CRÍTICA DE ARTE
Por Élida Román
Pocos meses atrás, pudimos ver una primera exposición antológica dedicada a parte de la obra de Manuel Domingo Pantigoso (CCCori Wasi-URP). Un nutrido número de grabados, dibujos, acuarelas y óleos permitía una primera aproximación, y hacía reclamar por un trabajo de investigación y rescate más extenso y difundido sobre una obra integral, signada por la singularidad e independencia de su autor.
En estos días puede verse en el Museo de Osma una segunda antología que, como la anterior, es el resultado del empeño de Manuel Pantigoso Pecero, destacado poeta y crítico, hijo del artista y autor del ensayo en un magnífico libro dedicado a la figura paterna, donde se reproducen más de seiscientas obras, y se incluye un texto debido a José A. Bravo, con diseño, producción y edición de otro artista singular, Jesús Ruiz Durand. En la exposición que hoy recomendamos, pueden apreciarse obras de gran formato, algunas proyecto de mural, así como un conjunto de óleos que muestran las diferentes vías y modos estilísticos que Pantigoso cultivó fielmente a través de toda su trayectoria. También los temas que le apasionaron, fiel reflejo de su convicción en una visión universal partiendo del propio conocimiento. Los modos adoptados por Pantigoso, en la búsqueda de este propósito, tienen sus elementos principales en la cuidada selección de los motivos, el diseño concebido y planteado con evidente conocimiento de las posibilidades encontradas por las innovaciones de los movimientos vanguardistas, el dominio del color y el manejo maestro del contraste, de la capacidad poderosa del símbolo y del acceso a él a través de una simplificación de elementos, lo que refleja esa fuerte vocación por encontrar esencias y trasmitir su carácter sin accesorios ornamentales sino mostrando, sugiriendo, una integridad axial, una presencia que reclama su espacio y marca su territorio propio. En el libro mencionado, se ha realizado una clasificación que abarca, entre otros títulos, la danza, la mujer, el trabajo, el paisaje, el retrato, la visión ultraórbica. Y acá es donde se pueden encontrar las primeras claves. Pantigoso vive el espacio geográfico con dimensión cósmica. Recrea montañas como entidades majestuosas, imponentes y en aparente expansión, las uniformiza con los cielos. Y cuando el tema son hombres o mujeres, puede representarlos como verdaderos íconos simbólicos, utilizando al límite la mayor economía de recursos y logrando imágenes monolíticas, o puede situarse en lo opuesto y acudir a la pincelada rápida, gestual, impetuosa, desconfiando de la prolijidad del dibujo realista para optar por el expresionismo, que no vacila en la deformación ni en el subrayado. Mostrando esa versatilidad tan liberadora, sorprende con un retrato que recuerda el refinamiento del arte japonés, al modo de un Foujita, o mostrar la gran destreza de dibujante en retratos en los que capea la ortodoxia académica.
Insisto en que Pantigoso es un artista que debe tenerse muy presente. Que ocupa un lugar muy importante en el desarrollo del arte peruano, sobre todo en su etapa de búsqueda de una identidad clara, y que su estilo de construcción plástica es uno de los mejores aportes que se ha propuesto para lograrlo.