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Póngale usted nombre a la obra

¿De qué sirve el recorte de aranceles para los libros importados si permanece el desprecio al producto intelectual?

Por Gustavo Rodríguez. Escritor y comunicador*

Es el 2001 y he viajado a Trujillo para presentar mi primera novela, "La furia de Aquiles". Tras la ceremonia se me acerca Alberto, un amigo de la infancia. Me pongo nervioso y también contento. Nervioso, porque nuestra adolescencia tuvo asuntos sin resolver, los mismos que intenté procesar al crear en la novela un personaje basado en él. Y contento porque, por lo menos, camina hacia mí con un ademán amistoso. Nos abrazamos, y los nervios pasan. De pronto me extiende un ejemplar de la novela. Quiere que se lo firme. Tomo el libro y noto algo raro en su portada: es pirata. No puede ser. ¿El amigo que tanto he mitificado ha comprado un ejemplar mío que es pirata? ¿Es esa la mejor forma de celebrar una amistad reconquistada? Me guardo lo que pienso porque temo avergonzarlo. Lo firmo igual. Lo importante es que podemos continuar nuestra amistad.

Segundo acto.

Adriana Doig es una mujer por la que hay que sacarse el sombrero. Aunque, en el momento que voy a describir, yo aún no lo sé. Está esperando pacientemente a Mario Vargas Llosa en los bastidores de un canal de televisión, aquí, en Lima. Ha viajado toda la noche en bus, desde Trujillo, para convencerlo de que participe en la primera Feria del Libro que organiza en esa ciudad. Su plan es ambicioso: aparte de acercar la lectura a la gente en la plazuela El Recreo, quiere llenar la inmensa explanada mochica del Sol y de la Luna con gente interesada en escuchar a nuestro escritor. Le deseo éxito y me retiro. Con los años ha logrado mucho más que llenar esa explanada: la feria que organiza es hoy un referente de la cultura nacional.

Tercer acto.

Adriana Doig está considerando traspasar La Adriática, la librería que tiene en Trujillo.

No puede ser, me digo. Esa librería es un símbolo del emprendimiento cultural. Pero pronto me entero del motivo: no puede competir contra librerías formalmente instaladas en los alrededores ¡que venden ejemplares piratas en sus vidrieras! Ahora caigo: lo más probable es que mi buen amigo Alberto haya entrado a una librería formal de Trujillo y que haya comprado aquel libro pirata de buena fe. Pero no solo me doy cuenta de eso. Otra vez soy testigo de que el Estado se las arregla para resguardar los intereses de quienes extraen materia prima de nuestro suelo, pero no hace un carajo para proteger a quienes extraen de sus mentes el tipo de bien que hace poderosas a las naciones: las ideas. Al contrario: se les aplana.

¿Será posible que nuestro Estado dé, a través de las municipalidades, una licencia formal para que se les robe a los creadores peruanos? ¿De qué sirve el celebrado corte de aranceles para los libros importados si de fondo permanece el verdadero problema: el desprecio al producto intelectual?

Mientras el Estado no promueva con seriedad una verdadera alianza político-policial-marketera contra la piratería, esta obrita en tres actos estará condenada a llevar la estupidez rondando su nombre.

* www.toronja.com.pe

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