Esta adaptación de la novela homónima de Mario Vargas Llosa, es dirigida por Luis Llosa, realizador de Misión en los andes, El especialista, Anaconda, entre otras. Desde su primera película (el episodio Doble Juego, contenido en el largo Aventuras Prohibidas, de 1980), Llosa se interesó por narrar historias de suspenso o tensión creciente, con elementos claros de género, y empleando las técnicas del filme de acción.
En algún caso, como en Sniper, logró crear una atmósfera; en otros, como en Fuego en el Amazonas o Ochocientas leguas por el Amazonas, erró.
La fiesta del Chivo es un proyecto más ambicioso que los anteriores. Se trata de una coproducción internacional hispano-británica, con actores prestigiosos aunque en el declive de sus carreras, y en la que el realizador ha tenido un mayor control sobre sus recursos. El resultado es una película desigual -con una secuencia que destaca sobre todas las demás-, que sufre el lastre de una ilustración aplicada, cuidadosa, respetuosa hasta la reverencia, de la obra original.
La primera resistencia que nos causa la película se explica por la naturaleza de su producción. Pensada para el mercado multinacional, La fiesta del Chivo es el resultado de la iniciativa de un productor español, Andrés Vicente Gómez, asociado con capitales británicos. En los créditos encontramos actores y técnicos de diferentes lenguas y nacionalidades, desde un ítalo-cubano como Tomás Milian, hasta un hispano-argentino como Juan Diego Botto, pasando por un director de habla española y varios actores ingleses, entre otros. Una babel que se moviliza para la adaptación de la novela de un peruano, filmada en Santo Domingo y España. Sin embargo, sobre la pantalla, todos hablan un inglés salpicado con algunas expresiones castellanas, que asegura la comercialización de la cinta, pero que provoca un efecto de extrañeza, tanto mayor cuando en la banda sonora escuchamos algunas clásicas canciones latinoamericanas. El Santo Domingo de inicios de los años sesenta que recrea La fiesta del Chivo, con su imagen brillante en pantalla panorámica y su fotografía luminosa, donde hasta Trujillo da órdenes de asesinar en inglés, posee una cualidad casi irreal y un toque "retro chic" que evoca ciertas visiones hollywoodenses de la América Latina de la época, a la manera de We Were Strangers, de John Huston, o de Havana, de Sydney Pollack. Por ratos sentimos una sensación semejante a la de escuchar una melodía tropical entonada con el acento de algún epígono de Nat King Cole.
Esa visión, entre intemporal y estilizada, no llamaría la atención si La fiesta del Chivo fuera un relato aventurero centrado en el complot para matar a Trujillo, oponiendo de modo heroico a los defensores de la libertad con el sátrapa y sus allegados. Pero la película busca otras posibilidades y desarrollos. La fiesta del Chivo alterna tres hilos argumentales, que son también tres propuestas dramáticas distintas. La primera transcurre en 1992 y se sustenta en la memoria adolorida de Urania, la mujer que regresa a Santo Domingo para enfrentar el pasado visitando a su padre y su familia, a la que abandonó de improviso, sin que nadie se explicara el porqué. De acuerdo al diseño del guión, la historia de Urania adulta aporta el costado dramático -o melodramático- al relato, y le da una dimensión psicológica e introspectiva a la película. Las otras dos líneas se desarrollan más de treinta años antes, en plena dictadura de Rafael Leonidas Trujillo. Una de ellas muestra la espera, al borde de un camino, del grupo de hombres que deciden acabar con el tirano. La otra, de nuevo retrospectiva, tiene como centro al todopoderoso Chivo, que manda y dispone sin adivinar que está en el ocaso. Las historias de Urania adolescente y de la preparación del magnicidio completan el cuadro.
Es decir, se alternan el melodrama, el thriller y el intento de trazar un panorama histórico. En el ensamblaje empiezan los problemas.
Los episodios de Urania mayor (Isabella Rossellini) son estrictamente discursivos, explicativos, funcionales. A pesar de la actriz, que aporta su compostura, Urania no tiene otra entidad que su papel de narradora incorporada a la ficción para ilustrarnos sobre el pasado del país y la maldad del Chivo. Se impone la oralidad, el conflicto pasa solo por la palabra, y la puesta en escena de esa larga reunión familiar no pasa del consabido plano de situación y el desglose de imágenes sobre los rostros compungidos o sorprendidos de los actores secundarios. El efecto final es de languidez dramática, de tensión disuelta, sobre todo después de haber visto la escena de la agresión del Chivo a la joven Urania.
La intriga criminal, que sigue la formación del grupo y la exposición de las causas del odio por el Chivo, así como la espera final para el asesinato, está filmada con limpieza, pero carece de pegada y convicción. La fiesta del Chivo no construye la mecánica de lo inevitable a la que apunta la historia y el concepto que tiene detrás: el crimen político contra un tirano se ejecuta como la conclusión de un destino. Los pasos de la acción y los procedimientos del suspenso están allí, diseñados como en un esquema, un storyboard o una maqueta, pero su trámite no nos involucra, se mantiene en el papel. Tal vez porque la narración carece de impulso; tal vez porque los conspiradores no dan la talla; tal vez porque la película no logra enredarnos en la trama impersonal de la violencia que arrastra a todos, aun a los justos o inocentes. Las secuencias de la trama criminal son además las menos verosímiles desde el punto de vista de la caracterización de los personajes. Los complotados lucen como rebeldes centroamericanos creados en un set de Hollywood, Pinewood o Cinecittá hablando un inglés convertido en el esperanto del cine que aspira a la distribución internacional.
Lo mejor de la película se mueve en torno de Tomás Milian, el actor que encarna a Trujillo. Salvo en un momento de descontrol y caricatura (la conversación que escucha por teléfono entre Magnolia y su esposo), Milian aporta matices a su encarnación del mal. Está muy bien en la secuencia de la fiesta y en la humillación a Viñas (Steven Bauer), pero sobre todo en la escena con Urania.
Llosa acierta en la secuencia del ultraje, que es la mejor de la película. No sólo gracias a Milian y a Stephanie Leonidas -que está bien en todas sus intervenciones- sino a la puesta en escena. El clima de la casa, los ambientes en que transcurre la acción, el uso del espejo al fondo, la fotografía sombría, el ritmo sosegado, los planos de larga duración, la inclinación de la cámara en un momento crucial, son elementos que crean un logrado tono de horror, repugnancia e indignación. En La fiesta del Chivo se extrañan más momentos de similar fuerza.
Ricardo Bedoya