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Tatiana Izquierdo danza entre medallas y reconocimientos

Los buenos pasos de baile

Por David Hidalgo Vega

Para ser coreógrafa tiene la suerte de pensar, o de sentir, que hasta ahora no ha dado un paso en falso grave. Ni cuando se metió al ballet a los 9 años, solo porque a su madre le habían vendido unas mallas y la familia consideró que sería bueno aprovechar para ponerla en unas clases, ni cuando decidió dejarlo, por una y muchas causas, y los más queridos empezaron a preguntarle cómo habiendo tenido talento prefirió arrinconar las zapatillas. Para ser coreógrafa tiene la suerte de sentir que los pasos le vienen con la facilidad de un don. "Lo que a muchos les puede tomar meses, a mí me toma segundos. Apenas escucho la música, ya sé cómo debe ir la danza", dice Tatiana Izquierdo, ex bailarina y actual maestra, una compositora de las formas a juzgar por la manera en que entiende su propia y silenciosa cadencia interior. Tiene maneras de sustentar ambas percepciones: la última es que hace unos días partió a un concurso internacional en Buenos Aires con un elenco de seis bailarines y regresó con diecisiete reconocimientos.

"Las chicas se portaron de un modo estupendo", dice Izquierdo. En la sala de prácticas de su estudio, el Ballet Joven de Lima, seis jóvenes alumnas ensayan algunas evoluciones elementales. El buen ánimo procede de los premios. El certamen Danzamérica 2007, que este año tuvo su edición número 13, fue una prueba de temple para bailarines de 180 escuelas, procedentes de ocho países. Algunas delegaciones suelen ser contundentes, como la brasileña, que al igual que otros años debía estar por los 700 alumnos. El grupo de Izquierdo, pese a ser reducido --solo diez, incluyendo a las alumnas que no iban a competir-- , tuvo buena acogida. "En total han sido nueve medallas, más trofeos y menciones especiales", comenta.

No es la primera vez que regresa de ese encuentro con metales honoríficos. Una de las muchachas que baila en la sala, Milagros Lareto, obtuvo dos medallas de oro, de los seis premios que el grupo recibió el año pasado. Ahora trajo tres de bronce y una mención especial por su interpretación de una coreografía renovada de "Carmen", de Bizet, creada por Izquierdo. "Fue muy aplaudida, pero le tocó competir con las dos chicas que serían elegidas para ir a Suiza. El nivel es muy alto en esta competencia", explica la coreógrafa. El progreso de un año para otro ha sido geométrico. De hecho, la propia Tatiana Izquierdo recibió un trofeo de bronce por la pieza titulada "Huellas", para dos bailarines, que valió dos medallas de oro a los intérpretes.

PASOS CONOCIDOS
El grupo está en buen nivel. "Lo normal es que una niña haga 32 fouettés (vueltas en puntas de pies), pero mis chicas se hacen 64 fouettés y terminan con cuatro piruetas. Tienen unos pies de acero", comenta Izquierdo. Sabe lo que cuesta. A la edad en que algunos de sus alumnos han ganado sus primeros premios ella entraba al Ballet Nacional .Tenía 15 años. Con el tiempo partió a perfeccionarse en Argentina, luego en Inglaterra y más tarde en Cuba. Llevó seminarios de jazz, de ballet. De esa experiencia deben salir las intuiciones que le permiten guiarlos. "Yo dejé de bailar porque entré en crisis. Cuando regresé, sentí que volvía a lo mismo: tres cuotas en escena al año, segundo acto de 'Cascanueces'. Eso no era para mí", recuerda.

Sentía que había visto otras cosas y no podía dejarlas. Sin embargo, esa crisis la hizo cambiar de posición. "Me propuse enseñar y transmitir lo que había aprendido, sin frustraciones, porque yo me realizo a través de mis alumnos", comenta. Durante una época fue profesora de la Escuela Nacional de Ballet, hasta que tampoco resistió ciertos lazos burocráticos y en 1980 decidió poner su propio estudio. La decisión, confiesa, le valió algunos detractores. Pero no se echó para atrás.

Izquierdo comparte el desafío con su esposo, el cubano Roberto Murias, ex bailarín y profesor de la Compañía del Ballet de Camagüey. Se conocieron cuando Murias llegó contratado por el Ballet Nacional. "Mira que yo siempre quise conocer Cuba, creo que Dios lo puso en mi camino", dice ella. Es otra de esas señales que suele resaltar cuando evalúa su persistencia en este arte. En cierto momento decidieron unir sus estudios, que ahora manejan juntos. Así han competido fuera, ganaron medallas, forjaron una sociedad conyugal para la danza. "Ahora, cuando viajo a La Habana, ya no soy la esposa de Roberto, soy Tatiana Izquierdo y así me conocen", aclara, orgullosa.

Hasta ahora ha realizado unos doce viajes para esa meca de la danza, algunos con su esposo, otros sola. La última ocasión fue en abril pasado, para el Festival de Escuelas de Ballet. El encuentro anunciaba la presencia de tres figuras míticas: Fernando Alonso, Azari Plisetski y Mihail Baryshnikov. Al primero lo conocía de antes, porque en algunas ocasiones ha tomado sus seminarios y sabe que es uno de los mejores maestros del mundo. Al segundo, lo admiraba por su trayectoria y su arte. Pero el tercero la iluminó. "Hasta ahora no puedo creer que he estado en una clase con Baryshnikov" dice Tatiana Izquierdo, quien fue presa del mismo efecto hipnótico que el maestro letonio causó en todos los asistentes.

Es parte de las vivencias que comparte con sus alumnas. Los resultados confirman el efecto colateral de su apasionamiento: En el año 2000 una de sus bailarinas recibió una medalla de oro en un encuentro en La Habana y tiempo después pasó al Ballet Nacional del Perú. Años atrás, otra discípula muy joven, de 11 años, participó en un concurso organizado por la legendaria Alicia Alonso y ganó la beca Igor Youskevitch, que le permitió estudiar seis meses en Cuba. Ahora trabaja en una compañía de Nueva York. Pero el mayor comprobante de sus conquistas, dice Tatiana Izquierdo, es que antiguas alumnas le envían a sus hijas para que ella las encamine. Algunas son bailarinas profesionales que quieren repetir la experiencia en sus propias familias. Un reconocimiento del Instituto Nacional de Cultura por su entrega y dedicación como maestra le confirma que no es solo una impresión.

La danza es un ambiente de emociones intensas. "He visto llorar a gente que ha ido a nuestras presentaciones, eso es impagable", dice esta mujer que se emociona al mismo punto cuando recuerda sus momentos de euforia. Durante el encuentro de Argentina pasó casi once días durmiendo a medias, alimentándose apenas con café y sánguches, porque no quería perderse detalle. El espíritu de cuerpo de su pequeño grupo la alivió: Estefanía Rey, una de sus alumnas, se lesionó un pie el día anterior a la competencia clave y todas sus compañeras la ayudaron a aplicarse el spray calmante y a arreglarse el moño con que debía salir; cuando Diego Alonso Milla, de 14 años, también del equipo, dudó ante la alta calidad de sus competidores, el grupo en pleno le dio aliento. Ambos ganaron medallas. "Si tuviéramos apoyo, qué no haríamos", comenta Izquierdo, agradecida de algunas personas particulares y padres que hasta ahora han sido su respaldo. El augurio es positivo: los buenos pasos de baile siempre la han llevado a un sitio mejor.

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