La incertidumbre generada por humala llevó a algunos a darse cuenta de que andaban mal muchas más cosas estructurales de las que parecían. el riesgo es que, pasada la incertidumbre, creamos que se requieren solo ajustes
Es curioso. Ya no solo los inversionistas, cuya preferida era Lourdes Flores, ven con buenos ojos una segunda vuelta entre Ollanta Humala y Alan García. Tras la depresión inicial de los simpatizantes de la primera y de quienes votaron por ella solo para evitar una definición entre los otros dos, algunos empiezan a "considerar" que Flores no le habría podido ganar a Humala, que entonces García representa una opción de mayor estabilidad y que no es una tan mala alternativa.
Algo distinto es el caso de quienes optaron por el "voto a conciencia", quienes entre Flores y García votarían por la primera, que ahora tendrán que hacerlo por el segundo, pero que antes de reconocer que posiblemente se "equivocaron", buscan argumentos para convencerse de que García es una mejor opción de la que parecía.
¿Qué hay detrás de este "cambio de percepciones"? Deben haber muchas variables, y una de ellas es la necesidad de creer que todo va a estar bien. Y eso, ¿está mal?
Depende. Comenté esta percepción con Gonzalo Galdos, director de la escuela de post grado de la UPC, quien me explicó que desde siempre el hombre ha buscado minimizar o reducir la incertidumbre, y básicamente a través de dos procesos: tomando decisiones rápidas e intuitivas y luego tratando de ser consistente con ellas.
¿Cuándo surge el problema? Como en todo, en los extremos. La incertidumbre no es del todo mala, pues genera una ansiedad por actuar que también ha sido positiva siempre, pues es parte del impulso de la vida. Pero, mientras que la incertidumbre en exceso puede generar confusión, eliminarla, o mejor dicho, creer que ha sido eliminada, crea la falsa idea de tener el control de todo y el riesgo de caer en la autocomplacencia.
¿Qué tiene que ver esto con las elecciones? La incertidumbre generada por Humala llevó a algunos a "despertar" y darse cuenta de que no todo estaba tan bien como parecía o que andaban mal mucho más cosas estructurales de las que se creía. Pero el riesgo que volvemos a correr es que, una vez eliminada esa incertidumbre, si aquel pierde la elección y el ganador logra una concertación de fuerzas, creamos que es suficiente y volvamos a comprarnos el cuento de que el país requiere solo unos cuantos ajustes.
Hay quienes han advertido que no existe candidato que represente un verdadero cambio en el modelo, lo que debería discutirse si está bien o no. Pero lo que es claro es que se requieren cambios, rápidos, de fondo, con responsabilidad y que la gente los sienta.
No se podrá tapar el sol con un dedo, pero podemos taparnos los ojos con dos de ellos si no lo queremos ver (ni pretendemos comprometernos con las soluciones).
David Rivera del Aguila