A pesar de la confianza de Quispe, la imagen de improvisación que deja esta situación sencillamente aterra
Por Pedro Ortiz Bisso
Uno de los principales destinatarios de la artillería de críticas que desplegó el segundo alanismo en cuanto se estrenó en el poder fue don Farid Matuk. El aluvión de epítetos que recibió el censo que dirigiera en el 2005 fue descomunal. El presidente García llegó a calificarlo de "estafa", seguido de otros adjetivos que algunos ministros de Estado aderezaron a su gusto al momento de referirse a dicho trabajo.
Cuando Renán Quispe asumió la jefatura del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), se anunció la realización de un nuevo censo en el que se utilizaría una metodología tradicional. El acopio de datos se realizaría en un solo día y ya no a lo largo de varios como ocurriera en el anterior.
Pero como sucediera con los patrulleros y las ambulancias, y otros tantos anuncios rimbombantes con los que el Gobierno suele acaparar la atención mediática, el nuevo censo corre grave peligro. Al momento en que usted lee estas líneas, es decir, a exactamente una semana de su realización, habría serios inconvenientes para alcanzar el número de empadronadores requerido. Hasta el último martes faltaba captar el 70% de encuestadores, a los que, además, había que capacitarlos a fin de que realizaran correctamente su trabajo.
Aunque Quispe ha manifestado en reiteradas ocasiones su "confianza" en que se alcanzará el número solicitado --al parecer mañana se haría ese anuncio--, la imagen de improvisación que deja esta situación sencillamente aterra. No es motivo del presente artículo señalar si fue acertado desechar el censo anterior, pero si el Gobierno decidió hacer uno nuevo, mucho más ambicioso, es lógico suponer que debió tomar todas las previsiones, entre ellas la de reclutar con anticipación a un ejército de empadronadores para que pudiera estar adecuadamente capacitado.
Los censos permiten que un país conozca no solo cuántos habitantes tiene, sino también en qué condiciones viven, cuál es su nivel de educación, el grado de sus necesidades, entre otra información importante que sirve para mejorar la planificación y orientar las inversiones. En suma, es un instrumento invaluable que no podemos darnos el lujo de desperdiciar. Con los números no se juega.