Por Antonio Orjeda
Ni loca para dejar el Perú. Diana tenía 17 años y estaba templadaza. Nada la iba a separar de él. Eso creía ella, hasta que él la animó a partir. "Este se quiere deshacer de mí", pensó. "Vete cuatro meses y nos encontramos en Nueva York", le oyó decir. Así fue. Una vez allá, el amor se acabó.
Diana se sumergió en los libros y, sobre todo, en el tenis. Semanas después, en Virginia, EE.UU., sobre la arcilla, fue la número 1 en un campeonato nacional.
Era para eso mismo que Rudy, su hermano, se la había jugado por Diana. "¡Será campeona mundial!", aseguraba. Solo que ese era su plan, no el de Diana.
PELOTITA MANDA
Tenía 7 y ya había estado en tres colegios. Mater Purísima, Sophianum, Beata Imelda. En este último, como interna. "Ya mis hermanos se habían ido de la casa y yo mataperreaba todo el día; paraba en la calle jugando fulbito con los chicos".
En primero de media, mamá la volvió a cambiar. Diana hoy mide 1,80 m. Entonces era ya bastante alta, jugaba básquet y era la estrella del colegio. "Todo el mundo me engreía". Terminó en el Santa Úrsula. A los 12 se enganchó con la raqueta y, a los 16, ya había defendido al Perú en campeonatos internacionales. Un año después, llamaron a casa.
Desde EE.UU. querían hablar con ella. Un college le ofrecía una beca de estudios por su talento para el tenis. "No, gracias".
Ya se dijo: Diana estaba templadaza y no pensaba partir... pero --ya se dijo-- ella partió.
Allá fue campeona nacional en juniors y, en la universidad --siempre allá, siempre gracias al tenis--, fue la primera en su división. Una vez llegadas las vacaciones, eso sí, Diana volvía al Perú. Para eso se cachueleaba en McDonald's, también en una imprenta. Para eso recolectó huevos en una granja, arbitró partidos de fútbol infantil.
Lo tenía claro: para ella el tenis era un medio, no un fin. A quien le costó entenderlo fue a Rudy. Sí, a su hermano, quien años después hizo lo propio con su hijo y por fin se cobró la revancha, pues el 97, en el USA Open, este derrotó a un flaco al que le auguraban un gran futuro y que responde al nombre de Roger Federer.
Hoy, tras haber superado un par de hernias lumbares y de un paso exitoso por las canchas de golf, Diana juega con Alonso, el niño al que de pequeño trató de introducir en el deporte que tanto le ha dado (pero que entonces prefirió darle al balón).
Semanas atrás, él, de 17, lo logró. Luego de un par de años de vanos intentos, le ganó un set. "¡Toda la vida me voy a acordar del 12 de octubre!", le soltó a mamá, y ambos rieron.
Sí, a Diana, el tenis aún le sigue dando.