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CRÍTICA DE CINE

El acuarelista

Por Raúl Cachay

Cinco estrenos nacionales en menos de un semestre es algo que definitivamente no ocurre todos los años. Han sido cinco películas que, más allá de sus obvias desigualdades, pueden funcionar como una suerte de compendio de las tendencias preponderantes en el cine peruano durante las últimas décadas, y, al mismo tiempo, han puesto en evidencia algunas de sus lacras más sofocantes. La obsesión por explorar el flanco más miserable de lo que podríamos llamar 'lo peruano', los argumentos didácticos, el lastre teatral de ciertas actuaciones, la 'calata' recurrente Unas más, otras menos, todas han tenido méritos ocasionales, pero, salvo por "Dioses", no ha habido mayores hallazgos artísticos en esta minimaratón de películas hechas en casa.

Lastimosamente, tampoco se ha salvado de esta recalcitrante medianía el debut en el largometraje de Daniel Ró, "El acuarelista", una suerte de fábula lisérgica que naufraga clamorosamente en el fango de las buenas intenciones de un guion que parece haber sido escrito por un sonámbulo (en realidad, según los créditos, fue escrito en colaboración por tres personas, el propio director y los cineastas Álvaro Velarde y Eduardo Mendoza). Ocurre que este universo fantasmal, atosigado de personajes arquetípicos y situaciones que bien pudieron extraerse de un manual de clichés narrativos, resulta tan artificial y vaporoso que cuesta mucho, muchísimo, engancharse con las desventuras de T. (así, a secas), interpretado con dedicación conmovedora por Miguel Iza, uno de los personajes más decididamente bobos en toda la historia de nuestro cine.

La historia narra las peripecias de un hombre sin mayores atributos que un buen día decide abandonar la cárcel de su trabajo de oficina para dedicarse en cuerpo y alma a pintar acuarelas. Para ello, alquila un departamento en pleno centro de una ciudad imaginaria (curiosa forma de buscar tranquilidad, dicho sea de paso) y pone manos a la obra, sin imaginar que se ha metido en un auténtico nido de grillos habitado por los vecinos más insufribles y metiches del planeta. Allí, el pobre T. tendrá que soportar a la proverbial vieja chismosa, al niño travieso, a la madre calentona, a la joven irresistible, etc Algo así como la vecindad del Chavo, pero sin personajes memorables. Y es así como T. verá cómo sus ímpetus artísticos se desvanecen lenta e irremisiblemente en una comedia del absurdo que se prolonga por casi una hora y media, agotando una anécdota que quizás hubiera podido funcionar en un corto (Ró, como Daniel Rodríguez, ha refrendado interesantes aportes a la filmografía nacional en ese formato, como el muy aplaudido "El diente de oro"), pero que al final se agota en una creciente e insalvable monotonía.

Vale la pena destacar la escrupulosa puesta en escena de la película, el cuidado trabajo de dirección artística, las hermosas acuarelas del maestro Pastorelli y la impecable fotografía del tailandés Tanon Sattarujawong. Tristemente, resulta bastante complicado encontrarle otros méritos a este "Acuarelista" pulcro, pero anodino.

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