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Corriendo de Wall Street a la política

Por: Juan Paredes Castro

Nadie quiere creer todavía que el manejo de la mayor crisis financiera internacional de los últimos cincuenta años no está confiada a los sabios economistas sino a los siempre impredecibles políticos.

Del desastre causado por los banqueros y operadores de bolsa de Wall Street hemos pasado a grandes trancazos a buscar soluciones rápidas y concretas en medidas fiscales, empujando a los gobiernos a reactivar sus economías. Nadie los había obligado hasta hoy a meter dinero en el mercado, después de haberlos privado durante muchos años de intervenir en él.

Bueno, los tiempos han cambiado y la gravedad de la crisis nos está demostrando que las respuestas a ella tienen que ser principalmente políticas. Hay tres poderosas razones que considerar: una, que los incentivos fiscales solo pueden determinarse a través de los congresos y los gobiernos; otra, que la necesidad de abandonar el proteccionismo y por consiguiente adoptar compromisos serios y libres de liberalización del comercio solo corresponde a decisiones políticas; y, finalmente, que los nuevos sistemas regulatorios que se vienen planeando en el ámbito internacional tienen que estar necesariamente basados en decisiones de cumplimiento gubernamentales.

La última cumbre del G-20 en Washington no fue otra que la síntesis pragmática de lo que los gobiernos tienen que hacer frente a la crisis. Lo mismo trata de alcanzar la cumbre de Asia-Pacífico que culmina hoy en Lima. No es que el capitalismo esté agónico y que el mercado le siga en el trance. Los líderes mundiales parecen entender cada vez más que los acuerdos de sus cónclaves internacionales, otrora sumidos a declaraciones gaseosas y compromisos estériles, únicamente pueden tener alguna utilidad concreta y medible si es que se vuelven vinculantes, es decir de ejecutivo cumplimiento para quienes los suscriben.

Si antes decíamos que la economía y las finanzas de un país y más aun del mundo son demasiado importantes como para confiárselas a los políticos, ahora debemos reconocer que ya no importa cuán impredecibles sean los políticos, pues la suerte del manejo de la crisis financiera global está inevitablemente en sus manos.

El fundado temor de estar en manos de los políticos encierra sin embargo el reclamo implícito de que las mentes más lúcidas de la economía y las finanzas tienen que lidiar sabiamente con complejas burocracias parlamentarias y gubernamentales nacionales para iluminarlas en sus respectivos procesos de toma de decisiones.

No hay arrogancia que valga ante el negro futuro. Los políticos requieren de nodrizas mentales muy afinadas para la tarea de salvar a un mundo económico y financiero que ha hecho todo lo posible por descender al infierno de la quiebra.

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