Rincón del autor
Por Jaime de Althaus Guarderas
Algunas críticas al polémico artículo del presidente Alan García señalan que la tesis del perro del hortelano no es sino una nueva versión del mendigo sentado en un banco de oro de Raimondi --en el sentido de que una serie de limitaciones propias, ahora ideológicas y políticas, nos impiden poner en valor nuestros recursos naturales--, lo que en última instancia postula un modelo de exportaciones primarias, cuando el verdadero problema del país no es aumentar las exportaciones de materias primas, en lo que hemos abundado una y otra vez a lo largo de nuestra historia, sino incorporar valor agregado a esas exportaciones e industrializar el país.
El mito implícito en esta posición es que los procesos de liberalización y exportación de materias primas 'reprimarizan' o 'desindustrializan' el país. La verdad, sin embargo, salvo en la época del guano, ha sido la contraria. En los últimos quince años, por ejemplo, en los que se facilitó la inversión minera y aumentaron notoriamente las exportaciones tradicionales, pues resulta que las no tradicionales se incrementaron --en volumen-- cuatro veces más que las tradicionales: 16% promedio anual versus 4%. Se trata de un cambio estructural de enorme trascendencia, que se puede notar en cada rama: hace 15 años exportábamos solo madera en bruto, aserrada. El año pasado el 58% de las exportaciones de madera fue manufacturado (muebles, pisos, puertas). Tendencia que podría multiplicarse si se pudiera sembrar la selva alta depredada con plantaciones forestales.
No solo eso. En 15 años hemos pasado de una industria artificial y ensambladora, a una procesadora de nuestros recursos naturales, integradora del interior del país. Es algo que ya empezaba a ocurrir con fuerza durante el 'boom' exportador de los 50, que generó una industria de insumos y bienes de capital para los sectores exportadores, y de transformación a partir de la caña de azúcar, por ejemplo (alcohol, ron, PVC o cloruro que polivinilo --tubos, discos--, papel de bagazo --bond e higiénico--, cloro). Ese desarrollo industrial endógeno y natural fue interrumpido por las políticas de industrialización por sustitución de importaciones a partir de 1968, dando lugar a la industria importadora y de enclave que hemos mencionado.
Para ahora nuestra industria no es hacia adentro, sino desde adentro hacia afuera. La industria metalmecánica exporta, pero ha crecido también produciendo insumos y máquinas para la minería y las industrias pesquera y azucarera. Esa industria metalmecánica podría dar un salto cualitativo si nuestra producción minera fuera tres o cuatro veces mayor, como lo es la chilena, que ha logrado generar un cluster metalmecánico-minero extraordinario en Antofagasta.
Por lo tanto, un vigoroso desarrollo exportador de nuestros recursos naturales trae consigo un vigoroso desarrollo industrial. El Estado puede jugar un papel adicional fomentando la formación de los clusters como el mencionado o la incorporación de aun mayor valor agregado a las exportaciones. Pero debe hacerlo de manera inteligente.