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Especial asiático

Voz naciente.

VERBO DEL PERÚ Y ORIENTE. LOS PUENTES ENTRE LA TRADICIÓN ORIENTAL Y NUESTRA LITERATURA SON FIRMES.

Por Diego Otero

Entre las páginas de "La Casa Verde" (1965) se escabulle un tipo llamado Fushia, un ciudadano japonés cuyas actividades son básicamente huir de la justicia y estafar. ¿Por qué el énfasis en la nacionalidad para la construcción del personaje? Es decir, ¿qué había en "lo japonés" para que Vargas Llosa decidiera relacionarlo con una representación de crimen y marginalidad? La pregunta puede sonar tendenciosa, pero es perfectamente pertinente. Y la respuesta, quizá, esté en otro libro: "La medianoche del japonés", la inquietante crónica novelada que publicó Jorge Salazar en 1991.

Ahí el periodista y narrador cuenta la historia de Mamoru Shimizu, un hombre que despertó la madrugada del dos de noviembre de 1944, tomó un garrote y asesinó a su hermano, su cuñada y a sus dos sobrinos. Shimizu era un monstruo, desde luego. Pero la historia que teje entre líneas "La medianoche del japonés" habla de otra cosa: una actitud hostil hacia la comunidad nikkéi, producto de un cierto recelo frente al éxito económico de muchos de sus miembros y, sobre todo, producto de la sombra de la Segunda Guerra Mundial.

Quizá el Vargas Llosa de "La Casa Verde" vivía aún la resaca de ese clima hostil, y Fushia encarna un temor y un prejuicio colectivos: es una especie de eco deformado de Shimizu. De cualquier modo, todos esos fantasmas han sido elaborados simbólicamente en los últimos años. En la novela "La iluminación de Katzuo Nakamatsu" (2008) se ofrece la historia de un nikkéi doblemente desarraigado: por razones culturales y políticas.

En cierto momento del libro, un presentimiento de muerte enfrenta al personaje con asuntos esenciales, y lo desembaraza del peso de una ambigüedad cultural y de los estigmas y sombras de su condición racial. Augusto Higa (Lima, 1946), el autor del libro, es uno de los nombres clave en la producción literaria nikkéi. Miembro del Grupo Narración, Higa ha desarrollado una obra que asume paulatinamente su centro desde la exploración de lo marginal, y cuya reflexión sobre la condición de los inmigrantes japoneses y su descendencia es a la vez testimonio y metáfora.

Cuando Higa habla de una identidad en cuestionamiento permanente, casi en abismo, está hablando de una circunstancia particularísima, la de un nikkéi de cincuentipico años, pero también nos está regalando una alegoría sobre el Perú.

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"El lenguado" es uno de los mejores poemas de José Watanabe (1946-2007), la gran figura de la literatura nikkéi en el Perú: "Soy / lo gris contra lo gris. Mi vida / depende de copiar incansablemente / el color de la arena, / pero ese truco sutil / que me permite comer y burlar enemigos / me ha deformado". "El lenguado" habla de adaptaciones que nos transforman y que nos obligan a ciertos sacrificios: toda supervivencia implica una pérdida; la pérdida de "la simetría de los animales bellos".

¿Hasta qué punto esa parábola del poema no es una reflexión sobre la identidad nikkéi, sobre la pulsión de una necesidad de adaptación? Watanabe cierra el poema con una alusión al sueño en que habla del arte como el vehículo de la libertad: "A veces sueño que me expando / y ondulo como una llanura, sereno y sin miedo, y más grande / que los más grandes. Yo soy entonces / toda la arena, todo el vasto fondo marino". La poesía como el espacio del que se han retirado todas las vallas. Todos los documentos de identidad. Todas las oficinas migratorias.

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Nicolás Matayoshi vive en Huancayo y es gestor cultural y editor. También es poeta. Ha publicado los libros "Valle de luz", "Gaia", "Poemas para llegar a casa", entre otros. Su obra y su vida están más vinculadas al mundo del ande y sus diversas problemáticas de orden social y cultural que a la reflexión sobre sus orígenes. Y sin embargo entre sus poemas se filtra el filo de urgencias vivenciales --los años de terror-- y una hierática parquedad que está sin duda en sus raíces: "Ya no escandaliza / la muerte / ni asombra / la ausencia /sucesiva de vecinos".

"Paisaje terrestre", el último libro de Doris Moromisato, es un diálogo entre la memoria personal y la naturaleza. Y de alguna manera representa una especie de 'suma' de su obra. Ahí están, de manera evidente o velada, su activismo feminista y su terca vocación por la preservación ecológica del país, pero también un espíritu cercano al budismo: "Un colibrí se posa en el molle. / Nada lo perturba, su tarea consiste en existir. / Y él lo sabe. / No soy más que él / y debo vivir porque pronto saldrá la luna".

Moromisato también ha escrito prosa: "Okinawa. Un siglo en el Perú", junto a Juan Shimabukuro. El libro es valioso porque ofrece un deslinde de las particularidades de la cultura okinawense, la región de donde proviene el setenta por ciento de descendientes japoneses. Pero este libro y lo de Higa no son las únicas exploraciones narrativas de la colonia. El relevo generacional está representado por Carlos Yushimito (Lima, 1977), autor de "Las islas", un interesante y singular puñado de relatos ambientados en un Brasil soñado, escuchado y leído; un Brasil más allá del tiempo.

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Desde esta margen del Pacífico también se ha mirado hacia Oriente, principalmente hacia China. "Los eunucos inmortales" de Oswaldo Reynoso cuenta la historia de un inmigrante peruano que intenta ser feliz en medio de las represiones y revueltas de Tiananmen. También está el poema que Antonio Cisneros dedica a Nicolás Yerovi y Luis La Hoz: un poema que celebra el nombre de Li Po y que juega a trastocar irónicamente la sed de vida por la sed de vino.

Li Po, precisamente, es uno de los grandes nombres de la literatura china que han sido traducidos entre nosotros, gracias al trabajo de Guillermo Dañino y el Centro de Estudios Orientales de la PUCP. Pero Dañino no está solo: el poeta Javier Sologuren también hizo lo suyo con el teatro y el cuento japoneses, y los esposos Hyesun Ko y Francisco Carranza con diversos títulos de literatura coreana clásica y contemporánea. Así que, como dijo Ezra Pound, "haya comercio pues entre nosotros" --y que, por favor, no sea solo económico.

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Una coda: la literatura oriental tiene en el Perú hasta un escritor que no existe. Rafael Yamasato, autor de "Estambres", es en realidad un heterónimo de Hildebrando Pérez Grande, solo que el poeta, por algún motivo, decidió negar a su avatar, desaparecerlo, esparcir sus cenizas, borrar sus huellas. Con lo cual ha empezado a convertirlo en una discreta leyenda.

Cuento chino
La literatura de la colonia china es menor, por lo menos en términos cuantitativos, a la de la japonesa. Desde hace décadas radica en París Mario Wong, un escritor tusan que ha publicado poesía y novela. También están Mario Choy y Siu Kam Wen, los dos escritores seleccionados por Guillermo Niño de Guzmán para "En el camino", la antología del cuento limeño de los ochenta. El caso del segundo es quizá el más interesante, pues se trata de un autor nacido en China, criado en el Perú y radicado en Hawái, y que se mantiene en actividad. La colección Underwood, precisamente, le acaba de editar un pequeño libro bilingüe. Atención con él.

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