Por Virginia Rosas
Si algo caracterizó la jornada electoral argentina del último domingo fue una gran apatía. En un país en el que votar es obligatorio, solo sufragó el 72% del electorado, la cifra más baja desde 1928, lo que demuestra el supino desinterés de la población por la vida política de su país.
Con una oposición dividida (hubo 14 candidatos a la presidencia) y un crecimiento económico de 8% anual, tras la crisis financiera del 2001-2002, el amplio triunfo en primera vuelta de Cristina Fernández de Kirchner estaba cantado.
Cuando el 10 de diciembre próximo el presidente Kirchner le pase la banda a la flamante presidenta Kirchner esta tendrá que cargar sobre sus espaldas el activo y el pasivo de su marido. No gozará de ningún período de gracia porque si la gente votó por ella es por la continuidad.
Cristina acumuló votos en la provincia de Buenos Aires, donde se concentra el 40% de la población, pero perdió en las grandes ciudades donde la clase media urbana --que reclama mejores sistemas de educación y salud, así como instituciones democráticas fuertes-- votó masivamente por Elisa Carrió, la candidata liberal cristiana que quedó con veinte puntos menos que su contrincante.
De los 39 millones de argentinos, 14 millones viven en la pobreza. Durante la gestión de Néstor Kirchner, el desempleo se redujo del 23% al 8%, pero el 40% de los asalariados trabaja de manera informal y sin ninguna protección social.
La presidenta electa ha colocado la lucha contra la pobreza como la primera prioridad de su gobierno. Por eso el voto por ella proviene de los sectores de menores recursos, donde se concentran los colchones de pobreza. Y donde campea también el clientelismo político.
El primer reto de la señora Kirchner será definir sus alianzas y amistades en el ámbito internacional. Su esposo decía que prefería el frente interno al externo para sacar a la Argentina de la crisis, le pagó la deuda al FMI y cortó relaciones con él. Para ello tuvo que establecer una cuestionada amistad con el presidente venezolano Hugo Chávez, que lo ayudó económicamente comprando parte de la deuda por más de 5 mil millones de dólares y lo provee de petróleo para afrontar la escasez de combustible en el país del sur.
Cristina tendrá que interponer una saludable distancia con el cada vez menos presentable Chávez si --como lo ha repetido durante su campaña-- quiere acercarse a Estados Unidos, porque ni los demócratas ni los republicanos simpatizan con el mandatario venezolano que pretende perpetuarse en el poder.
Argentina goza en este momento de un contexto internacional favorable por los precios elevados de las materias primas, pero esto no durará para siempre. La señora Kirchner tiene que convencer a los inversionistas extranjeros de que su país es seguro para las inversiones. Y debe negociar una deuda de más de 6 mil millones de dólares con el Club de París.
Y para crear el clima de confianza necesario a las inversiones sería bueno que la pareja Kirchner comenzara por sincerar las cifras de la inflación, que oficialmente se sitúa entre el 7% y el 11%, pero que las consultoras privadas estiman entre el 15% y el 20% anual. Una verdadera bomba de tiempo para Cristina.