Por: Juan Paredes Castro
El primer ministro, Yehude Simon, ha sido muy claro hasta hoy en decirle al país de dónde viene como político y a dónde quiere ir como cabeza del Gabinete. Concretamente, sabemos que las prioridades de su cargo son, bajo juramentación, las prioridades reales del país, comenzando por la del combate a la corrupción.
De puertas para adentro del Congreso su exposición se centró en tales prioridades. De puertas hacia afuera hay expectativa por saber qué hombres y mujeres constituirán el equipo de trabajo de la Presidencia del Consejo de Ministros y de qué manera se definirá la línea gerencial general del Gobierno capaz de asegurar eficiencia a la gestión pública.
Las estructuras de dirección y gestión generalmente verticales del Estado han cedido muy poco hasta hoy a las necesidades de horizontalidad de estos tiempos. Y si el propósito del presidente y de su primer ministro es hacer que estas gerencias funcionen y generen resultados, el plan de implementarlas no puede pasar más tiempo del que ya pasó en las carpetas dejadas por el ex ministro de Trabajo Mario Pasco.
Alan García y Yehude Simon comprenden que buena parte del descontento social acumulado en las capas medias y bajas de la sociedad peruana obedece a la pobre calidad de la gestión pública y a los todavía engorrosos mecanismos a través de los cuales el viejo Estado intenta responder, con no poca frustración, a los desafíos del presente.
Cuando se habla de la corrupción, por ejemplo, recuérdese que ella se cuela en cada trámite oficial ineficiente, se arremolina sobre cada lobby no autorizado, se instala de raíz en cada sótano ministerial nunca visitado ni fiscalizado, se regodea entre las licitaciones mañosas y las compras sobrevaloradas, y termina por copar estructuras administrativas completas, como algunas de Transportes y Comunicaciones, que indirectamente han creado la impune criminalidad de las carreteras.
No estará completa la tarea que se ha impuesto gestionar Simon en la medida que los objetivos y las metas no estén amarrados a equipos gerenciales de primer nivel, tal como él mismo los ha referido y explicado en el Congreso. En verdad hacía falta este compromiso desde el más alto nivel del Gobierno. Pero nada será tan triste como que este esquema de cambio siga ocupando solo el espacio de los discursos.
Si revisa los archivos de la PCM, Simon encontrará el proyecto de creación de una escuela de administración pública, que tuvo el aporte de expertos de su similar de Francia, que con una buena reingeniería de corte académico podría emular la fuente de modernización de la que Chile se sirvió para darle un giro de 180 grados a su gestión pública.