Sábado, 31 de marzo de 2007
Iván y la Eva que nunca fue


VOCES. El boom del recuerdo no solo trae viejas canciones de los 60 y 70 a la radio, sino también a un locutor clásico del amor. Iván Márquez tiene 61 años, vivió épocas de oro en medios audiovisuales y ha vuelto con la mujer ideal que encandila a los enamorados sin tiempo.

Por Mayra Castillo
Sus ojos gatunos de niña pícara y su sonrisa de 18 años la volvieron un sueño clonado de Rocío Dúrcal. Ella era limeña y estaba de vacaciones en Arequipa. Iván Márquez recuerda aquel año 1965 con claridad: "Eran dos gotitas de agua y me vine enamorado, persiguiéndola, a la aventura". A los 20 años no pensó en cómo ubicarla después de ese verano ni en el trabajo que abandonaba en radio El Tiempo. No reparó en la soledad de una capital nublada. Sin padres, sin amigos. Amor en el aire, que nació del aire parecía cantar esa limeña con la dulzura de la española de moda, sin presagiar que estaba marcando un destino. No solo porque él nunca la encontró sino porque don Iván ha vivido al aire 40 años continuos, desde la época en que los locutores de radio no se morían por regalar 'canastibolsas' ni usaban el teléfono para gritar un eslogan destemplado.

En los vaivenes locos del dial peruano, don Iván se ha mantenido impasible y da una lección de elegancia y romance a prueba de antenas rotas. Ha vuelto del brazo de Eva, la compañera primigenia a la que dedica poesías y canciones en radio Felicidad. Esta emisora, junto con radio La Inolvidable, ha reavivado un sentimiento muy peruano: la nostalgia. No importa que no haya más iracundos uruguayos, pasteles y ángeles de colores, despeinadas chicas ye-yé y cantantes tristes con alma de payaso. Al volver mentalmente a los 60 y 70 no solo se activa la tristeza de lo perdido. También queda la dulzura de comprobar que nada volverá, que nuestra vida ha sido única.

DÍAS DE RADIO
Alguna vez fue tímido, flaco y de voz suave. En el colegio San Francisco de Asís de Arequipa, un Iván de 16 años prefería pasar los recreos cuadrando canciones de los 'long plays' que jugando una pichanga. "En cuarto de media leía textos para entretener a los escolares por los parlantes y ponía música", nos cuenta. Un aroma a rosa invade la pequeña cabina de radio Felicidad: Leonardo Favio está esperando a su amor (y llovía y llovía). Cuelgan tres micrófonos como las patas de una araña y reina una computadora. En ella se programan 16 canciones cada sesenta minutos y se mezclan piezas digitalizadas hasta por ocho horas seguidas, precisas para acompañarnos en una jornada laboral de ensueño. Un silencio de falso vinilo nos regresa a 1962. En aquellos días los controladores memorizaban el lugar preciso de un silencio de vinilo entre canciones. Cambiaban discos y, luego, caset. Acoplaban los comerciales, uno tras otro, en cintas que se pegaban a mano.

Aquel año descubrieron a Iván Márquez en un concurso de nuevas voces en Arequipa y el premio fue trabajar en radio El Tiempo. Todavía no tenía la voz grave y aterciopelada de hoy, pero ya estaba marcado por el romanticismo más severo. El amor frustrado de la chica que se parecía a la Dúrcal no fue la única canción triste de su discoteca íntima. Otra pasión vendría a lanzarlo al abismo cuando ya había alcanzado una gran meta: trabajar en Panamericana Radio con los ídolos Pepe Ludmir, Humberto Martínez Morosini y Pepe Carrasco. Ella se llamaba Cristina Arbelici, era argentina y cantaba de verdad. "Hice un primer programa luego de pasar un año solo como controlador. Pero apenas llegué a la décima edición. Renuncié y viajé a Buenos Aires, tras ella", comenta. Sonríe de lado al hablar de la ilusión que le reventaba el pecho y le cerraba los oídos a los consejos de Genaro Delgado Brandt, el patriarca de la radiodifusora. Cansado de insistir, el broadcaster lo dejó equivocarse en vez de frustrar su salida al mundo. También le dejó la puerta entreabierta de la empresa, por si decidía volver.

En Argentina los peruanos eran pedidos en radio por su dejo neutral, pero conseguir empleo se volvió una odisea en tiempos de rigidez migratoria. "Acá cualquier argentino viene y trabaja, en cambio allá yo debía pasar un año para tener residencia y recién laborar. Era imposible, no duraba en ningún lado". Fueron las épocas más negras de su vida. Lejos del Perú, llegó a trabajar como asistente de artistas, a los que llevaba y traía de un lado para otro. Vivía en hoteles sencillos y aún así el dinero parecía una canción mal afinada en su vida.

Pepe Ludmir se enteró de su situación y junto con Genaro padre le enviaron un ticket de regreso a Lima. Ese interés hizo de don Iván la persona más agradecida de Panamericana. No le importó regresar y no tener un solo programa. No le importó volver y ganar mucho menos de lo que percibía antes de irse. Lo castigaron, pero no le dolía. Tenía bastante con su propio arrepentimiento: el de haber cortado sus propias alas.

EVA Y ÉL
A fines de los 60 la radio peruana se abría a nuevas formas de cantarle al amor. Las melodías instrumentales, los boleros y la música criolla ya no bastaban. Palito Ortega y su corazón contento ponían a bailar a las chicas ye-yé. Américo Modugno tenía un deseo atormentado con dejo italiano. Julio Iglesias vibraba con suave voz por Wendoline y por Natalí. Nicola de Bari se creía el último romántico, pero Nino Bravo gritaba a los cuatro vientos que amaba a Noelia. Y mientras el amor no necesitaba de videos musicales, don Iván ingresó al noticiero "El Panamericano" como locutor volante. En pantalla también hacía presentaciones, cierres de programa y algunos comerciales. Pero su corazón se había quedado enamorado de la radio. Ese gran escenario que levantábamos a voluntad en nuestras mentes. "La radio hace soñar a la gente. La TV es pura imagen, no hay lugar para la creatividad", comenta.

Esa chatura la experimentó en carne propia y fue dolorosa. No ser un galán de telenovela (ojo, no de radionovela) le impidió continuar ante las cámaras y, cuando el gerente que no lo quería en pantalla renunció, alguien le advirtió que ya estaba muy viejo para volver. "Muchos años después me sometí a una cirugía plástica, en 1996, pero ni así me aceptaron". Si la amargura no le ha quitado notas a la sinfonía de su vida es porque, en paralelo, su carrera sí avanzaba. Cuando se hizo gerente de programación pudo ingresar de nuevo a una cabina radial. Volver al aire y respirarlo, ancho y profundo. Tenía claro que los programas románticos solo ponían música en inglés, idioma que en los 70 todavía no permitía cantarle al amor con fluidez. "Y los locutores improvisaban sus líneas, eso se notaba de lejos", agrega.

Así, Eva nació castiza y enamorada, en junio de 1975. Sin un solo corte de costilla. Se gestó en el ansia perfeccionista de un Adán soñador y melómano. La musa de Iván Márquez creció comprensiva, tierna, a veces caprichosa y otras delicadamente melancólica. Él dice, básicamente, que Eva es una mujer que se deja querer, incapaz de decepcionar. "Eso sí, es muy absorbente. A veces le tengo miedo, porque toma demasiado de mi tiempo", dice el presentador.

El programa "Eva y yo" se convirtió rápidamente en el favorito de los románticos y duró 10 años de manera ininterrumpida en Panamericana. Minutos imborrables en que José José pasa de gavilán a ser mansa paloma. Y si Camilo Sesto necesita saber si quieres ser su amante, Roberto Carlos prefiere la alegría de amar al ser tu edredón de seda. Silvana di Lorenzo despide a su esposo entre lágrimas y Rocío Jurado habla de un estúpido engreído, egoísta y caprichoso. A Mocedades un amor de hombre le hace sonreír y José Feliciano borra un beso traicionero con una copa rota. "Nunca tuve conciencia de la huella de Eva hasta que se acabó el programa, en 1985".

Los oyentes conocían muy poco a Iván Marquez pero reconocían su voz al instante. Apenas detectaban la gravedad de su timbre, le preguntaban por Eva. A ella la habían vuelto humana gracias al poder de la imaginación. Solo él, creador de aquella exquisita fantasía, sabía que era más fácil recrear un amor ideal que tenerlo en casa. Se casó dos veces en aquella década y terminó dos veces divorciado. Su hija única le ha dado dos nietas --Amy y Amber-- a las que lleva más cerca del corazón que de la cabeza. "Solo las conozco por foto, aún no he podido visitarlas en Estados Unidos", añade. Muchas mujeres en su vida, pero ahora está solo y su única distracción es fugar a Arequipa para caminar por las calles adoquinadas y tomar un queso helado. Estar solo, para él, no significa una tristeza. A don Iván lo acompaña el susurro imaginario de los amantes que bailan una balada.

En la década de los 90 Eva volvió resucitó solo una vez (en Radio 1160). Y su inseparable pareja explotó su voz en off, aunque Panamericana TV cada vez más se alejaba de ser la empresa familiar que alguna vez conoció. "Cuando se delega una función a nuestra voz, es difícil narrar ciertas cosas.Leer el decreto que permitió a los militares expropiar el canal a los Delgado Parker, en 1971, fue uno de esos momentos", apunta. Don Iván admite que, a veces, se sintió utilizado. En especial cuando trataron de hacerlo aparecer en pantallas en el 2003, en plena disputa administrativa entre Schutz y Anchorena.

Felizmente (y para que valga la redundancia) radio Felicidad rescató al dúo para alegría de los adictos a la añoranza. "Eva y yo", el programa de los poemas y melodías de fuego, volvía para alegría de una audiencia cada vez más adicta a la nostalgia. No importa si se tarareó Puerto Mont en un bus, camino a la escuela, o si la pasión nació sentado frente al mar. Hay canciones que desatan ese espacio insondable de recuerdos color sepia. Porque también somos lo que oímos.





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