Entrevista. SILVIA GARCÍA

El ejemplo, la mejor herencia de los padres

Me fijé en alguien que pensé era el hombre de mi vida, junto a quien superaría todo obstáculo, pero me equivoqué

Por Antonio Orjeda

Afuera, en la calle, en toda Lima, el frío ha comenzado a arreciar. Dentro, en la casa de Silvia García, todo es calor. No, no se debe al fuego de su cocina, en la que cada mañana prepara las humitas, tamales y demás potajes que --a pie-- después sale a vender, sino al punche, al entusiasmo con ella, sus tres hijos y sus maltrechos padres enfrentan el nuevo día.

David, el mayor, nació con autismo severo. Cada mañana, tras dejarlo en el Centro Ann Sullivan, Silvia comienza a vender. Lo recoge por la tarde. Entonces son sus padres los que toman la posta. Ella no debería caminar. "Las obligaciones son primero, los dolores se quedan atrás", afirma esta mujer cuya empresa es vencer la adversidad.

David nació cuando usted tenía 27 años. ¿A qué se dedicaba?
Yo me inicié en el negocio ambulatorio a los 12 años, ayudando a mi mamá, en Breña. Empezamos haciendo tejidos --chompas, roponcitos-- que vendíamos en el suelo. Después incrementamos nuestro negocito con alhajas de fantasía y chaquiras que yo hacía. Todo iba bien, pero me comenzó a fallar la vista. Pensé que con usar lentes solucionaba mi problema, pero me dijeron que tenía que operarme.

Y no tenían dinero para eso.
No tenía, y las operaciones eran carísimas. Opté por independizarme: mis padres se quedaron con los tejidos, y yo busqué trabajo en una dulcería. Ahí estuve tres años. Aprendí a hacer de todo.

¿Cómo llegó a las humitas?
A raíz de la enfermedad de mi padre, cuando tenía 19 años. El negocio de los tejidos ya no salía; y con mi mamá nos dedicamos a hacer humitas y tamales.

La llegada de un hijo le cambia la vida a uno. El suyo, David, nació con autismo severo. ¿Cuánto más cambió eso su vida?
La cambió en todo. Cuando ya nos estábamos levantando --e incluso habíamos visto un terreno para comprar con mis padres-- me fijé en alguien que pensé era el hombre de mi vida. Pensé que juntos iríamos a superar todos los obstáculos, pero me equivoqué.

Al año siguiente nació Manuel y su pareja los abandonó.
Nació Manuel y todavía no sabíamos lo que tenía David. Todo el mundo me decía: actúa así por engreimiento. Fui al doctor y en la clínica San Juan de Dios me dieron el resultado. Me dijeron que era irreversible, que el autismo no tenía cura. David no fijaba su mirada en nada, no reconocía su nombre, no se sostenía como los otros niños. Para mí fue chocante. Tenía dos niños, incluso pensé que el otro también era así. Seguí los consejos que me dieron en la clínica, pero en mi interior, algo había muerto... Y dos días después, el papá de mis hijos me dijo: hasta aquí nomás. Mi mamá --de quien yo me siento muy orgullosa-- me dijo que no me preocupase. Mi papá me contó que antes de que naciese David había soñado con mucho oro, y que sus sueños no se equivocaban; que siguiera con mis dos niños, ¡que íbamos a salir de esto!

Vendiendo humitas y tamales ha sacado adelante a sus hijos.
Pese a que se cruzaron mil ideas por mi cabeza, porque lo que siguió fue muy difícil... Uno piensa hasta en acabar con todo.

¿Qué significa eso?
Terminar con uno mismo porque, ¿cuál es el sueño de toda mujer? Formar un hogar. Pero no resultó. Pero la asistenta social me habló de un lugar al que podía ir.

El Centro Ann Sullivan.
No lo pensé dos veces y fui, y la primera persona que me recibió fue la doctora Liliana (Mayo).

Un ángel.
¡Es un ángel! Es mi segunda madre. Por ella, ahora puedo decir que cuando uno pasa por una prueba ¡es por algo!

Yo pasé por una prueba, y ahora sí me siento orgullosa. De no haber conocido el centro no habría aprendido a salir adelante. La doctora Liliana nos da coraje para salir adelante; y ahora, este orgullo que siento, se lo debo a mi hijo. Gracias a David conocí ese centro.

David ya tiene 17 años, está aprendiendo a leer...
¡Ya lee! Ha aprendido con la guía telefónica, le enseñaron sus hermanos. Tiene su cuaderno, toma dictados, ya contesta preguntas...

Y está siendo entrenado en tareas de limpieza para que el próximo año empiece ya a trabajar.
Está practicando en Kentucky Fried Chicken, en el comedor del Centro Ann Sullivan, ¡en todo lugar donde le den la oportunidad!

En casa, además, es él quien la ayuda a moler el maíz con que hace las humitas y los tamales.
¡Ese fue otro episodio! Hubo un tiempo en que estaba inutilizada: no podía caminar. Pero no hay mal que por bien no venga. Por ejemplo: hace tres años, mi mamá estuvo muy mal. Jamás la habíamos visto en cama, con suero. David no quería verla así. Para él, su abuelita era una persona activa. Le quitó el suero. Camina, camina, le decía. Vamos, vamos. Trabajar, trabajar... Para mí, esa fue una señal: David se da cuenta. A partir de entonces, a diferencia de antes, que no le participaba nada --que le disfrazaba las cosas--, comencé a hablarle claro: estoy triste, tenemos este problema, quiero tu ayuda.

En paralelo, Flor, su última hija, que aún está en el colegio, vende ganchos y le repasa la lección a sus amigas a cambio de dinero que ella aporta a la casa. Está claro: a ustedes, la adversidad ¡no las va a vencer!
No. A través de mis actos, yo estoy imitando lo que hizo mi mamá; y ahora, quien está tomando la batuta, es mi hija.

Su empresa es dar batalla.
Sí, ¡porque todo se puede superar! Pero con esfuerzo.

En vista de que la venta de humitas y tamales no les da lo suficiente, también reciclan.
Sí, empecé con botellas, ahora estoy captando cartón, papeles, periódicos, vidrio. Antes decía: vidrios no porque pesan y yo estoy mal. Ya no, ahora cargo con todo, porque necesito el dinero.

Pero usted está mal de los riñones, no puede cargar peso, ¡no debería caminar tanto! ¿En qué momento se va a preocupar por usted?
Yo he aprendido a decir: este dolor va a pasar, así que tomo mis calmantes y sigo. Además, esto será así uno, dos años más, hasta que pueda cumplir mi sueño, que es tener mi puesto: para sentarme y trabajar ahí. Pero primero mi niña tiene que terminar su colegio, tiene que prepararse. Yo no le tengo miedo a la enfermedad. Hasta hace tres años, sí: le tenía miedo. Ya no. Ahora veo los resultados positivos en mis hijos: en David, Manuel y Flor. Ellos me dan el valor para seguir. Eso lo aprendí en el centro (Ann Sullivan) y yo no los puedo defraudar, ni a mi doctora ni a mis especialistas ¡ni a mí misma! ¡Yo tengo que demostrar que puedo! Si no, ¿cómo les voy a exigir a mis hijos?

Precisamente, en un centro tan admirable como el Ann Sullivan, todos la admiran a usted, dicen que es su mamá coraje.
Bueno... todas las mamás que tenemos un hijo con habilidades diferentes, ¡somos mamás coraje! ¿Por qué? Porque a través de ellos aprendemos a seguir adelante. Hoy todos los que no creyeron en mi David se quedan sorprendidos; y fue gracias a mi enfermedad que me di cuenta de que mi David podía hacer tantas cosas: él me carga los pesos, me muele parejitos los seis kilos de choclo. Él me enseña, él me ha demostrado que la persistencia rinde resultados, y ahí estamos, ¡saliendo!

La Silvia que años atrás quería tirar la toalla ha desaparecido.
Más bien me avergüenzo. Ahora lo sé: ¡todo está en uno! El aspecto emocional influye mucho, porque a uno le pasa con la mercadería: a veces das vueltas ¡y no vendes nada! Pero hay que tener confianza. Yo digo: voy a venderlo todo; y me doy otra vuelta, o cambio de camino, ¡y se acaba!

Si sus platos son tan ricos como el champús que me ha invitado, entiendo por qué lo vende todo.
También es por la economía: hay quienes me llaman La Señora de a Sol, ¡porque todo lo vendo a sol! Además, otra cosa que aprendí de mi madre es que, como en las galerías no permiten el comercio ambulatorio, y para no competir con los restaurantes, yo ofrezco comida típica: que no hay. Así, cuando me quieren botar, yo les explico que no le hago la competencia a nadie, porque picante de yuyo ¡nadie vende!

¿Picante de yuyo?
Se hace con un alga que crece en los ríos de la sierra, hay que lavarla bien, le pones su papita, su aderecito, y con su canchita, es un plato típico.

Y queda buenazo.
¡Es buenazo! Y no lo digo yo porque lo venda, es nutritivo; igual que el picante de trigo, el chuño y mis tamales y mis humitas.

O sea que, contra Silvia y sus hijos, ¡nadie puede!
No. Ahí estamos, dándole, ¡saliendo siempre a batallar!

LA FICHA
Nombre:
Silvia García Arotinco.
Colegio: La primaria en el Parque Orquídea y, la secundaria, en el Elvira García y García, ambos en Pueblo Libre.
Estudios: "Mi sueño era seguir estudiando, pero tenía problemas con la vista, y como había problemas económicos en casa, no pude hacer nada más".
Edad: 44 años.
Cargo: Vendedora ambulante y recicladora.