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Domingo, 13 de agosto de 2006
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| Historia: Dueño del mundo, cautivo del dolor |
Carlos V y la ciencia de hoy: Un equipo científico español ha descubierto que el gran monarca, en cuyos reinos "no se ponía el sol", padeció de una larga lista de terribles enfermedades que lo obligaron a renunciar al trono.
Carlos V de Alemania y I de España, (Gante, 1500 - Yuste, 1557), el gran emperador, es una de las figuras más notables de la historia de todos los tiempos. Soberano de gran parte de Europa, heredó también las Indias Occidentales, como se llamó primigeneamente al continente americano. Por esta circunstancia se podía decir, sin exageración, que "en sus dominios no se ponía el sol". Su figura dominó la política europea desde 1525 hasta 1556. Frente al mundo del Renacimiento y la Reforma se yergue Carlos V como arquetipo del ideal cosmopolita y ecuménico, muy impregnado de esencias medievales de la cristiandad.
Sus objetivos supremos fueron mantener la universalidad y unidad de la Iglesia - amenazada por el luteranismo - y la grandeza del imperio que heredó de sus mayores. Para ello tuvo que enfrentarse con todo el mundo occidental, con turcos y berberiscos. Entre victorias y derrotas, momentos de júbilo y de amargura, la salud de Carlos V se fue deteriorando hasta el punto que decidió abdicar dejando España y sus territorios ultramarinos en manos de su hijo, Felipe II, y sus otros dominios imperiales de Europa en las de su hermano Fernando. Hecho esto, en 1557, se retiró a una villa junto al monasterio de San Jerónimo de Yuste (Extremadura, España) donde falleció el 21 de setiembre de 1558.
Las enfermedades del Emperador
Hace pocos días ha tenido lugar un descubrimiento sensacional. Julián de Zuloeta, médico quien por más de 25 años ha investigado la malaria para la Organización Mundial de la Salud (OMS) en zonas tropicales; Pedro Alonso, también especialista en dicho enfermedad, y el patólogo Pedro L . Fernández, trabajando intensamente junto con un equipo de investigadores del Hospital Clínico de Barcelona, coordinado por Jaume Ordi, pudieron llegar a la conclusión de que Carlos V padeció de gota, en su forma más severa, y casi con seguridad de malaria, además de jaquecas, asma y hemorroides, como afirmó el médico e historiador Jerónimo de Moragas.
En qué forma han llegado a tan rotundas conclusiones los médicos del Hospital Clínico de Barcelona? Ellos han trabajado con los procedimientos de la paleopatología, una disciplina sumamente útil para los historiadores. Se trata de una rama de la patología que estudia las enfermedades padecidas en épocas pretéritas a base de los restos y testimonios que se conservan. El ya mencionado equipo de paleopatólogos trabajó, analizando con los métodos más modernos, la falange momificada del quinto dedo de una las manos del emperador Carlos V. Durante la revolución de 1868, que derrocó a la reina Isabel II, elementos del lumpen profanaron la tumba de Carlos V, en El Escorial, y le cercenaron una porción del dedo. La falange momificada llegó a manos del marqués de Miraflores, en setiembre de 1870, y en mayo de 1912 la entregó al rey Alfonso XII quien debió, a su vez, mandarla al Escorial en una urna.
El rey Juan Carlos I autorizó los análisis de esa porción del imperial dedo y lo primero que se hizo fue rehidratar los tejidos momificados. Una vez conseguido esto, se extrajo una biopsia. Ya las radiografías de la falange mostraban la erosión del hueso por los cristales de urea, propia de la gota. Estos cristales han sido estudiados con diferentes métodos para averiguar la composición de los mismos. Así se ha podido comprobar la extrema gravedad del artritismo imperial. La dolencia había destruido la articulación y se extendía a los tejidos blandos circundantes. El anciano, aunque plenamente lúcido doctor Julián de Zulueta, acostumbrado a identificar el parásito de la malaria en el microscopio, a su vez, está decidido a encontrar huellas de ese mal en el pequeño resto y en ello trabaja intensamente con excelentes resultados.
Los testimonios históricos
Los biógrafos de Carlos V mencionan que padecía de gota. Sus dolores debieron ser espantosos y se tuvo que fabricar una silla especial para transportarlo. El ácido úrico estaba copiosamente depositado en sus articulaciones. En una carta, fechada en 1532, el emperador describe a su hija María de Hungría uno de sus ataques de gota. Años más tarde, en 1553, ya no le puede escribir a su hijo, el futuro Felipe II, de su puño y letra. En el Corpus Documental de Carlos V, volumen dos, se describen sin lugar a dudas crisis de malaria, contraída en África. Quedaba aterido de frío para poco después sufrir fiebre altísima. Estos cuadros, al final de sus días, eran muy frecuentes. Su médico, Matisio, le prescribía sangrías, purgantes y, tal vez, el cólquico para la gota. Su cuerpo estaba cubierto de forúnculos y el asma lo ahogaba. Así, agobiado por los más crueles dolores, Carlos V expiró "atendido por su confesor y con el crucifijo en la mano".
Héctor López Martínez
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