Gonzales Posada tiene enormes condiciones para impulsar un lobby reeducacional político en el Congreso, siempre que no lo venza el embrujado otoronguismo
Juan Paredes CastroIronía increíble. Vamos logrando domar al Congreso estadounidense mientras no sabemos qué hacer con el nuestro. Allá, en Washington, nos acercamos a la ratificación del TLC. Acá, en Lima, nos empeñamos en llevar al abismo la más grande oportunidad de desarrollo de nuestra historia.
¿Por qué el lobby que con tanta destreza desplegamos en los corrillos del Capitolio y la Casa Blanca nos es tan ingrato en el Perú, donde se supone deberíamos tener más cosas bajo control?
Por momentos nadie entiende por qué el Congreso peruano es lo que es. Por momentos todos entendemos perfectamente lo que es: una gavilla de intereses políticos particulares, en casi perfecta contradicción con los del país.
De un lado corre inútilmente un calendario de reforma constitucional sin agenda de prioridades ni de sesiones, en tanto de otro lado corre puntual y efectivo un calendario parlamentario de pagos que no se limita al desembolso salarial corriente, sino que incluye también una asignación extraordinaria de la que los parlamentarios se niegan a rendir cuentas.
Es como si el diablo se hubiera metido en el bolsillo de cada congresista peruano, volviéndolo no solo avaro y codicioso con cada centavo de sus ingresos propios y ajenos, sino abiertamente negligente y antiético con sus responsabilidades. Ya no importa la excepción que pueden marcar algunos de ellos. La generalidad termina siendo fruto de una mayoría que se resiste a cambiar de conducta y de hábitos.
Sin embargo creemos que no todo está perdido. Creemos que hay lugar todavía para ensayar lo que podría ser un lobby político intenso al interior del Congreso peruano, partido por partido, bancada por bancada, camarilla por camarilla, personaje por personaje, en busca de una reflexión por los intereses en juego del país.
Algo de esto planeó Luis Gonzales Posada a poco de asumir la presidencia del Legislativo. Entonces habló de concertación, expresión quizás demasiado excesiva para lo que puede esperarse de nuestros parlamentarios. Bastaría con que ahora se propusiera trabajar en un lobby al estilo del equipo de David Lemor y de la ministra Mercedes Aráoz en Washington. Un lobby medible por cada avance y resultado, por cada voto humalista ganado, por ejemplo, para la reforma constitucional judicial, que importa al país entero antes que al gobierno mismo.
Gonzales Posada tiene enormes condiciones para impulsar un lobby reeducacional político en el Congreso, siempre que no lo venza el embrujado otoronguismo.