Por Antonio Orjeda
Al cura le llamó la atención. Daniel tenía 9 años y no paraba de tomar fotografías. Hormigas en fila, puchos en tazas de café. Fines de los 60; estaban en las inmediaciones de unas minas, en el norte del Perú. "Tengo algo para ti", dijo el cura y le entregó una filmadora a cuerda. "Fue el primer regalo que realmente aprecié". Desde entonces Daniel no dejó de filmar.
Su madre se acostaba a las 8 de la noche. Papá llegaba tarde de trabajar, pero a él siempre lo encontraba despierto. Leyendo, porque también le encantaba leer.
A papá le gustaba el cine. Una noche le dijo que lo acompañase. Daniel se puso una bata y, en pijama, entró al Alhambra. Diez de la noche. "El oro de MacKenna" (1969). Boquiabierto vio a Omar Sharif y a Gregory Peck. "Jamás la volví a ver por temor a desilusionarme. Quiero mantener viva esa sensación".
Los domingos, con sus primos planeaban puestas en escena que luego él filmaba. Una tarde, después de que el país fuese azotado por el brutal sismo que desapareció Yungay, Daniel organizó a su equipo. Los mayores estaban arriba, a la voz de tres, ordenó golpear las puertas y gritar terremoto. Sus padres, tíos y su abuela bajaron despavoridos por las escaleras. Abajo, con la filmadora encendida, él los esperaba. Por supuesto que fueron castigados, pero en esa cinta aún permanece registrada esa, la mayor transgresión de su vida (hasta entonces).
Su padre quiso que fuese ingeniero de minas como él. Daniel devino en un ejecutivo de la educación.
FICCIÓN NO
"Era visto como un empresario exitoso, pero me sentía infeliz". El 98 fue el año de la crisis. Daniel no dio más: lo dejó todo, se mudó a Barranco, escribió un guion, lo filmó.
Con su cortometraje, "El colchón", participó en más de 20 festivales. Se fue a estudiar dirección de actores a Cuba. Allá, una profesora neoyorkina dio su nombre al Tisch School of the Arts. Lo llamaron, hizo una maestría en cine. Aquí comenzó a conocer a gente vinculada al cine. Ni ellos ni sus antiguos colegas sabían qué era exactamente él. "Me veían como un pez fuera del agua". Sí, ambos grupos lo veían así.
Partió a su maestría. "De pronto, a los 40 y siendo el rector de una universidad, tomé un avión y me fui a estudiar a Nueva York con muchachos a los que les llevaba muchos años; y el cine es como el ejército --hay escalas--, los de segundo año usan a los de primero para cargar rieles, colocar luces, para que a las tres de la mañana vayan por donuts y café... Así, el rector pasó a ser el 'perro' de unos alumnos a los que les llevaba muchos años".
A su regreso vendió algunas empresas, puso una nueva: Cinecorp. No solo eso, escribió y filmó su primer largometraje: "El acuarelista".
"Es la historia de un oficinista que decide tirarlo todo por la borda para seguir el sueño de toda su vida: pintar... El acuarelista soy yo".
Hoy se reconoce más libre, mejor padre, mejor empresario, mejor rector. Esta, definitivamente, ha sido la mayor transgresión de su vida. ¡Salud!