Su último recurso para evadir a la justicia

El nuevo cuento de Fujimori

Por Ronald Gamarra, Ex procurador

Tras el informe de la fiscal Maldonado, que aconseja su extradición, Fujimori ha comprendido que la partida jurídica está perdida en tierra mapocha. Por ello, politiza la extradición y pretende alcanzar la protección oficial de Japón. Con la complicidad del Kokumin Shinto y el líder de ese diminuto partido, ha formalizado su candidatura al Senado nipón. Para Fujimori ese es el último recurso: el soñado salvavidas del Imperio del Sol Naciente. Más allá de él, solo le espera una prisión en el Perú.

Claro que el 'Chino' no las tiene todas consigo. Para empezar, la justicia chilena parece encaminada a conceder la extradición --con senaduría japonesa o sin ella--; Fujimori es un desconocido para el elector promedio; los diarios nipones serios no se ocupan de él; el partido que lo cobija carece de mayor representatividad; su candidatura ha sido lanzada en un 'seminario' deslucido, interrumpido por el tráfico tokiota y por la bulla citadina; y, finalmente, los ciudadanos japoneses --más preocupados por los escándalos de corrupción que comprometen al anterior y al actual ministro de Agricultura, la crisis de las pensiones públicas así como por la dimisión del ministro de Defensa tras justificar el lanzamiento de las bombas nucleares por parte de Estados Unidos en Hiroshima y Nagasaki-- no están entusiasmados siquiera con el proceso electoral en general. En esas condiciones, salvo el Yukan Fuji (algo así como la yuca de Fujimori), nadie le concede reales posibilidades de ganar un escaño en la Dieta.

Ahora bien, Shizuka Kamei ha presentado a Fujimori como un samurái. Como su samurái, se entiende. El prófugo, ¿guerrero? Ni por asomo, error o biografía. Puro cuento.

Fujimori no conoce el código del bushido: honestidad, coraje, lealtad y honor hasta la muerte; pero aplica por entero al Código Penal. Carece de las virtudes que acompañan al samurái, mas le sobra la maña propia del corrupto, la alevosía del victimario y la infamia del felón. A diferencia de los samuráis, el extraditable no está cerca de Buda y Confucio, pero se aproxima a paso firme a San Jorge o a Sarita Colonia.

La palabra del samurái era sagrada; Fujimori no tiene palabra: "Eee, el Chino va a volver". Los antiguos guerreros llevaban una vida sencilla; el extraditable es aficionado al Marriot, a Chicureo y a la vida muelle. El samurái era fieramente fiel a los suyos, el chino los abandona una y otra vez, apenas huele el peligro. Un samurái tenía valor heroico; a Fujimori lo turba la mano firme de la fiscal Maldonado, un día entre rejas y el vuelo de una mosca.

El antiguo guerrero japonés enfrentó personalmente a sus oponentes; Fujimori apadrinó a Montesinos y los asesinos del grupo Colina, a los que lanzó contra los inocentes estudiantes de La Cantuta. El samurái se vistió de kimono y fundoshi; el fugitivo se disfrazó de demócrata y 'perulero'. El capullo de cerezo fue el emblema del samurái; Fujimori no tiene emblema... solo yuca y bacalao.

Fujimori nunca será un samurái. Le falta todo, le sobra todo. El samurái solitario que honró el código del bushido fue, en verdad, un mito. Fujimori es un fraude. La era Meiji acabó con el samurái; el deshonor y la cobardía fulminan a Fujimori.

Pese a todo, el día de ayer el ex presidente peruano se ha presentado como el guerrero custodio de la seguridad interna y externa del archipiélago, prometiendo "dar la vida" por Japón, resolver los antiguos problemas con Corea del Norte (crisis nuclear y secuestro de ciudadanos por Pyongyang) y construir una sociedad segura y pacífica. Es decir, otra vez, ha ofrecido yuca y bacalao.