Por Jorge Moreno Matos
El 14 de setiembre del 2000 las imágenes por televisión de un congresista de la oposición recibiendo dinero del asesor presidencial, Vladimiro Montesinos, dejaron atónito al país entero.
Nadie imaginó que eso era apenas el principio. Se había destapado una olla en la que se habían cocinado a lo largo de una década los más grandes casos de corrupción y malversación del erario nacional de los que se tenga noticia. Porque aunque ya existían indicios y sospechas bien fundadas de que algo olía mal, estábamos muy lejos de imaginar el grado o magnitud de lo que se había estado cociendo durante años. Entonces surgió una pregunta: ¿Cómo pudo ocurrir?
Ocho años después, otra vez la opinión pública vuelve a ser sorprendida al revelarse cómo se conservan niveles de corrupción que se creían superados. Y la pregunta inevitable surge nuevamente: ¿Por qué sucede?
Desde entonces y hasta hoy, economistas, politólogos, sociólogos, historiadores, antropólogos y hasta psicoanalistas se han abocado a la tarea de encontrar una respuesta a esas interrogantes, y a una mucho más importante todavía: ¿Cómo afecta todo esto al desarrollo del país? Eso explica por qué en los últimos años se publicaron decenas de estudios sobre lo que los investigadores han definido como "el abuso del poder público para la obtención de un beneficio privado".
Desde el psicoanálisis, Saúl Peña se refiere a la década de los 90 como un período de "obsolescencia en el que los peruanos perpetuábamos conflictos de dependencia patológica o seudoindependencia en contra de nuestra autonomía", lo que en buena cuenta significa que dejamos que hicieran con el país lo que quisieran, algo fácil de entender por la debilidad de nuestras instituciones.
Y en un reciente libro, Ludwig Huber postula desde la antropología cultural que la corrupción debe ser tratada "como el producto de una relación específica entre Estado y sociedad", es decir a través de la existencia de las redes de clientelismo que la posibilitan. Ya antes, en el 2004, un seminario internacional reunió en Lima a especialistas de diferentes disciplinas y países, cuyas actas ponen de manifiesto la búsqueda de nuevos enfoques y análisis para entender y combatir este flagelo.
El historiador Alfonso Quiroz es uno de los estudiosos que se han volcado a rastrear los orígenes históricos de la corrupción en el país, y lo ha hecho con la paciencia de un entomólogo que ausculta el mínimo detalle.
A él le debemos estudios fundamentales sobre la corrupción en las finanzas públicas, desde la Colonia hasta el presente, en los que quedan al descubierto las veleidades de un virrey y una actriz de tercera que soslayaron la oposición a las reformas del corrupto sistema virreinal.
También sobre próceres de nuestra independencia que cobraron en contante y sonante su nada desinteresada participación en las luchas libertarias y sobre la farra fiscal que constituyó la llamada consolidación de la deuda interna, en un acto de expolio y malversación del Tesoro Público que en "Lima fue grande y en provincias monstruoso".
Así lo escribió el historiador Jorge Basadre; y, como no podía ser de otra manera, dictaduras como las de Augusto B. Leguía, Manuel Odría y Alberto Fujimori se levantaron en peso al país. Todas surgieron como restauradoras, salvadoras o moralizadoras del orden público.
Todas se fueron dejando una estela de podredumbre, corrupción y desenfreno fiscal detrás de ellas. Como una verdad irrefutable de que las dictaduras siempre van en inevitable contubernio con la corrupción.
La gran enemiga del desarrolloEl historiador de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Alfonso Quiroz, ha podido calcular, por ejemplo, el impacto que la corrupción ha tenido en dos momentos de la historia del Perú.
Para la década de 1850-1860, la de la 'consolidación', el costo del valor desviado por la corrupción ascendió, en millones de dólares actuales, a 39 para el período total y a razón de 4 millones anuales. Una barbaridad para la época.
Para la década fujimorista, las cifras resultan de escándalo. En ese período el total asciende a 14.087 millones de dólares, a razón de 1.409 millones anuales. Lo que costaría haber construido, por ejemplo, mil kilómetros de carretera de la Interoceánica.