Por Maki Miró Quesada
Una pareja de americanos muy elegantes almorzaba en el Jo-ckey de Madrid con una hija de más o menos 12 años. La niña pidió una hamburguesa para horror del maitre y de los comensales que estaban cerca. Con una mirada reprobadora y gran desdén el mozo tomó la orden y le trajo una gigantesca albóndiga de carne molida --seguro que exquisita-- que la niña miró con asco. De inmediato esta le pidió 'ketchup, please' a lo cual el mozo dio media vuelta y se fue sin comprender o sin querer saber más del tema. Empezaban los años sesenta y en España aparte de la cocina local, que a la sazón nadaba toda entera en aceite de oliva, la única cocina aceptable era, cómo no, la francesa. Poco tiempo después en EE.UU. se expandía la novedosa cadena McDonalds el resultado exitoso de tres fórmulas que no tenían pierde: comida barata, rápida y que sabía igualito fuera donde fuera. De Topeka en Kansas, a Kiev en Ucrania todas las hamburguesas de MacDonalds son idénticas y uno sabe a qué atenerse. Los americanos y los que encuentran su felicidad en el fast food americano ya podían viajar tranquilos a los confines del planeta sabiendo que siempre encontrarían la comida que les recuerda la casa, el país y la infancia y así nacía la noción del confort food.
Guardando las distancias y limitándonos a la región y al mundo hispano lo mismo nos está pasando a los peruanos que viajamos por Latinoamérica. Salir a comer en Panamá era hasta hace poco una aventura que por lo general terminaba gastronómicamente mal --como no incluyera langosta un valor siempre difícil de arruinar-- pero el boom espectacular de su economía atrajo a los mejores restaurantes y hoy cenar en el Astrid y Gastón de Panamá es una experiencia inolvidable. Refinado, exquisito, con decorado impecable del mismo nivel --me atrevería a decir con mejor nivel-- que el original y el añadido placer de volver a encontrarse con los sabores que uno nunca deja de extrañar. La mala onda de Caracas, la degradación de sus calles y su cara triste de ciudad rota quedan de lado cuando el conserje del hotel nos confirma: "Sí, acá tenemos Astrid y Gastón, es el mejor restaurante de Caracas". (Uff, se salvó la noche). Más pequeño, más modesto --después de todo esto no es Panamá-- pero con los mismos pisco sours que en Lima el Astrid caraqueño nos acoge con unos ravioles en salsa de camarones que hacen las delicias de nuestros amigos franceses, gourmets exigentes, y del ex presidente colombiano que los parroquianos se apuran en venir a saludar a la mesa y seguro que hay más de un chavista entre ellos. En Buenos Aires la cosa está clara. Si uno quiere ir a comer comida fusión peruana al Osaka, hay que reservar por lo menos dos semanas antes, si no es solo "después de las once y en la barra", el éxito de este restaurante peruano Mejor Restaurante del 2007 y del 2008 lo hace un lugar preferido de los porteños y ya casi no queda sitio para los peruanos.
Pero quizá lo realmente mágico es salir con el carro una buena mañana de la casa en Patagonia, cruzar el paso de frontera con Chile en la cordillera y al día siguiente estar sentados almorzando en el Borde de Río de Santiago comiendo canchita, recogiendo la espuma del pisco sour con la punta de la lengua mientras llegan el tiradito, el cebiche, las yuquitas fritas y la salsa huancaína. Después de una corvina a la chorrillana pedirse un suspiro de limeña y soñar cómo sería si uno sigue hacia el norte y se va de un aventón nomás sin parar hasta Lima. Pero no es necesario porque en El Otro Sitio de Santiago se come igual que en el Perú y lo que importa es que los peruanos vayamos adonde vayamos sabemos que en cualquier lugar podemos descubrir y disfrutar nuestra versión criolla del confort food.
Déjame que te cuente, Chabuca, limeña...