Jorge Tazza de la Cruz es un ermitaño por horas. En el día se refugia en una cueva donde dice curar a enfermos por orden de un cerro
Por Raúl Mayo Filio
Está sentado a cincuenta metros de la falda de una enorme colina. Viste con ropa oscura y lleva un sombrero. Jorge Tazza de la Cruz (54) mastica coca, bebe algunos tragos de aguardiente y muy concentrado levanta por momentos la mirada y la dirige a la gran loma.
"Está conversando con el cerro", comenta en voz baja una de las veinte personas que esperan diez metros más lejos, en su mayoría campesinos.
El enigmático personaje vive durante todo el día en una pequeña cueva y solo se dirige a su casa cuando cae la noche. Asegura que ha sido adoptado por un cerro y que allí debe permanecer hasta que alguien asuma su papel como guardián de la montaña.
Desde hace 34 años se dirige muy temprano hacia la cueva. Esta es pequeña, tanto que se debe ingresar agachado, pero ya dentro sus entrañas pueden albergar hasta ocho personas sentadas.
El cerro se llama Tayta Mayo (Hombre Río) y está ubicado en el paraje Huanuquillo. Esta zona es dominada por una quebrada rodeada de inmensas colinas y entre ellas nace un manantial de aguas cristalinas. Está situado en el anexo de Santa Rosa de Tistes, a seis kilómetros del distrito de Chambará, provincia de Concepción.
Llegar hasta este lugar no es fácil. Se tiene que recorrer unos 30 kilómetros, desde Huancayo hasta el distrito de Chambará, por una carretera angosta y peligrosa por las curvas. Luego se asciende por un empinado camino carretero hasta el anexo de Santa Rosa de Tistes. Para llegar al cerro y la cueva se tiene que recorrer a pie otros cinco kilómetros bajando y subiendo colinas donde rocas de extrañas formas parecen querer devorarlo todo.
EL ADOPTADO
En su lugar favorito, a 50 metros al pie del cerro, Jorge Tazza se arrodilla y ofrece su oración de costumbre en quechua. Luego invita a sus visitantes a que se sienten a su alrededor y les reparte hoja de coca, cigarros y aguardiente, para que chacchen y fumen como él. Luego los atiende y va preguntando al cerro sobre los distintos problemas que tiene cada uno de ellos.
Jorge asegura que el cerro le contesta también en quechua y le instruye la forma en que será curado el enfermo. "No tengo poderes para sanar, el cerro lo hace, yo tan solo converso con él que me contesta con ecos y me dice qué es lo que se debe hacer para curar", asegura.
Por el permanente masticar coca y beber aguardiente, Jorge tiene los ojos rojos, su cuerpo se estremece al hablar, sus manos y pies le tiemblan cuando se para o camina de un lado a otro; pero se siente feliz, dice, porque en los 34 años de curandero se ha ganado el respeto de los pobladores pues ha logrado recuperar a enfermos que han sido desahuciados por la medicina.
SUS INICIOS
Jorge recuerda que aprendió a curar desde muy joven, trabajando como ayudante de Carlos Mayta quien falleció hace veinte años. Mayta era el más famoso curandero y decía haber sido adoptado por el cerro Llacuari, también ubicado en el distrito de Chambará. "Él me dijo que tenía que seguir con la tradición porque ya estaba anciano y había hallado gran fortaleza. Por eso me presentaría a otro cerro", asevera.
"Días después Carlos Mayta me trajo hasta aquí y le habló al cerro diciéndole: "Vengo hasta aquí para entregarte a quien seguirá mis pasos". Desde aquel momento quedé adoptado, afirma muy convencido".
A pesar de su relación con el cerro, Jorge se ha dado tiempo de formar una familia, tiene esposa y siete hijos.
Entre sus vástagos ha escogido al menor de ellos, un adolescente estudiante de secundaria, para que lo suceda en el cuidado y vigilancia de los cerros. Alberto, el nuevo escogido, pronto seguirá con la tradición tal como lo hicieron Carlos, Jorge y sus ancestros.