Por Ricardo Montoya
La mejor forma que encontró Mickey Rourke de escapar de una infancia cruel fue a través del boxeo. Intercambiando golpes le reclamaba al destino por el cáncer de su hermano, por el abuso emocional de su madre y por toda la violencia que habitaba en su padrastro. Catarsis en estado puro, guantes calzados.
A los 16, el joven pugilista se entrenaba en el gimnasio de la calle cinco de Miami, el mismo que años más tarde alumbraría a Cassius Clay. Allí, como amateur, se le reconocía tanto por su temible pegada y llegó a sumar doce 'knock out' consecutivos en el primer asalto, como también por su carácter irascible (cuatro veces fue descalificado en medio de un combate). La calle lo traicionaba.
En su afán de acelerar la historia, Rourke temerariamente se animó a hacer de 'sparring' de quien, poco tiempo después, sería campeón mundial welter: Luis Manuel Rodríguez. Las consecuencias fueron terribles: una paliza y una contusión cerebral lo obligaron a retirarse. Corría febrero de 1972. En ese mismo tiempo y casi por casualidad, el cine entró en su vida. Audicionó para una obra que dirigía un amigo y, de ahí en más, todo sucedió vertiginosamente: las películas, el dinero, Kim Basinger y la inolvidable "9 semanas y media". Rourke se convirtió, de pronto y sin proponérselo, en un símbolo sexual de Hollywood. Después de veinte años de películas y cansado de una vida actoral en la que nunca se sintió bien del todo, Rourke retornó a su primer amor: desempolvó los guantes y, ya cerca de los 40, se hizo boxeador profesional. Viejo para esas lides.
Por su primera pelea cobró únicamente 250 dólares; sin embargo, dos años más tarde, su bolsa ya bordeaba el millón. 'El Marielito' (su nombre de batalla) era un éxito. Rourke acumuló un invicto de seis victorias y dos empates en sus sueños de campeonato mundial. Antes de su novena pelea, la ilusión se truncó. Los exámenes neurológicos lo obligaron a claudicar. Los médicos le aplicaron el 'knock out' de su diagnóstico: si seguía boxeando no iba a poder contar el dinero que ganara. El impacto fue devastador. Rourke había sacrificado su carrera en el cine y su rostro, de tanto golpe recibido, era una caricatura irreconocible del galán que Hollywood conoció. Pero volvió. Y en el 2007, Mickey, el actor, regresó con fuerza al cine, esta vez interpretando a un peleador de lucha libre en decadencia. Un luchador que, como él en su vida real, extrañaba sus días de gloria. Le valió el Globo de Oro.
Estaba escrito, como en un guion: 'El Marielito', aunque sea en la pantalla, debía tener su revancha y vaya que la está teniendo. Fueron a las tarjetas y allí, en fallo divido, perdió el box, ganó el cine.