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La civilización de las piedras

ENCANTOS. A cuatro horas de la capital de Huancavelica está el bosque de piedras de Huayanay. Este fue el pueblo que se hizo conocido en 1974 por ser la versión peruana de Fuenteovejuna. El bosque es famoso por ser la tierra del pishtaco y de los danzantes de tijeras

Por Miguel Ángel Cárdenas

Aquí se percibe la paradoja de los astros. Por las noches, el viajero --aventurero o perdido-- puede sentir el olor del sol en cada una de las piedras de este paisaje lunar. Al día siguiente, con el sol matando a quemarropa, el viajero --buscador o condenado-- no se puede quitar de la piel el olor a luna que le dejaron las piedras.

En el cómplice bosque de piedras de Huayanay la luna y el sol extravían aromas. Y eso lo saben los más inclementes danzantes de tijeras de Huancavelica que llegan aquí en Navidad y en Año Nuevo para llamar a las sombras de la naturaleza. De su aura mítica conocen también los pobladores de la autodenominada nación Chop-cca, sobre todo Ángelo Dámaso, el teniente alcalde de Ccasapata, que advierte: "No vayan solos; a partir de las cinco de la tarde, esa es la tierra del pishtaco, del nacaq".

Y lo entiende Antonio Yalo Raymundo, uno de los veinte y tantos solitarios campesinos que levantaron sus casas de roca y sus agrestes chacras en medio del bosque. Y quien a las cinco y media de la tarde del sábado 20 de octubre abandonaba sus siembras de avena y habas con su esposa; y corría arreando su ganado de ovinos y vacas hacia la ciudad de Huayanay, "porque no quiero quedar fuera del censo, si me quedo aquí nadie llega". Sin embargo, Antonio accedió a hacer de guía por los farallones, escarpaduras y formas rocosas inimaginables, porque "casi nadie llega hasta aquí, ustedes son los primeros que quieren recorrer esto conmigo en veinte años y yo tengo 36".

Y a más de 4 mil bellos metros sobre el nivel del mar, uno no se explica cómo no se ha difundido el turismo de aventura aquí, en este bosque de piedras que tiene en sí la inmensidad de Cumbemayo en Cajamarca y la fantasía de Huayllay en Cerro de Pasco. (Y que podría unirse con el potencial turismo vivencial que debería promocionarse en la nación Chopcca, uno de los pueblos que junto con los queros del Cusco conservan sus tradiciones, vestuarios, comidas y costumbres antiguas).

EL ALMA DE LAS PIEDRAS
El nombre se hizo famoso a raíz del Caso Huayanay, un linchamiento del tipo Fuenteovejuna, que motivó acres discusiones y tesis de abogados, una película de Federico García, en 1979, y que su llamado árbol de la justicia se convirtiera en un ícono de miedo y respeto entre los campesinos huancavelicanos que llegan de paso a este pueblo en extremísima pobreza.

En ese árbol de 380 años se degolló al abigeo Matías Escobar, según recuerda el poblador Lucio Gala, quien tenía 18 años cuando firmó el acta en que 218 personas ordenaban matarlo en defensa de la comunidad. Y por eso estuvo preso tres meses en un pueblo que en ese entonces tenía 316 personas y hoy más de 6 mil. El sociólogo Nelson Manrique, en un artículo publicado en El Comercio hace tres años, recordó sus propias pesquisas en la zona, una década después, y cómo todo pudo ser producto de una venganza entre familias rivales, con lo que se desacraliza la idea de justicia comunal.

Hoy ese árbol es como un nudillo verde en medio de los puños boscosos que rodean la ciudad y donde el mito es parte de la lluvia cotidiana.

"Es fácilmente comprensible que los hombres adoren las piedras. No es la piedra. Es el misterio de la tierra, poderosa y prehumana, que demuestra su fuerza", dijo una vez el desbordante escritor y viajero D.H. Lawrence. Y frente al Ostuna es difícil no sentirlo. Este es el nombre de una especie de caverna cerrada, como la sonrisa arrugada y sin dientes de un cerro adorado, adonde peregrinan los danzantes de tijeras porque, dice la leyenda, se aparece el chachu (una categoría de diablo). "Y el violín y el arpa se afinan solitos y los danzantes aprenden a bailar e invocar y suben y bajan como águilas", dice conteniendo su miedo Patricio Crispín, uno de los inspectores chopccas --una autoridad que carga una 'vercca' o cinturón con látigo que le confiere el grado de alguacil comunal--, quien sigue los pasos de Federico Soto. Este es uno de los héroes modernos de los chopccas, quien después de pasar cárcel refundó las comunidades, en 1971, cuando acabaron con los abusos de los patrones. Hoy Federico Soto tiene 85 años, es padre del alcalde de Ccasapata y ya no trae a sus familiares al Ostuna a medianoche para adquirir poderes, porque se convirtió al evangelismo (como casi la mayoría de pobladores de Yauli y Paucará, que encuentran una mano de hierro y orden en esta religión frente a la 'epidemia moral del alcoholismo', que arrasa a las comunidades).

Si hay alguien que percibió la vida de las piedras fue nuestro poeta José Watanabe. Al caminar por Huayanay --abriendo la piel del bosque-- uno puede acordarse cuando decía: "Sobre la inmensa y árida planicie / hay una tumultuosa mortandad de piedras".

Siguiendo al guía Antonio Yalo, que no se desprende de su antiquísima chaquitaclla para arar la tierra, uno descubre los lugares de las leyendas que dice haber vivido en carne ardiendo. Frente a las hileras de farallones en forma de espaldas de monjes, cuenta: "Son muchachos encontrados por sus padres teniendo relaciones y al azotarlos, los convirtieron en piedra". Al costado de unas piedras con huecos como rompecabezas para aves, en un lugar llamado Ccachcca Machay, cuenta más: "Aquí veníamos a desenterrar los huesos de los incas". Al frente de unos eucaliptos, entre unas piedras que parecen hongos o casas de gnomos inmensas, se pone más tenso: "Aquí se apareció un bebe llorando, llovía y había luna llena, pero cuando mi perro se acercó, desapareció". Y al borde de una laguna, recuerda lento: "Una vez me regresaba de una fiesta y atravesé el bosque solito, tocando mi charango. Y escuché voces, eran tres mujeres bien vestidas, con sombreros con florcitas de solteras. Y vi que flotaban sobre el agua y me corrí. Me siguieron, cantaban muy bonito, pero yo sabía que eran sirenas. Y sabía que si me agarraban me llevaban. Aunque tengo un primo que dice que uno puede vivir con ellas, pero sin decírselo a nadie, porque cuando lo dices, te mueres".

Historias como esta se cuadriplican aquí, sobre todo entre los campesinos que llevan sus hornos de piedra a las cuevas para hacer el famoso pan de Huayanay. O los jóvenes que llegan al rito del amor pastoril en las alturas y que han engendrado hijos, sobre todo, en una parte donde las piedras parecen tener piel de iguana y de lejos semejan huevos de serpientes jurásicas.

Encima de una piedra en forma de pingüino, Donato Quispe, presidente de la comunidad de Tambraico, accede a llevarnos al apu de su comunidad. Un sitio que era respetado por los incas como un encanto y donde solo los jóvenes han subido, "para demostrar que no existe nada malo".

Por ahí, dicen los rumores, actuó un pishtaco, el ser mítico más famoso de la serranía. Mario Vargas Llosa se reapropió del mito en su "Lituma en los Andes": Lituma entrecerró los ojos. Ahí estaba. Foráneo. Medio gringo. A simple vista no se le reconocía, pues era igualito a cualquier cristiano de este mundo. Vivía en cuevas y perpetraba sus fechorías al anochecer. Apostado en los caminos, detrás de las rocas, encogido entre pajonales o debajo de los puentes, aguardaba a los viajeros solitarios. Se les acercaba con mañas, amigándose. Tenía preparados sus polvitos de hueso de muerto y, al primer descuido, se los aventaba a la cara. Podía, entonces, chuparles la grasa. Después, los dejaba irse, vacíos, pellejo y hueso, condenados a consumirse en horas o días. Esos eran los benignos. Buscaban manteca humana para que las campanas de las iglesias cantaran mejor, los tractores rodaran suavecito, y, ahora último, hasta para que el Gobierno pagara con ella la deuda externa. Los malignos eran peores. Además de degollar, deslonjaban a su víctima como res, carnero o chancho y se lo comían. La desangraban gota a gota, se emborrachaban con sangre.

SIN PISHTACO A LA VISTA
Más allá de los mitos, lo que más fascina la imaginación en Huayanay es soñar formas en sus piedras, al mismo tiempo que en sus corporales nubes. Que, como aludía siempre Neruda, son las "pétreas nubes".

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