Rincón del autor
Por Beatriz Boza
En la antigüedad era costumbre de reyes y gobernantes matar al mensajero que traía malas noticias. En Grecia y Roma se continuó con esta tradición y cuando se quería subrayar la disconformidad, se devolvía la cabeza del mensajero. Hoy, claramente, veríamos esto como una práctica barbárica y nadie en su sano juicio --salvo que pertenezca a un grupo fundamentalista-- aspiraría a perder la vida por ser mensajeros. En todo caso, el sistema de incentivos sería claro: "no des malas noticias" y algunos pragmáticos aconsejarían que no solo debes callar, sino incluso decirle al poderoso lo que quiere oír. La cultura del ayayero tan propia de nuestro medio, hace gala de ello.
Insistir en un cambio del Gabinete y de ministros cuando parece que "las cosas no funcionan" es como entregar la cabeza del mensajero para comenzar con uno nuevo, echándole todas las culpas al anterior. En nuestra política estamos acostumbrados a ello, olvidándonos de que como sociedad perdemos continuidad y, sobre todo, la posibilidad de mejorar y avanzar. Un cambio súbito de ministros o de la cabeza de una entidad le quita potencia y efectividad a la gestión de la organización porque, como es natural, sus gerentes en cargos de confianza y demás personas de la entidad entran en compás de espera para dilucidar qué política se seguirá y sobre todo si cada uno de ellos continuará en su puesto.
Pero más allá de afectar la continuidad de la gestión, tan necesaria para cosechar resultados, el entregar la 'cabeza del mensajero' nos impide aprender, evaluar, corregir y mejorar. Cada vez que castigamos el error desincentivamos el aprender de ellos. Es humano equivocarse y propio de nuestra naturaleza imperfecta no controlarlo todo. Lo único que uno puede garantizar es su esfuerzo personal, dedicación e integridad, pues salvo que uno sea artista, los resultados muchas veces dependen de terceros, especialmente cuando se trata de temas públicos. Si ante el más mínimo retraso o equivocación aplicamos la sanción máxima de la expulsión nadie tendrá incentivos para reconocer que se equivocó, para contarlo y así permitir que la organización aprenda y pueda mejorar. Parte de la madurez institucional que requiere el país consiste en evaluar sin apasionamientos coyunturales los logros y pasivos de los ministros con visión de largo plazo. Tienen logros en su haber y también pasivos, en algunos casos grandes pero lo importante es que la gestión continúe mejorándose. Como sociedad debemos aprender a cultivar la paciencia y a dejar de 'tirar dedo' para buscar en el otro todas las faltas y culpas que profesamos a diario. Ello no significa pasividad o complacencia sino madurez ciudadana que premia y castiga por igual. Tenemos la oportunidad histórica de construir el largo plazo. No vaya a ser que por matar a los mensajeros perdamos la velocidad que esa historia demanda hoy.