Domingo, 18 de junio de 2006
Cine: El hijo del diablo y otros terrores
El descenso, La casa de los mil cuerpos y La profecía.

El cine de terror admite todos los cruces, fusiones y mestizajes. Desde los años sesenta, por lo menos, lo asaltan desde la ciencia-ficción (Alien, secuelas y epígonos), el filme criminal (los asesinos en serie que salen de los sueños y renacen de las cenizas), las películas de adolescentes (la serie de Scream; Aulas peligrosas -The Faculty-, de Robert Rodríguez), la parodia y el pastiche (El baile de los vampiros, de Polanski; El joven Frankenstein, de Mel Brooks; la serie de Scary Movie) y desde muchos otros frentes más. El terror, convertido en un gran manto genérico, se alimenta de esto y de aquello, con ingredientes de todas partes del mundo (el terror llegado del Asia es la sensación de estos días), se divide en mil vertientes y subgéneros y su texto básico se enriquece. El terror, la comedia, el melodrama, y ciertas modalidades del cine de acción y aventuras, son los géneros perdurables del cine, a diferencia del western y el musical, que se extinguieron con el "sistema de estudios".

El despertar del diablo, Hostal, El ojo 2, El aro 0, El grito, El descenso, La casa de los mil cuerpos, La profecía son algunos títulos de las películas de terror estrenadas en los últimos meses. Ninguna resulta especialmente destacada -con la excepción de la lograda El descenso-, pero juntas conforman un grupo atractivo, que dice bien del dinamismo y la imaginación de los cultores del horror. De la decepcionante Hostal tratamos en su momento. Hablemos ahora de El descenso, La casa de los mil cuerpos y La profecía.

El descenso, estrenada hace algunas semanas, pasó sin pena ni gloria por la cartelera. No pudimos comentarla a tiempo y destacar su capacidad para crear un clima de encierro a ratos notable. Es la historia de un grupo de mujeres que descienden hasta lo más profundo de unas cuevas naturales en Seattle. Una vez abajo se confrontan entre ellas y con unos abominables monstruos carnívoros que viven en la oscuridad. El director británico Neil Marshall hace un ejercicio de claustrofobia que mueve a la angustia y a la repugnancia a la vez.  Las situaciones de  acción, peligro, emoción, enfrentamiento y desesperada supervivencia, son filmadas por Marshall con sequedad, racionalidad, eficiencia. Sin pathos en la emoción ni complacencia en la violencia. Alguna sala cine debería reponer esta atractiva cinta, uno de los mejores estrenos en lo que va del año.

La casa de los mil cuerpos aún está cartelera, pero fue lanzada de cualquier forma y en pocos cines. La dirige el rockero Rob Zombie y es una mezcla delirante y carnavalesca de referencias al cine de horror de los años setenta e inicios de los ochenta. Para empezar, es una versión grotesca de Matanza sin igual (The Texas Chainsaw Massacre, de Tobe Hooper), una de las películas que diseñó el concepto mismo del cine "gore" (que grafica los más cuantiosos derramamientos de sangre) en su vertiente "slasher" (que prodiga hachazos y cuchilladas sobre jóvenes en plan de eterno relajo y búsqueda de parajes lejanos para consumir de todo con tranquilidad), y de allí salta a picotear a clásicos como Motel Hell, de Kevin Connor, o Cocodrilo, de Hooper. Además coloca en el reparto a dos personajes míticos de los setenta, el actor Sid Haig, rey de los filmes policiales y de acción más polvorosos de los setenta, y a Karen Black, la más neurótica de las actrices del cine norteamericano de esa época.

Hay una franja del público que rechaza cintas como La casa de los mil cuerpos, a causa de su violencia truculenta, hecha de mutilaciones y desmembramientos. Lástima, porque en esa exhibición de exageraciones el cine retoma su vieja y original vocación de espectáculo popular, emparentado con las funciones de los teatros del Grand Guignol y sus representaciones macabras y artificiosas. Son filmes que proponen recorridos como los del tren fantasma: sentimos los sacudones y luego sonreímos de nuestra capacidad para asquearnos o asustarnos con efectos artesanales de feria y espantajos de cartón piedra.          

Frente a la salvaje aspereza de La casa de los mil cuerpos, La profecía luce como lo que es: una operación de marketing dispuesta para llegar a tiempo y estrenarse en todo el mundo el 6-6-06. Acicalada, discreta, apegada al original, esta profecía es casi una copia al carbón de The Omen, la cinta con Gregory Peck y Lee Remick que Richard Donner dirigió en 1976.

La profecía sigue al pie de la letra la "trama de descubrimiento", típica del filme de horror tradicional: el monstruo (el demonio o su hijo) aparece en circunstancias misteriosas en un hospital romano; las primeras manifestaciones de su poderes son inquietantes (la fiesta de cumpleaños que termina en tragedia); un individuo descubre los indicios del desarreglo y la amenaza y advierte del peligro que corren sus más próximos; el "padre" se convence de la verdadera naturaleza del mal, pero antes debe vencer sus prejuicios, convicciones y apego a la lógica. El resultado del enfrentamiento final no lo vamos a contar, pero sí diremos que deja preparada la secuela.

Es la plantilla de siempre, lo que no importaría para nada si el tratamiento de lo usual tuviera algún apunte de originalidad. Pero no lo tiene. La profecía es plana, rutinaria, previsible por los cuatro costados. Por allí hay algún acierto en la sombreada fotografía y en la aparición sorpresiva del perro, más diabólico e impertinente que Luzbel. Divierte la aparición de Mia Farrow, convertida al satanismo desde que dio a luz al Bebe de Rosemary. Y punto. La profecía no es nula, pero es de una mediocridad rotunda.



Ricardo Bedoya



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