Por Nelly Luna Amancio
Ellas viven en los extremos de Lima: una en Comas, la otra en Pucusana. La primera, Karla, mira todos los días desde lo alto de su casa cómo el humo de los carros cubre la ruidosa avenida Túpac Amaru. Unos 60 kilómetros más al sur, Lucila tiene más suerte: desde su sencilla vivienda, a donde el agua llega en camiones cisterna, alcanza a contemplar el mar y la pequeña caleta de pescadores. Karla tiene 24 años y dos hijas; Lucila, 20 y un pequeño de 2 años. Sus frágiles contexturas disimulan aun más sus edades. Desde hace unos años la suma de circunstancias ha hecho que ambas compartan algo más: su entereza contra el sida.
Karla y Lucila tienen VIH. La noticia de su infección les llegó de la peor manera en la que una madre puede enterarse: los médicos hallaron el virus en sus pequeños hijos. Les dijeron que ellas se los habían transmitido, que ellas lo adquirieron en sus casas, en sus camas. Con sus esposos.
Surgió el pánico. El miedo a la muerte. La cólera. El inevitable sentimiento de culpa de sus maridos. La depresión. El quiebre de la relación conyugal. La impotencia familiar. Las ganas de desaparecer y no dejar de llorar. El desconsuelo. El proceso de aceptación de la infección puede tardar meses, a veces años, dicen los médicos. "Creía que todos los que tenían VIH se morían. Teníamos un vecino que se puso muy flaquito y se murió, todos decían que de sida, pensaba que mis hijas y yo también íbamos a morir así", cuenta Karla, recordando aquellos días, cuando ignoraba la existencia del tratamiento.
A ella la prueba le había salido negativa durante sus dos embarazos consecutivos: estaba en el período de ventana, ese prolongado momento en el que el virus permanece en silencio. Ignoró que sus dos hijas, ella y su esposo tenían el virus hasta que a la mayor de sus niñas, la de 3 años, le dio una persistente infección a la garganta. Lucila, en cambio, no se hizo la prueba en el control prenatal porque no tenía dinero. Ella se enteró de su contagio cuando su hijo, también a los 3 años, presentó un cuadro de desnutrición crónica. Ninguno de ellos figuraba hasta hace unos meses en las cifras oficiales.
Desde el 2002, el Ministerio de Salud (Minsa) tiene identificados solo a 385 niños con VIH que reciben tratamiento antirretroviral. Empero, las proyecciones más conservadoras señalan que cada año nacerían en todo el país entre 250 y 300 niños con el virus. "Queríamos saber qué pasaba con esos otros niños, sospechamos que existía un subregistro que no aparecía en las estadísticas oficiales y que no recibía tratamiento", explica Mario Tavera, especialista en salud de Unicef.
Con esta premisa, Unicef, la ONG Socios en Salud y el Minsa lanzaron un programa que se planteó localizar más casos como los de Karla y Lucila. Hallaron lo que temían: muchas mujeres, luego de enterarse de su infección, no regresaban al control prenatal; otras, como Lucila, no se hacen la prueba y se alejan ignorando que tienen el virus.
Lo que ha alertado a los responsables del programa es que en apenas 10 meses de búsqueda en la capital se han identificado 700 nuevos casos (madres con hijos), cuando ellos se habían propuesto ubicar 400 en 24 meses, entre Lima, Loreto y Ucayali.
Hasta el momento se ha evaluado la mitad de los casos y en una tercera parte de los niños los resultados de la prueba salieron positivos. "Se trata de unos 100 nuevos niños infectados que no figuraban en el sistema; cuando acabemos la otra mitad, creemos que los resultados serán similares", dice Tavera.
La mayoría de los casos se encuentra en San Juan de Lurigancho y en Lima Norte. El VIH hoy tiene el rostro de la pobreza.
Un eslabón fundamental en esta búsqueda han sido las promotoras de salud voluntarias. Esa es la historia de Ana María, la responsable de llegar todos los días a las 7:30 a.m. a la casa de Karla para recordarle que la puntualidad es fundamental a la hora de tomar los antirretrovirales. "Con la participación de los miembros de la comunidad es posible facilitar el acceso a la salud de los más pobres", asegura Jaime Bayona, director de Socios en Salud.
Son ellas las que se han zambullido en los archivos de los centros de salud y han recorrido los hospitales buscando casos no identificados. "Más del 80% de los casos hallados corresponde al 2005 en adelante, una cantidad muy reducida corresponde a niños nacidos entre 1990 y 1999, probablemente porque muchos fallecieron al no recibir tratamiento", explica Bayona.
El porcentaje de contagio de madre a hijo se ha incrementado de 1% a 3% en los últimos años. Este crecimiento se explica en el hecho de que cada vez hay más mujeres con VIH que salen embarazadas. Lucila tenía 18 años cuando se fugó con su enamorado a un lugar de la costa rural. En aquel lejano puesto de salud no le ofrecieron la prueba gratuita para descartar el VIH. La de Elisa costaba 20 soles. "No tenía dinero. Decía qué voy a tener yo esa enfermedad", pensó.
Las proyecciones en el Perú dicen que de cada mil gestantes, dos tendrían VIH. Entonces, si cada año se reporta un promedio de 650.000 embarazos, los hospitales deberían recibir en este tiempo alrededor de 1.300 mujeres con el virus. Pero no es así. Se reporta menos de la cuarta parte. La explicación la da el representante de Unicef: "Lamentablemente no todas las mujeres se hacen la prueba". El año pasado, según el Minsa, el 60% accedió a una prueba. El embarazo del resto, de unas 250.000 mujeres, avanzó en la incertidumbre.
"A veces no se ofrece la prueba gratuita por alguna falla en el sistema de salud o porque el suministro no está garantizado", insiste Tavera. Este año entre Unicef y el Fondo Global de Lucha contra el Sida donaron 250 mil pruebas, el Gobierno compró 150 mil adicionales, pero faltan más.
Desde que se detectó el primer caso de sida en el Perú, hace 25 años, la proporción entre hombres y mujeres infectados ha variado. Pasó de 24 a uno, a de 3 a 1, respectivamente. Cada vez hay más mujeres gestantes infectadas que no conocen de su infección. Una encuesta de Ipsos Apoyo lo corrobora. El 46% de mujeres respondió que nunca se ha hecho una prueba para saber si tiene el virus: tres cuartas partes de ellas son pobres. Se revela también que algunos prejuicios absurdos siguen vigentes. Karla recuerda cómo durante los primeros meses sus propios familiares le pidieron que ella y sus hijas tuvieran un único plato y cubiertos. "Imagínate si eso creía mi familia, qué puede pensar un extraño. Hay mucha ignorancia en el tema", dice ahora.
EL DATO
Protocolo
Si durante la gestación se controla el crecimiento del virus, se practica una cesárea y se evita la lactancia materna, el riesgo de contagio se reduce de 40% a 2%.
LA CIFRA
70.000
Sería la cifra de peruanos que desconocen que están infectados con el VIH. Los que sí lo saben y reciben tratamiento antirretroviral gratuito, según el Ministerio de Salud, llegan a 2.500.