Lunes, 26 de marzo de 2007
Los hermanos Olaya


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TRAVESÍA. Son deportistas de toda la vida. Nadan, corren olas, corren maratones, hacen caminatas. A finales de febrero de este año decidieron unir Chorrillos con La Punta y lo lograron. Siete meses después, quisimos saber cuánto les había cambiado la vida. Los chicos siguen nadando...

Por Milagros Leiva Gálvez

Se prepararon un año para la travesía. Nadaron en la piscina, en el mar, corrieron. Una semana antes solo comieron carbohidratos: arroz, lentejas, fideos hasta el cansancio. Y tres días antes se hidrataron. Cinco litros de agua al día, para llegar preparados. Siguieron al pie de la letra las recomendaciones para deportes extremos, pero hubo una cosa que no calcularon: la preparación psicológica. El poder de la mente.

Después de escucharlos llegó la conclusión: soy una marmota. Ociosa, sedentaria, indisciplinada. ¿Cómo diablos hace una persona para nadar casi nueve horas seguidas? Fuerza, disciplina, constancia. No queda de otra. Estos chicos ya nadaron desde Chorrillos hasta Miraflores y luego hasta Magdalena, han unido Santa María con Embajadores y la isla San Lorenzo con La Punta. Pero un día decidieron emular a José Olaya y lanzaron la idea. ¡Chorrillos-La Punta! ¿A ver quién se apunta? Cuarenta nadadores levantaron la mano, solo arrancaron ocho. Después de la travesía comprobaron que fue imposible, absolutamente imposible que el héroe nadara toda la ruta; pero igual le rendirán homenaje, todos los años.

El 27 de febrero apareció la noticia de la victoria. Breve, en un apartado de las secciones deportivas. Rollin Buse y Harald Pattersen no llegaron al destino final, pero alentaron a sus amigos. Erick Figueroa nadó solo la mayor parte del tramo e impuso el récord: seis horas, diez minutos. Y la reconocida nadadora Aída Davis fue la única mujer inscrita que superó una crisis de dolor para llegar a la meta. Siete meses después, los muchachos siguen recordando los detalles de su batalla y reconociendo que después de ese día nunca más fueron los mismos. Aquí el relato de cuatro tiburones que saben que el poder está en la mente.

La Ruta Olaya la cubrí en seis horas diez minutos, salí arrugado y feliz porque no tuve calambres. Yo entreno para eso, para aguantar diez horas si es posible dentro del mar. A las dos horas de la travesía traté de disfrutar porque sabía que faltaba mucho. Trabajé mucho la cabeza por el tema de la resistencia. Porque llega un momento en que tienes que acostumbrarte a sentir el agua y el agua y el agua. Los músculos duelen y hay que motivarse, pensar en cosas buenas, disfrutar. Yo me encomiendo a Dios, siempre lo hago.

A mí me gustaría ser como Daniel Carpio, él ha sido el único peruano que ha logrado cruzar el Canal de la Mancha. Lo hizo tres veces. Hoy el récord es de siete horas, tres minutos y me gustaría batirlo, pero debo ser un tiburón. También me gustaría cruzar el Estrecho de Gibraltar. El asunto es ponerse metas y nadar. Yo soy un chico sano. No tomo, no fumo, duermo ocho horas mínimo y me acuesto máximo a las diez de la noche, porque al día siguiente debo levantarme a las cinco y media para entrenar. Así han sido todos mis días, desde que tengo 10 años.

Me gusta nadar, me hace feliz. Me causa placer el simple hecho de lograr la meta final. Me apasiona controlar mi cuerpo. Y me gusta nadar porque es un deporte individual. En la natación eres tú y tu esfuerzo. No dependes de nadie. Además hay que tener mucha fortaleza mental. Hay que aguantar el dolor y el cansancio. Todos los días. Yo nado de lunes a sábado, diez sesiones a la semana, cinco horas al día.

Me llamo Erick Figueroa, tengo 22 años. Soy nadador profesional.

En realidad yo nado por puro placer. Lo hago tres veces por semana, hace tres años. Correr tabla es lo que más me gusta, lo hago desde que tengo 8 años y siempre trato de aprovechar las olas. Un día me encontré con Daniel, mi compañero de colegio, y él me invitó a nadar desde Santa María hasta Embajadores. Me encantó. Nunca había nadado en el mar y decidí seguir.

Cuando surgió la idea de la Ruta Olaya, yo pensé que era cosa de locos. Pregunté varias veces y me decían que era imposible. Soy sincero: pensé que no iba a llegar. Me pareció interminable llegar hasta Magdalena, el mar estaba movido, el viento era fuerte como nunca y el sol me reventaba como no tienen idea. Después de tres horas seguía viendo la meta lejísimos y empecé a renegar, pensaba en todo lo que me faltaba.

Parábamos cada media hora y yo quería tocar el bote, pero no se podía. Comía plátano para evitar los calambres. Hasta que llegó un momento en que quise abandonar pero el orgullo no te deja, tus brazos reman por inercia y ya no sabes qué pensar. Yo había rezado ochocientos mil Padre Nuestro y quinientas mil Ave María. Pensaba en la naturaleza, en el sonido. Resolví los problemas de mi vida y me sentí cansando mentalmente. Allí comenzó mi lucha.

La parte más difícil fue cuando sentí un dolor en el pecho. Yo mismo me tranquilicé. No te queda otra que echarte porras a ti mismo, además piensas en la familia que te espera. La última hora es la peor, lo juro por Dios. Uno ve el muelle de La Punta, pero nunca se llega. Guardé la calma, supe que todo es mental.

Al principio seguía nadando porque ya no podía retroceder, pero luego me salió un poder increíble. Yo no sabía que tenía ese poder mental. Nunca pensé que podía aguantar tanto tiempo en el agua, que podía estar desde las ocho y media hasta casi las seis de la tarde nadando y nadando y nadando. Fue una satisfacción personal inmensa. Y voy a volver a intentarlo, pero estaré mejor preparado. Me estoy entrenando. Desde chico he sido así, me pongo una meta y llego por dignidad, por orgullo, por picón, qué sé yo. Con paciencia, con tiempo, todo se puede. Y ahora que sé más del tema me gustaría cruzar el Canal de la Mancha, el lago Titicaca, no sé. Cuando cierro los ojos y veo la cara de mi esposa, de mis hijos, de mi familia abrazándome y echándome porras me basta para ser feliz.

Me llamo Fernando Barco, tengo 36 años, soy administrador.

El día de la travesía yo venía de dos semanas de para. Había dejado de nadar por una lesión en el hombro. Comencé a nadar y en un momento me sentí mal porque no tenía conciencia de que debía acostumbrar mi cuerpo a esta jornada extrema de natación, me comí un plátano y medio chocolate y me descompuse. Se me hinchó la barriga y no me pasaba el dolor, los otros se alejaban y yo me sentía mal. Tomaba agua y seguía nadando, pero sentía náuseas. Después me entraron todos los dolores en el cuerpo, me dolía el hombro, el cuello, el codo. Todo me dolía. Todo. Y recién habían pasado tres horas. Seguí nadando hasta que llegamos a Magdalena y entonces el guía nos dijo: a partir de ahora comienza la etapa crítica, comienza el desafío con la mente.

Y fue en el segundo tramo cuando se me vino a la cabeza subirme al bote. Pero no podía hacer eso, no podía llegar a la meta en el bote, pensaba. No hay forma, era una vergüenza, una deshonra. Iban a estar mi esposa, mis hijos y eso me estresó. Faltaba mucho y estaba agotado. Es como la vida misma, uno se agota y se sube al bote. No se lo dije a nadie, pero estuve a punto de abandonar. Me entró angustia y sentí miedo. Miedo de verme en un mar tan inmenso, haciendo algo que no había imaginado hacer. Y tanto fue mi pánico que le dije a mi amigo del kayac que me acompañara. Le decía que me hablara. Me sentía sumamente solo y la mente me decía que no debía seguir, mi cuerpo luchaba con mi mente. Era una lucha increíble.

Cuando divisé el faro de la Escuela Naval de La Punta, ya había pasado seis horas. Y entonces comencé a repasar las cosas que había hecho en mi vida. Y me preguntaba por qué hacía esto. Ni los libros que he escrito, ni mi grado de magíster o de doctor, nada de nada tenía comparación. Sabía que estaba derrotando algo interno. A las seis horas ya sabía que llegaría a la meta y fue en esta tercera etapa que comencé a pensar solo y básicamente en Fiorella, mi esposa, que es parte de mi vida. Comencé a recordar cómo la había conocido, como habíamos crecido, en nuestros hijos, fue una cosa muy bonita. Pensaba y nadaba y pensaba y nadaba. Con Fiorella en mi mente me sentí fortalecido. Ella me ha ayudado e impulsado a hacer muchas cosas y ese día también lo hizo. Cuando toqué el muelle, la sensación fue indescriptible. No es felicidad, es totalmente distinto a cuando nació mi hija o cuando me casé, es una sensación distinta, sentí que absolutamente solo hice algo por mí mismo. Que no dejé que el demonio de la derrota me venciera.

Me llamo Enrique Varsi, tengo 42 años. Soy abogado.

Soy deportista de toda la vida y he ido cambiando de deportes constantemente. Corro tabla desde que tenía 13 años, he jugado fútbol y hubo un tiempo en que practiqué boxeo. Hice caza submarina un buen tiempo y luego lo dejé para meterme más en la natación. Comencé en la piscina y al principio no me gustaba, me parecía aburrido, pero luego comienzan las rutinas y te parece divertido.

Nadar en el mar es alucinante. Primero no tienes techo y no miras una línea negra, estás en un medio más libre, mucho más familiar, no hay cloro. Cuando nadas te analizas un montón porque tienes tiempo para pensar. Cuando yo termino un tema complicado, siempre digo al final: no era tan difícil. Esta vez salí y dije: esto sí era complicado.

Y la verdad es que yo no iba a nadar, la competencia era un 12 de febrero, pero yo estaba en el norte, me fui a correr olas, a descansar. La fecha la movieron para el 26 y yo llegué el 20, me animé. Ellos son mis amigos, con los que nado siempre y no tenía miedo, si te pones a pensar mucho no haces nada. Y fue durísimo, las tres primeras horas me dolió todo el cuerpo, pero cuando llegué a la isla de Magdalena, mi cuerpo cambió y comencé a nadar duro, con buen ritmo. Mis brazos y piernas parecían remos.

Un tema aparte es el bote. Es como tener al diablo al costado que te dice: ven, súbete, deja ya de nadar. Todo el tiempo te lo dice. Y es una lucha mental muy fuerte. Cuando el dolor pasó, solo pensaba en mi mujer y mis hijos que estaban esperándome, eso me motivó hasta el final.

El último tramo lo hice muy feliz. Estaba alegre. Me decían faltan dos horas y pasaban dos horas, y luego decían faltan dos horas más y así, pero ya no me importaba porque mi mente comenzó a gobernar y mi cuerpo se puso fuerte. Yo siempre he realizado deportes extremos, he caminado a Choquequirao y miren que es difícil, pero esto ha sido lo más exigente. Quizá lo hago para sentirme vivo, para escapar de la rutina, para cargar las baterías. Si consigues esto, puedes hacer cualquier cosa. Y si ahora me preguntan si lo haré el próximo año, digo que no, que me da pereza, pero seguro cuando llegue febrero, veré a mis amigos animados y también me inscribiré.

Una cosa sí tengo clara: el deporte te ordena la vida, te saca de los vicios, te concentra en ser mejor. Te da disciplina. Cuando terminé la Ruta Olaya yo estaba feliz. Me sentía el héroe nacional. Nadar casi nueve horas seguidas te hace distinto, de todas maneras. Y cuando lo cuento me sale la vanidad, no puedo negarlo. Ahora me siento así: fuerte, seguro de las cosas que puedo hacer. Las cosas parecen difíciles, pero el camino se hace caminando. Solo hay que intentarlo.

Me llamo Daniel Linares, tengo 36 años. Soy abogado.

Dos rutas famosas
4El Canal de la Mancha. Son 32 kilómetros los que separan a la ciudad inglesa de Dover de la localidad francesa de Calais.

4Estrecho de Gibraltar: canal marino que separa al continente africano del europeo. Los puntos más cercanos son desde Punta Oliveros (España) a Punta Cires (Marruecos) con una distancia de 16 km.





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