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Freud y el BCR

El Perú y muchos otros países recurrieron a los anuncios de las llamadas metas de inflación, buscando influir sobre las expectativas

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Por Richard Webb

¡Qué tranquilidad no preocuparnos más de nuestros ahorros en soles! En el banco ganan poco, pero al menos no pierden valor como antes. El gobierno de Fujimori derrotó la inflación hace diez años, y la conquista fue consolidada por sus sucesores. Hoy confiamos en los soles por lo que dicen nuestros ojos: pasan los años y vemos que los precios casi no suben. Además, creemos haber aprendido la receta infalible para impedir la inflación --vigilar que el BCR no fabrique más soles de los estrictamente necesarios para hacer el mercado--. Según los especialistas, esa cantidad sería calculable con bastante precisión, al punto que podemos afinar la meta exacta de la inflación como quien decide la velocidad de su carro.

Ciertamente, pueden suceder imprevistos, y vemos cómo el precio del petróleo se ha ido a las nubes, también los del trigo, los metales, y otros productos primarios. Esto ha creado un pequeño hipo en la inflación, pero dormimos tranquilos sabiendo que mientras el BCR mantenga un férreo control sobre la fabricación de nuevos soles, podrán subir los precios de algunos productos, pero no el promedio de todos. El aumento en un precio simplemente obligará a la reducción de otro. No hay susto alguno. El tigre inflacionario está enjaulado y bajo candado.

¿Pero, por qué entonces los mismos especialistas nos inquietan hablando de expectativas inflacionarias? El BCR, por ejemplo, gasta tiempo y dinero en encuestas trimestrales sobre los pronósticos inflacionarios de la gente, y su presidente asegura que a pesar del alza de la gasolina, el trigo y otros alimentos, esas expectativas se estarían disipando. Los analistas explican que el BCR se estaría esforzando para anclar las expectativas, como si se tratara de una frágil embarcación que se puede llevar el viento. Más preocupante fue el comentario de Ben Bernanke, presidente del BCR estadounidense, quien afirmó que, sin duda, las expectativas determinan en grado importante el resultado actual de la inflación. ¿Qué pasó con la teoría económica según la cual la inflación está determinada por la cantidad de dinero que emite el banco central? ¿También juega un papel la psicología? ¿Acaso la gaseosa idea inflacionaria, surgida de miedos e ignorancias del público, puede volverse una dura realidad inflacionaria, capaz de imponerse sobre la estricta disciplina de un banco central?

Si miramos no la teoría sino la práctica de las autoridades, descubrimos que la psicología ha sido un instrumento frecuente para reducir la inflación. Una práctica favorita, por ejemplo, ha sido la fijación del tipo de cambio con el objetivo de anclar las expectativas, o sea, de convencer a la gente que el gobierno está fuertemente comprometido con la estabilidad de los precios. Otra práctica psicológica aplicada en décadas recientes por España y México, consistió en la negociación de un pacto social entre trabajadores, empresas y gobierno, en el que cada parte se comprometía a metas moderadas de aumento de precios, salarios e impuestos. Más recientemente el Perú y muchos otros países recurrieron a los anuncios de las llamadas metas de inflación, buscando influir sobre las expectativas. En forma permanente, se observa cómo las autoridades están siempre atentas para tranquilizar al público cuando se presentan aumentos inesperados en algún precio o factor de inflación.

Sin embargo, el discurso oficial escatima, y hasta niega, el papel de la psicología como factor de inflación. Esa negación es, en sí misma, un juego psicológico, porque su evidente motivación es la de crear la impresión de un mayor control de los precios de lo que realmente existe, y de esa manera apagar los brotes de temor inflacionario. En mi opinión, la mejor táctica psicológica sería seguir el ejemplo del señor Bernanke, es decir, la transparencia absoluta.

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