Por Carlos Trujillo [Administrador]
Confieso que soy un aficionado al deporte automotor. Y si hay un hecho que recuerdo con emoción fue la gesta memorable que realizó Ramón Ferreyros en Madrid. En una jornada de lluvia y barro, ganó la prueba y con ello a los mejores pilotos locales de aquel entonces.
La anécdota de aquella fecha fue que en el programa que transmitió la carrera, el nombre de Ramón figuraba con la letra P, obviamente por el Perú. Pero los miles de aficionados españoles hablaban del "portugués" Ferreyros. Grande fue el esfuerzo de los pocos peruanos que nos encontrábamos alentando para develar la verdadera nacionalidad del piloto.
¿Y a qué viene este preámbulo? Compartir aprendizajes sobre la relación de las marcas y el deporte del automovilismo, que las seduce cada vez más para que construyan valor en su territorio. Las grandes posibilidades de transferir a los consumidores o clientes significados, valores y motivaciones de esta disciplina deportiva ha sido lo más instructivo.
La mejor muestra son los grandes eventos internacionales. Los anunciantes de siempre, lubricantes o neumáticos, están dando paso a tiendas por departamento, bancos, telefonía, gran consumo y cuidado personal, por mencionar a los más activos. En nuestro país, se han hecho esfuerzos por mantener la calidad del espectáculo, pero mientras no se acepte que el deporte es un negocio y que se debe regir bajo herramientas de gestión empresarial, la oferta será poco atractiva.
Aun así, los entendidos de esta disciplina confirman que el Perú, después de Brasil y Argentina, es un país 'tuerca'. Y no dejan de tener razón. En un reciente estudio de Apoyo pudimos validar que en nuestro país los peruanos después del fútbol, preferimos el automovilismo. Y tal vez lo más importante, la imagen de los pilotos nacionales está muy valorada como profesionales, disciplinados y competitivos. Todo lo contrario de nuestros futbolistas. Miremos el futuro. La oportunidad está ahí. Empecemos por reconocer que el deporte profesional ha alcanzado una nueva dimensión como espectáculo. Y el automovilismo no debe escapar a ello.