ÃDGAR VALCÃRCEL. El compositor vanguardista
Por Gonzalo Galarza Cerf
Ãdgar Valcárcel está en una edad en la que el tiempo adquiere otro valor y cada dÃa cobra mayor importancia: desde hace cinco meses el maestro está abocado junto con un copista especializado en partituras en reunir su obra musical para enviarla a la biblioteca de la Texas Christian University, que financia la recuperación de sus composiciones. "Estoy con la sensación del final y no quiero que mi patrimonio, con la experiencia que tenemos acá, siga la vida miserable de todos los anteriores maestros y se pierda o se quede en el anonimato", dice.
Pero esa sensación parece desvanecerse conforme hace un lúcido repaso sobre su vida. O al dominar el piano de su estudio, sentado bajo ese libro de notas de Chopin. Fue justo ese mismo compositor al que interpretó cuando llegó de Puno a los 16 años. "¿Qué estás tocando? Eso no es música, no sirve, es huachafo. Solo tienes que tocar Bach y Stravinski", lo recriminó un maestro.
"Fue un choque terrible. Años después, me di cuenta de que era una gran estupidez lo que me dijo esa persona y me sentà más afianzado en mis creencias porque mi hijo, que es pianista, toca eso y vive enamorado de la música en general", exclama Valcárcel, y rememora las piezas de su antepasado, Theodoro Valcárcel, que acaba de entregar a la Universidad Católica para que su digitalización. "El doctor Raúl Romero me ha dicho que va a llegar el momento en que digitalicen lo mÃo también", revela.
Ãl, hijo de madre aimara, se considera un 'ultraórbico', término acuñado por el poeta Gamaniel Churata: "Es el músico provinciano y universal a la vez". El autor de "Canto coral a Túpac Amaru", pieza de percusión, coro y sonidos electrónicos que se presentó con una proyección de diapositivas cuatro décadas atrás, está apenado y alarmado ante la falta de interés que dice ver en los alumnos del Conservatorio Nacional de Música: "Nosotros fuimos una generación mucho más despierta al mundo".
Ãl, que tomó contacto y profundizó con las nuevas tendencias en Nueva York (recibió en dos ocasiones la beca Guggenheim) y en Buenos Aires (fue becado por el instituto Torcuato di Tella, creado por Alberto Ginastera), se fascinó con la música electrónica. "Fue el encuentro con la maravilla del sonido, con la existencia del silencio como elemento expresivo", recuerda.
Hoy, a sus 76 años y con un cáncer al esófago controlado y lejos del conato de infarto cerebral sufrido un mes atrás, el maestro Valcárcel redescubre la dimensión de su obra, de su generación y el legado milenario de sus antepasados. Y no deja de asistir a los conciertos como si fuera un ritual esencial en su vida: "Sigo enamorado de la música".