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El negocio de los pelos sueltos

Crónica. LA CREATIVIDAD SIN LÍMITES 

Por Alberto Villar Campos

Que no le tomen el pelo: La Abancay sigue siendo ese milagroso último recoveco del peruano creativo. Allí, entre el smog y las malas palabras lanzadas a destajo y a quien sea, se vende de todo: desde pequeños llaveros y linternas y medias de futbolista, hasta cochinilla, vestidos de novia, libros de autoayuda, doce fotos carnet en quince minutos e incluso perfectas y brillantes cabelleras naturales. Sí: como lo oye. Eva, la mujer que hace ocho años abrió el centro de estética Nayla en la primera cuadra de esa furiosa arteria del Centro de Lima, lo tiene muy claro: El día en que te falte imaginación, estarás perdido.

"Abrimos y, un año después, vimos que la gente ya no nos pedía tintes o cortes, sino pelucas", dice, mientras dos de sus trabajadores arman sábanas y sábanas de cabellos con la meticulosidad de un reparador de relojes. "Entonces, nos matriculamos en clases para aprender a hacerlas". Eva es una mujer de avanzada: a ella, el inusitado éxito le llegó junto al descubrimiento de un nicho relativamente desconocido por entonces: las extensiones de pelo.

"A mi negocio llegan jovencitas a las que sus peluqueros les dañaron el cabello con un mal tinte o cosas así, y entonces quieren lucir como antes; allí estoy yo", relata, y un instante después posa para una foto que se dejará hacer por única vez (la Municipalidad de Lima no deja hacer publicidad en las veredas). Coge un letrero que dice: "Compro cabello largo" y se planta, orgullosa, en la puerta de su tienda. Los ómnibus pasan. Algunos curiosos voltean.

NEGOCIO QUE NO TIENE PIERDE
Yeny Veramendi acaba de despachar a su segunda cliente del día (son las 11 a.m.) y descansa sobre un mostrador en el que hay un aromático y pequeñísimo cuarto de pollo a la brasa tapado con plástico. A su lado, al menos diez colas de cabello de todo tipo y unas 18 pelucas nos dicen que este es un negocio con el que fácilmente puedes perder la cabeza. Yeny dice que un metro de cabello tejido (medido a partir de la anchura y no la caída) puede costar, como mínimo, S/.130. "Y nosotros tejemos cada metro de extensión. ¡Es un sacrificio!", se queja y ríe esta joven que a los 23 años parece haber hallado su verdadera vocación. "Una persona suele ponerse como mínimo tres metros", sostiene. Tomando en cuenta que a su negocio llegan al menos tres clientes por día (S/.390 cada uno), hay una ganancia casi asegurada de S/.1.170 por jornada.

Mientras Yeny revela los secretos del cuidado de su peculiar materia prima ("las colas deben lavarse cada cierto tiempo para mantener su brillo"), una joven imagina lo que sería su vida si tuviera una cabellera como la que otra mujer pone sobre su cabeza. La chica luce indecisa. Trata con otra, y luego con otra más. Cinco minutos después, sin embargo, se convence. Será la tercera del día que cierre un trato.

DE COMPRAS EN PROVINCIA
Carlos Huamán viaja una vez al mes a provincias para comprar cabelleras sanas y bonitas. Dice que la creciente demanda ha elevado los precios de las colas (S/.200 es el valor promedio por cada una en Cerro de Pasco o Huánuco, donde las adolescentes ostentan largas colas ajenas a la fatal humedad limeña), pero eso a él no le importa. "Un día puedes vender entre S/.600 y S/.700 y, en una semana, puedes llegar a los S/.2.000", relata. En su pequeño local, uno de los ocho que hay en esta atiborrada cuadra de la Abancay, el negocio va viento en popa. No por nada --agrega-- los dueños de exclusivas peluquerías de San Isidro o Miraflores llegan como abejas a su estética para comprar, sigilosamente, las cuidadas extensiones que sus clientes adorarán luego.

Además de ello, tanto su negocio como el de Eva o el de Yeny reciben a la semana a innumerables estrellas del espectáculo, la música vernacular e incluso a adinerados extranjeros que han encontrado en sus trabajos la perfecta armonía entre calidad y atención. Aunque obvia detalles, Eva dice que los turistas prefieren las cabelleras más largas y pagan sin revisar la cuenta. Como Carlos, esta avispada negociante viaja cada cierto tiempo al interior del país y visita peluquerías que la esperan con largas y brillantes colas 'for export'. "En Lima, podemos comprar colas desde S/.40 hasta S/.200, las que tienen un metro de caída", dice.

Cerca de ella, su hija y futura heredera trabaja en las extensiones color castaño de Geraldine Saman, una simpática recepcionista de 25 años que llegó para que le reajusten los tres metros de cabellos que se agregó ocho meses atrás, un proceso que dura unos 20 minutos y puede hacerse mensualmente durante dos años. "Me siento muy cómoda y nadie se da cuenta de que no son míos", refiere mientras, a lo lejos, a un ómnibus le suena hasta la pintura de la carrocería. Entonces, en un instante, notamos que, en lugar de cejas, esta joven tienen dos simétricas rayas pintadas de negro. Seguramente no pasará mucho tiempo antes de que le ofrezcan extensiones de ese tipo. Recuérdelo: En la Abancay no hay imposibles.

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