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LOS ESTADOUNIDENSES QUE BAILABAN CON LA HISTORIA

¿Realmente podrán?

Por Timothy Garton Ash. Historiador

Al unirme a la entusiasta muchedumbre que se reunió delante de la Casa Blanca poco después de la medianoche del martes 4 de noviembre del 2008 me sentí bailando con la historia. Pero, por encima de todo, los celebrantes, en su mayoría jóvenes, gritaban el lema: "Yes We Can!" (¡Sí, podemos!). Ahora bien, ¿pueden? ¿Puede Obama? ¿Podemos nosotros?

Decir que es el primer presidente negro en la historia de Estados Unidos equivale más a escribir las últimas líneas del último capítulo que comenzar un capítulo nuevo. Ese último capítulo de dolor es asombrosamente antiguo y escandalosamente reciente. Pero Obama es mucho más que un estadounidense negro. Es, como dice con acierto el columnista Michael Kinsley, "un guiso de etnias encarnado en un solo hombre". Eso le autoriza a representar a todos los estadounidenses.

Porque Obama es, al mismo tiempo, el primer presidente postétnico. Reducir esta historia a la dicotomía entre negros y blancos es tan útil como una fotografía en blanco y negro de una escena llena de colorido. John McCain decidió destacar a Joe el fontanero para representar a una vieja "mayoría silenciosa" putativa de estadounidenses de clase obrera blanca, pero la verdad es que hoy constituyen una minoría (no tan) silenciosa. Y José, el fontanero hispano, votó por Obama. Es más, a la hora de votar, a Obama le han favorecido casi todos los aspectos de la creciente diversidad demográfica de Estados Unidos. Pero hay que ver con mucha atención cuál es el modelo de Obama.

Ahora llega el momento de la verdad. Como reconoció en su sobrio discurso de la victoria, tiene que superar una enorme montaña. Las circunstancias que han asegurado su victoria son precisamente las que harán que le sea más difícil lograr sus objetivos. Hereda una gigantesca deuda de George W. Bush, durante cuyo mandato hubo una redistribución masiva de riqueza de las generaciones futuras a la actual. El país se enfrenta a dos guerras, en Iraq y Afganistán, y multitud de retos en todo el mundo.

Por otra parte, el propio país está dividido. La brecha entre los rojos y los azules puede ser más difícil de salvar que la existente entre negros y blancos. Para vencer esas preocupaciones, tendría que gobernar desde el centro o el centro derecha, decepcionar a sus propios seguidores y enfrentarse a varios demócratas triunfalistas en el Congreso.

¿Tiene lo que hay que tener, en sí mismo, en su equipo y en los recursos de poder de los que dispone? No sabemos por cuáles de las numerosas opciones estratégicas se decidirá; no sabemos a quién escogerá para los puestos clave. Pocos candidatos presidenciales han tenido menos antecedentes ejecutivos y legislativos que permitieran imaginar cómo iban a desempeñar su tarea en un puesto que no se parece a ningún otro.

En una cosa están todos de acuerdo: si puede dirigir el país de la misma forma en la que ha dirigido su campaña, Estados Unidos estará en buenas manos. Pero un país no es una campaña. Como presidente, sus recursos de poder duro quizá disminuyan un poco, pero nadie en el mundo tiene en la actualidad más poder blando. Si el gobierno de Bush empleó "la conmoción y el espanto" para buscar unas armas de destrucción masiva que, al final, ni siquiera existían, Obama es un arma de atracción masiva en sí mismo.

Y puede apelar al que tal vez sea el mayor recurso de Estados Unidos: el dinámico espíritu innovador, emprendedor y esforzado, mezclado con el patriotismo cívico, que este país invita a adoptar a todas las personas, vengan de donde vengan. Esa es la promesa que se resume en lo que Obama llamó, en su discurso de aceptación, "ese credo americano: Sí, podemos". El credo que proclamaban en la inolvidable noche del martes.

Si me preguntan si esto será suficiente para superar todos los obstáculos a los que hoy se enfrenta Estados Unidos, tengo que responder con toda sinceridad que, la verdad, lo dudo. Pero podemos volver a tener esperanza, y debemos tenerla.

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